VIGENCIA DEMÓCRATA CRISTIANA

16 febrero, 2018

De tener que nombrar una causa de fondo, diríamos que ha sido la incapacidad para comprender la sociedad en que vivimos la que ha llevado a su dirigencia a tomar caminos equivocados.

Hay consenso acerca de la difícil situación que atraviesa la Democracia Cristiana. Las discrepancias aparecen cuando se indagan las causas que la generan y se aventura su desenlace. Para algunos, los valores y principios que le dieron origen perdieron vigencia. Luego, su destino sería desaparecer como lo hicieron los partidos comunistas europeos. La idea ha llegado a convertirse en excusa para fijar en la opinión pública expectativas de renuncias que, en los hechos, ponen en duda, o desdeñan, el valor de la militancia y de la organización.

Nosotros pensamos que el problema del partido no son sus fuentes doctrinarias e ideológicas, sino su práctica política. Mensajes confusos, inconsistencias éticas, abusos de posición dominante, visión sesgada de la realidad, falta de liderazgo y estrategias, a tal punto inútiles, que no han hecho sino debilitar la implantación social y la representación de la colectividad. Son fallos de conducción que van más allá de la derrota electoral, pero que, en último término, deciden el juicio ciudadano.

De tener que nombrar una causa de fondo, diríamos que ha sido la incapacidad para comprender la sociedad en que vivimos la que ha llevado a su dirigencia a tomar caminos equivocados.

Estamos lejos de lo acontecido en los ex países socialistas. Allí el ocaso de los comunistas fue consecuencia del desplome de toda una constelación de valores y creencias. Aquí, como lo revela la encuesta Bicentenario, la inmensa mayoría de los chilenos adhiere a tradiciones cristianas, no obstante ser crítica de la iglesia Católica y de los partidos políticos que propugnan tales convicciones.

Aquí, una gran parte de la población censura el neoliberalismo salvaje y apoya las garantías de derechos y la democracia representativa. Según la encuesta Mori-Cerc, el 71 por ciento de los chilenos desea reformas profundas y cambios radicales, y el 60 por ciento confía en el sufragio como herramienta de transformación. Pero quienes votaron en la última elección eligieron un gobierno de signo conservador, tal vez porque no todos los que creían en la eficacia de los comicios se movilizaron a las urnas.

Ninguna de las directivas elegidas desde que se formuló el Plan Estratégico del PDC logró sus metas electorales. Ninguna consiguió reducir esta brecha de representación ya advertida en el Quinto Congreso. Su atención estuvo centrada en debates inconducentes, como los matices, el camino propio, el domicilio político, el anticomunismo, el tipo de oposición y, ahora, la inconveniencia de entenderse con la izquierda cuando la canciller alemana Angela Merkel acuerda una gran coalición con la izquierda. Quienes integraron esas mesas, y todavía siguen siendo dirigentes, tampoco han mostrado voluntad para asumir sus responsabilidades.

Una cosa es clara: no es la peor hora, ni después de mí, el diluvio. Tras el golpe de Estado de 1973 nos mantuvimos unidos. Lo hicimos para superar la crisis de 1988 y para conducir la transición democrática. Lo haremos hoy, porque el partido cuenta con reservas y su desafío es luchar contra un sistema agotado.

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EL CONTRATO DE GOBIERNO MERKEL-SCHULZ / La coalición entre la DC y la izquierda alemanas

7 febrero, 2018

Se trataría de un compromiso histórico donde los derrotados serían los barones de la CDU que bregaron por un giro hacia la derecha.

 

     Mientras el representante de la Fundación Konrad Adenauer en Chile, Andreas Klein, aconseja a la Democracia Cristiana romper con la centroizquierda y pactar con el gobierno de Piñera, en su país, su partido, la Unión Demócrata Cristiana de Alemania, encabezada por la canciller Angela Merkel, firma un contrato de gobierno con el Partido Social Demócrata.
     Naturalmente el delegado de la FKA no puede explicar esta inconsistencia, donde lo que recomiendan para los demás no vale para sí mismos. Porque Merkel no ha optado por el camino propio que nos sugiere Klein en su arresto injerencista, sino todo lo contrario. Ella abandona la soledad política y convence a la izquierda renuente de que la acompañe los próximos cuatro años.
     ¿Por qué Merkel toma la vía de la colaboración? Por una razón muy pragmática, que, sin embargo, sus émulos chilenos no atinan a entender.
     Merkel, como en Chile la DC, ha perdido adhesión del electorado, de modo que para formar gobierno de mayoría necesita buscar aliados hacia la izquierda, y no desprenderse de ellos. Aquí, dentro de dos años, deberán conformarse pactos de cooperación para conquistar las gobernaciones regionales y alcaldías. Cuando llegue la hora, ¿la DC insistirá en su aislamiento repitiendo su derrota del 19 de noviembre?
     La misma canciller ha sostenido que es un «proceso doloroso» por las concesiones que ha debido hacer en el momento que la ciudadanía exige «identidad ideológica». Merkel ha debido resignarse ―como en Chile los conservadores con el derecho a la educación― a incorporar en el contrato la protección de los trabajadores y la expansión del derecho a la salud. Pero, en realidad, quienes más parecen ceder son los socialdemócratas pues, de ratificarse las 170 páginas del acuerdo por sus centenares de miles de afiliados, arriesgarían perder votos tras su incorporación a una administración cuya popularidad viene en descenso.
     A los alemanes se les podrá criticar su incoherencia, pero jamás a Merkel censurarla por no comprender lo que está ocurriendo en su sociedad.
Una Gran Coalición
Las claves del acuerdo
Merkel se declara preparada
El pacto no es renegociable

LA «VOLATILIZACIÓN» DEL CENTRO

31 enero, 2018

Si se ha hablado de la volatilización de las preferencias electorales, ¿por qué no de la volatilización del centro? ¿No será que se ha izquierdizado el centro?

Una de las afirmaciones generales de Mori-Cerc, a partir de los datos arrojados por su último sondeo, es que el 39 por ciento promedio de sus encuestados se identifica con el centro.

Pero, luego, formula un argumento arriesgado. Dice que la votación de Piñera en segunda vuelta proviene del centro político y de quienes no revelan identificación política alguna. Mori-Cerc no lo demuestra, pero, además, deja sin explicación otras cifras relacionadas con su enunciado general.

De entrada, no da luces respecto de las preferencias de las personas de centro, una variable muy significativa para sostener la tesis de que este sector votó por la derecha.

En el sondeo ¡el 71 por ciento! de los entrevistados quiere reformas profundas o muy radicales. ¿Cuántos de estos progresistas se reconocen de centro? ¿No será que quienes se identifican con el centro son los más apasionados con los cambios?  Y si se ha hablado de la volatilización de las preferencias electorales, la fragmentación del electorado en grupos con intereses distintos, ¿por qué no de la volatilización del centro? ¿No será que se ha producido la izquierdización ideológica del centro?

En la misma encuesta, el 47 por ciento aprueba la gestión de gobierno, pero quienes se identifican con la izquierda apenas ascienden al 16 por ciento. Cabe preguntarse si el restante 31 por ciento que adhiere a Bachelet, es mayoritariamente de centro. ¿Lo es?

El 50 por ciento dice que Piñera gobernará para unos pocos. Podría deducirse que el 16 por ciento que adscribe a la izquierda comparte este juicio y, puesto que no tiene lógica que quienes se sienten de derecha opinen que gobernarán para unos pocos, sólo cabe concluir que son los que se dicen de centro parte de aquellos que desconfían de un gobierno para todos.

Es muy probable —cosa que tampoco Mori-Cerc aclara— que los que se declaran de centro sean fuertemente críticos con el Estado acerca de la defensa que éste hace de los derechos de los afiliados a AFP, y que estén mayoritariamente a favor de que el 5 por ciento adicional de las AFP sea administrado por el Estado. Esta conjetura tiene sentido, pues estamos hablando de expectativas políticas que no son precisamente de derechas.

Si es temerario sostener que los votantes de centro contribuyeron al triunfo de Piñera, es todavía más audaz agrupar todos los matices en un centro amplio y dominante cuyos perfiles políticos y culturales no se describen, convirtiendo la categoría en un concepto carente de valor explicativo.

Encuesta Mori-Cerc

 


VALORAR Y MULTIPLICAR LO QUE HAY

25 enero, 2018
Cinco panes y dos peces

Cinco panes y dos peces

Hoy no es imperativo precipitar la elección de mesa de la Democracia Cristiana.

La actual directiva concluye su periodo dentro de un año, y bastaría un acuerdo de mayoría ―inspirado en la supervivencia del instrumento partidario, la camaradería y un diálogo racional y fructífero― para renovar su investidura y confiarle las tareas más urgentes y decisivas del momento.

Es cierto que no hay conformidad sobre el significado y alcance de las derrotas electorales de noviembre y diciembre de 2017. Pues, mientras más se sondean sus causas, más reflexivas se tornan sus interpretaciones, y más complejas las teorías, desde luego legítimas, que aspiran a desentrañarlas. Pero una junta nacional no está para ratificar o falsear teorías sociopolíticas, sino para definir y sancionar cursos de acción. Deben, sin embargo, generarse espacios de razonamiento donde los distintos aportes puedan contribuir a una visión compartida de la realidad.

Tampoco hay una evaluación común acerca de los éxitos y fracasos del Plan Estratégico 2010-2020. Hay quienes niegan el diagnóstico de base de dicho diseño. Refutan la extracción social, esencialmente popular y de capas medias emergentes, del electorado democratacristiano, así como la identidad de centroizquierda declarada por sus votantes. Y no existe una respuesta, sino varias y contradictorias, para explicar por qué cuatro directivas no pudieron resolver el problema crucial de la colectividad, a saber, que «el PDC no responde en sus contenidos, comportamientos y orgánica a los desafíos del país, lo que ha implicado una disminución de sus resultados electorales». Ni qué decir del descalabro sufrido por sus indicadores de gestión: se fijó conquistar la meta del 21 por ciento de la votación en las pasadas elecciones municipales y parlamentarias, pero en la primera consiguió el 13 por ciento y en la segunda apenas el 10.

Otra cosa aún más profunda y de difícil concurrencia es el balance de su Quinto Congreso realizado hace ya una década, y la expectativa que se tiene respecto del futuro cónclave, cuya realización se halla pendiente desde la administración del senador Ignacio Walker. No sólo hay controversia sobre lo acordado hace años, sino también una fuerte polémica sobre los contenidos, proyecciones, metodologías, y garantías de calidad, participación y exigibilidad, que debería exhibir el Sexto Congreso.

No obstante, es esta instancia la que debiera ofrecer el espacio de colaboración e intercambio indispensable para dilucidar las contradicciones políticas e ideológicas que se publicitan por la prensa. Un proceso al cual debieran ser convocados, no sólo los 20 mil militantes que votan con regularidad en las internas, ni sólo los 30 mil reinscritos que figuran como miembros de pleno derecho, sino los 113 mil registrados en los libros del Servel que siguen siendo democratacristianos.

Bastaría un acuerdo de mayoría y poner estas prioridades por encima de una elección de mesa, para emprender un cauce ordenado, amplio y democrático hacia el aggiornamento o puesta al día del partido, y para dejarlo en sintonía con la universalidad alcanzada por el pensamiento humanista.

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DEMOCRACIA CRISTIANA, TRES RUPTURAS Y UN LAMENTO

7 enero, 2018

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras.

«Renuncia masiva de figuras y militantes de la Democracia Cristiana» es el rótulo de la noticia difundida esta semana en la prensa escrita, la televisión, las radios y los medios digitales de comunicación. Alude al rompimiento con la colectividad de miembros de Progresismo con Progreso encabezados por la ex ministra Mariana Aylwin en una coyuntura que el senador Jorge Pizarro ha calificado como la crisis más profunda que ha tenido la DC desde su fundación.

En sus sesenta años de existencia, desde su creación en julio de 1957, la Democracia Cristiana ha enfrentado tres divisiones: la primera, en 1969, cuando se formó el MAPU; la segunda, en 1971, cuando nació la Izquierda Cristiana; y, la tercera, en 2007, cuando fue expulsado el senador Adolfo Zaldívar y se reorganizó el PRI.

Con la crisis de 1969, abandonó el partido un importante grupo de parlamentarios y dirigentes liderado por el senador Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional y primer presidente del PDC. Lo acompañaron en su decisión el senador Alberto Jerez y el diputado Julio Silva Solar, y guías emergentes que, por sus cualidades políticas y o ascendiente intelectual, trascendieron a su tiempo, así los casos de Carlos Montes, José Miguel Insulza, Óscar Guillermo Garretón, Jaime Estévez, Vicente Sota, Enrique Correa Ríos, Rodrigo Ambrosio, Jacques Chonchol y Tomás Moulian.

Pocos meses después, con la ruptura de 1971 que dio origen a la Izquierda Cristiana, se alejaron de la DC los diputados Luis Maira, Pedro Felipe Ramírez, Osvaldo Gianinni, Fernando Buzeta, Pedro Videla, Jaime Concha, Alberto Jaramillo y Pedro Urra. Les siguieron dirigentes como Bosco Parra, Juan Enrique Miquel, Eugenio Díaz y el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana, Luis Badilla.

¿Cuáles fueron los efectos de ambas fracturas? El quiebre del 69 contribuyó a la derrota de Radomiro Tomic en la elección presidencial de 1970 y a una fuerte caída electoral del partido en las elecciones municipales de 1971. Luego, con el cisma de la Izquierda Cristiana, la colectividad debió emprender un radical cambio de sus diseños orgánicos y estratégicos, ahora orientados principalmente a vigorizar su implantación social y territorial.

La recuperación de la DC como eje indiscutido de la política nacional, fue conducida entonces por personeros que contaban con una legitimidad y autoridad interna y externa que no dejaba lugar a fisuras. Cobra relieve el temple de Bernardo Leighton, Narciso Irureta, Renán Fuentealba, Belisario Velasco, entre los adultos, y de Ricardo Hormazábal, Gutenberg Martínez, Soledad Alvear, Adolfo Zaldívar, Juan Carlos Latorre, Mario Fernández, Guillermo Yunge, Miguel Salazar y Luis Lagos, entre los jóvenes.

Con el inicio del actual milenio se incubó un tercer conflicto que habría de concluir en el alejamiento del senador Zaldívar y de los diputados Jaime Mulet, Pedro Araya, Carlos Olivares, Alejandra Sepúlveda y Eduardo Díaz. Su consecuencia directa fue el declive electoral del partido, que pasó del 20 por ciento de adhesión en la municipal de 2004, al 14 por ciento en la de 2008. Posteriormente, el rompimiento habría de coadyuvar al fracaso de la candidatura presidencial de Eduardo Frei en 2009.

Vista sobre el fondo de esta secuencia, ¿qué gravitación tiene la renuncia de los miembros de Progresismo con Progreso y su proclamado propósito de constituirse en partido?

De entrada, en la nómina de los 31 renunciados no hay ninguno que ejerza cargos de representación popular ni de gobierno. Seguidamente, tampoco sus prosélitos tienen una influencia significativa en los órganos de decisión de la colectividad, por lo que difícilmente su ausencia afectará el funcionamiento de la institucionalidad interna. En cuanto a su número, hay que poner la cifra en contexto. Si ha habido un éxodo masivo de militantes democratacristianos este ha sido el de 80 mil afiliados que no confirmaron su pertenencia al partido, pues de los 113 mil inscritos que obran en los registros del Servel, sólo alrededor de 30 mil se han refichado, y de estos, poco más de 20 mil participan en los procesos de consulta de la organización.

La crisis abierta por Progresismo con Progreso, desde luego tributaria de esta desafección, ha tenido también repercusiones políticas, visibles en el peor desempeño electoral del partido de toda su historia. Su estrategia de ruptura con la centroizquierda y el gobierno, su reedición del camino propio, su permanente propensión al conflicto y a la crispación de los ánimos, sus provocadoras apariciones mediáticas, han dañado la cohesión, la fraternidad y el respeto entre quienes se obligan a un trato de camaradas. Lo cual es de lamentar, pero aún más crucial es que entraña un desafío mayor de universalidad y aggiornamento que debería iniciarse en la próxima Junta Nacional y  proyectarse a los próximos años.

 

 


CON LA TEMERIDAD DE ICARO

3 diciembre, 2017

 

Icarus

Mientras el rendimiento electoral de su candidata presidencial es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la Democracia Cristiana es bastante heterogénea.

Si hubo candidatos y dirigentes democratacristianos que contribuyeron a un mal resultado electoral de su carta presidencial, por lógica, debería haber candidatos y dirigentes que aportaron para, en su reverso, conseguir un buen resultado.

Dilucidar cuán objetiva es esta imputación requiere, sin embargo, irse a los datos. Y la estadística más pertinente consiste en comparar el porcentaje de votación obtenido por la senadora Carolina Goic en cada distrito, con el porcentaje de sufragios  correspondiente a la suma de las votaciones de candidatos a diputado democratacristianos en cada distrito, lo cual es igual a decir la votación distrital de la DC.

¿Qué resultado arroja este parangón?

Como se observa en la siguiente tabla, mientras el rendimiento electoral de la candidata es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la DC es bastante heterogénea; varía entre el 2,66 por ciento, en el distrito 4, y el 30,39 por ciento, en el distrito 27. Y aunque hay cierta correlación entre la adhesión que capta el partido y la que exhibe la candidata, aquella es más bien moderada. Por ejemplo, en el distrito 4 Goic marcó su peor puntaje, pero aún peor fue el de la colectividad. Y en el distrito 28, que es su circunscripción parlamentaria, la senadora alcanzó su más alta cumbre, anotando sobre el 11 por ciento, pero, si bien allí la DC superó esta cifra, no pudo elegir diputados.

Votos DC y Votos Goic

Ahora, si se compara la adhesión que conquistó la candidata y la que captaron individualmente los parlamentarios electos, se descubre que existe una mayor reciprocidad entre ambos, como se puede comprobar en la siguiente tabla.

Votos Goic y Diputados

El porcentaje promedio de votación de los diputados electos es tres puntos superior a la proporción de sufragios de la senadora. Esto torna evidente la brecha abierta entre la movilización electoral del partido y la propia del comando de la candidata: la correlación entre el rendimiento del partido y el rendimiento del diputado electo es más alta que la registrada entre el partido y la candidata presidencial.

Y lo más importante, como puede verse en las dos tablas de abajo: prácticamente no existen diferencias entre la votación promedio de la senadora en los distritos donde la DC eligió diputados (6,3%) y su votación promedio (6,0) en aquellos donde no consiguió elegir. Pero hay una distancia abismal entre el apoyo que la DC concita en los distritos donde consiguió una banca parlamentaria (15,4%) y el respaldo que logra en los lugares en que no pudo hacerlo (7,2%).

La principal variable que explica este desigual resultado es haber competido sola dentro de un régimen electoral proporcional que premia a los partidos y pactos mayoritarios. De ahí que los más grandes perjudicados por la vía escogida, hayan sido la DC y la Nueva Mayoría. Como en el mito de Ícaro quien, desoyendo las advertencias, voló hacia el sol en alas pegadas con cera y acabó precipitándose al mar luego que el intenso calor las derritiera.


CAMBIO DE EXPECTATIVAS

30 noviembre, 2017

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan.

El mayor impacto de las elecciones del 19 de noviembre, fue el vuelco que produjeron en las expectativas de las personas. Se ha hablado hasta la saciedad de la brecha abierta entre lo que se creía que serían los votos obtenidos por Beatriz Sánchez, y los que, finalmente, consiguió. Ahora la gente ―no los candidatos, ni tampoco los comandos, sino los electores―, más que una intuición sobre su posible influencia, sabe positivamente que su voto es gravitante: el 20 por ciento de los sufragios es real como real es la representación equivalente en el Congreso.

De lo que no se ha hablado lo suficiente es del cambio radical en las convicciones de las personas respecto de quién será el próximo presidente de Chile. En cosa de días la certeza de que sería Piñera cayó del 66 al 49 por ciento, según la última encuesta Cadem que, para Fiestas Patrias, ubicaba al expresidente en el 73 por ciento de las certidumbres, lo que generaba euforias en la oposición y desalientos en el oficialismo. En el sondeo de Criteria, entre octubre y noviembre, Piñera se precipita del 68 al 50 por ciento.

No deja de sorprender que el 17 de noviembre, dos días antes de los comicios, quienes creían que sería Guillier el futuro presidente apenas constituían el 16 por ciento. Después de la elección ya habían ascendido al 41 por ciento, proporción que podría ser mayor, como lo revela Criteria, donde Guillier salta del 19 al 48 por ciento, pues la velocidad de captura de confianza de Guillier es más rápida que la velocidad de pérdida que exhibe Piñera.

Tampoco se ha hablado mucho, salvo especulaciones contra-intuitivas y acientíficas que se levantaron para sustentar la estrategia de ruptura de la centroizquierda, de cómo se redistribuirán las preferencias de la primera en la segunda vuelta.

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan. Nada que ver con un pueblo que repudia a la centroizquierda y que, en una suerte de autoinmolación, acaba por abandonarse a la abstención electoral. Y nada que ver con electores frenteamplistas que no están dispuestos a votar por Guillier, ni con programas que para tener éxito en las urnas deban ser integrales y poco menos que comprometer los ideales históricos de cada vertiente política.

Según Cadem, 7 de cada 10 adherentes de Beatriz Sánchez y de Marco Enríquez-Ominami, se orientarán a Guillier, y uno a Piñera. En la medición de Criteria, los favorables a Guillier suben a 8 y se mantiene uno por Piñera, tendencia que es refrendada por declaraciones de dirigentes del Frente Amplio, y por las propias de Enríquez-Ominami y Alejandro Navarro, en respaldo del candidato de la centroizquierda.

Desde el punto de vista de las actitudes de los electores, los resultados del referendo de Revolución  Democrática no pueden ser más elocuentes. De los 4.800 militantes y adherentes que concurrieron a la consulta, el 80 por ciento votó por las tesis de apoyo a Guillier: unos porque consideraban que «la derecha en el gobierno implica un retroceso y riesgo para Chile», y otros porque estimaban que su programa podría incorporar temas emblemáticos de la agenda social, como la reforma del sistema de AFPs.

En la tesis que se impuso, RD no formula un llamado a Sebastián Piñera para que recoja las demandas del mundo social, y no es a Chile Vamos a quien exhorta para que convoque a los simpatizantes del Frente Amplio. Su interpelación es a la Nueva Mayoría y a su candidato, y la hace desde el domicilio de la izquierda, algo que torna incomprensible la dilación que han sufrido sus definiciones estratégicas.

En cuanto al curso que tomará la votación de Carolina Goic, tanto Cadem como Criteria indican que 3 de cada 5 electores votaría por Guillier y uno lo haría por Piñera, lo cual es consistente con las acciones de Progresismo con Progreso ―especie de organismo huésped del partido― en la Democracia Cristiana, cuyos dirigentes han expresado su abierto rechazo a la línea oficial. Pero también dicho cisma es coherente con el tipo de votante que ha reproducido: los electores de Goic, víctimas de la polarización inducida en la colectividad, son quienes más ocultan sus preferencias presidenciales.

El cambio de las expectativas electorales perfila los contornos políticos del Frente Amplio y fortalece el rol articulador de la Democracia Cristiana en la centroizquierda.

El Mostrador

Difícil entender cuál es la conducta que se sugiere al electorado