CON LA TEMERIDAD DE ICARO

3 diciembre, 2017

 

Icarus

Mientras el rendimiento electoral de su candidata presidencial es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la Democracia Cristiana es bastante heterogénea.

Si hubo candidatos y dirigentes democratacristianos que contribuyeron a un mal resultado electoral de su carta presidencial, por lógica, debería haber candidatos y dirigentes que aportaron para, en su reverso, conseguir un buen resultado.

Dilucidar cuán objetiva es esta imputación requiere, sin embargo, irse a los datos. Y la estadística más pertinente consiste en comparar el porcentaje de votación obtenido por la senadora Carolina Goic en cada distrito, con el porcentaje de sufragios  correspondiente a la suma de las votaciones de candidatos a diputado democratacristianos en cada distrito, lo cual es igual a decir la votación distrital de la DC.

¿Qué resultado arroja este parangón?

Como se observa en la siguiente tabla, mientras el rendimiento electoral de la candidata es relativamente uniforme a lo largo y ancho del país, la votación de la DC es bastante heterogénea; varía entre el 2,66 por ciento, en el distrito 4, y el 30,39 por ciento, en el distrito 27. Y aunque hay cierta correlación entre la adhesión que capta el partido y la que exhibe la candidata, aquella es más bien moderada. Por ejemplo, en el distrito 4 Goic marcó su peor puntaje, pero aún peor fue el de la colectividad. Y en el distrito 28, que es su circunscripción parlamentaria, la senadora alcanzó su más alta cumbre, anotando sobre el 11 por ciento, pero, si bien allí la DC superó esta cifra, no pudo elegir diputados.

Votos DC y Votos Goic

Ahora, si se compara la adhesión que conquistó la candidata y la que captaron individualmente los parlamentarios electos, se descubre que existe una mayor reciprocidad entre ambos, como se puede comprobar en la siguiente tabla.

Votos Goic y Diputados

El porcentaje promedio de votación de los diputados electos es tres puntos superior a la proporción de sufragios de la senadora. Esto torna evidente la brecha abierta entre la movilización electoral del partido y la propia del comando de la candidata: la correlación entre el rendimiento del partido y el rendimiento del diputado electo es más alta que la registrada entre el partido y la candidata presidencial.

Y lo más importante, como puede verse en las dos tablas de abajo: prácticamente no existen diferencias entre la votación promedio de la senadora en los distritos donde la DC eligió diputados (6,3%) y su votación promedio (6,0) en aquellos donde no consiguió elegir. Pero hay una distancia abismal entre el apoyo que la DC concita en los distritos donde consiguió una banca parlamentaria (15,4%) y el respaldo que logra en los lugares en que no pudo hacerlo (7,2%).

La principal variable que explica este desigual resultado es haber competido sola dentro de un régimen electoral proporcional que premia a los partidos y pactos mayoritarios. De ahí que los más grandes perjudicados por la vía escogida, hayan sido la DC y la Nueva Mayoría. Como en el mito de Ícaro quien, desoyendo las advertencias, voló hacia el sol en alas pegadas con cera y acabó precipitándose al mar luego que el intenso calor las derritiera.

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CAMBIO DE EXPECTATIVAS

30 noviembre, 2017

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan.

El mayor impacto de las elecciones del 19 de noviembre, fue el vuelco que produjeron en las expectativas de las personas. Se ha hablado hasta la saciedad de la brecha abierta entre lo que se creía que serían los votos obtenidos por Beatriz Sánchez, y los que, finalmente, consiguió. Ahora la gente ―no los candidatos, ni tampoco los comandos, sino los electores―, más que una intuición sobre su posible influencia, sabe positivamente que su voto es gravitante: el 20 por ciento de los sufragios es real como real es la representación equivalente en el Congreso.

De lo que no se ha hablado lo suficiente es del cambio radical en las convicciones de las personas respecto de quién será el próximo presidente de Chile. En cosa de días la certeza de que sería Piñera cayó del 66 al 49 por ciento, según la última encuesta Cadem que, para Fiestas Patrias, ubicaba al expresidente en el 73 por ciento de las certidumbres, lo que generaba euforias en la oposición y desalientos en el oficialismo. En el sondeo de Criteria, entre octubre y noviembre, Piñera se precipita del 68 al 50 por ciento.

No deja de sorprender que el 17 de noviembre, dos días antes de los comicios, quienes creían que sería Guillier el futuro presidente apenas constituían el 16 por ciento. Después de la elección ya habían ascendido al 41 por ciento, proporción que podría ser mayor, como lo revela Criteria, donde Guillier salta del 19 al 48 por ciento, pues la velocidad de captura de confianza de Guillier es más rápida que la velocidad de pérdida que exhibe Piñera.

Tampoco se ha hablado mucho, salvo especulaciones contra-intuitivas y acientíficas que se levantaron para sustentar la estrategia de ruptura de la centroizquierda, de cómo se redistribuirán las preferencias de la primera en la segunda vuelta.

Ahora tenemos una idea más cercana a la realidad respecto de qué podría ocurrir con los adherentes de las candidaturas presidenciales del Frente Amplio y de la Democracia Cristiana. Por cierto, esta idea no tiene nada que ver con el país presa del binominalismo, e incapaz de arribar a consensos, que algunos pintan. Nada que ver con un pueblo que repudia a la centroizquierda y que, en una suerte de autoinmolación, acaba por abandonarse a la abstención electoral. Y nada que ver con electores frenteamplistas que no están dispuestos a votar por Guillier, ni con programas que para tener éxito en las urnas deban ser integrales y poco menos que comprometer los ideales históricos de cada vertiente política.

Según Cadem, 7 de cada 10 adherentes de Beatriz Sánchez y de Marco Enríquez-Ominami, se orientarán a Guillier, y uno a Piñera. En la medición de Criteria, los favorables a Guillier suben a 8 y se mantiene uno por Piñera, tendencia que es refrendada por declaraciones de dirigentes del Frente Amplio, y por las propias de Enríquez-Ominami y Alejandro Navarro, en respaldo del candidato de la centroizquierda.

Desde el punto de vista de las actitudes de los electores, los resultados del referendo de Revolución  Democrática no pueden ser más elocuentes. De los 4.800 militantes y adherentes que concurrieron a la consulta, el 80 por ciento votó por las tesis de apoyo a Guillier: unos porque consideraban que «la derecha en el gobierno implica un retroceso y riesgo para Chile», y otros porque estimaban que su programa podría incorporar temas emblemáticos de la agenda social, como la reforma del sistema de AFPs.

En la tesis que se impuso, RD no formula un llamado a Sebastián Piñera para que recoja las demandas del mundo social, y no es a Chile Vamos a quien exhorta para que convoque a los simpatizantes del Frente Amplio. Su interpelación es a la Nueva Mayoría y a su candidato, y la hace desde el domicilio de la izquierda, algo que torna incomprensible la dilación que han sufrido sus definiciones estratégicas.

En cuanto al curso que tomará la votación de Carolina Goic, tanto Cadem como Criteria indican que 3 de cada 5 electores votaría por Guillier y uno lo haría por Piñera, lo cual es consistente con las acciones de Progresismo con Progreso ―especie de organismo huésped del partido― en la Democracia Cristiana, cuyos dirigentes han expresado su abierto rechazo a la línea oficial. Pero también dicho cisma es coherente con el tipo de votante que ha reproducido: los electores de Goic, víctimas de la polarización inducida en la colectividad, son quienes más ocultan sus preferencias presidenciales.

El cambio de las expectativas electorales perfila los contornos políticos del Frente Amplio y fortalece el rol articulador de la Democracia Cristiana en la centroizquierda.

El Mostrador

Difícil entender cuál es la conducta que se sugiere al electorado

 


CONTRA LA RETÓRICA DEL MIEDO

26 noviembre, 2017

 

filosofos

La raíz del fracaso no está en el partido, sino en una anti-estrategia que se niega a emprender la retirada, y cuya retórica del miedo debe ser enfrentada con un discurso ecuánime, prudente y racional

Hasta nuestros días se recuerda el discurso de Diódoto, un tribuno ateniense del siglo V a.C., como una de las piezas oratorias más célebres de la historia, no sólo porque en ella se combinan en una síntesis superior, la credibilidad de su autor, su conocimiento de los sentimientos de la audiencia, y la lógica implacable de sus argumentos, sino porque constituye un ejemplo sumo en contra de la retórica del miedo.

La retórica del miedo es un discurso caracterizado por una estructura binaria donde se polariza la realidad en términos de opuestos, y divide a las personas entre buenos y malos, amigos y enemigos, los que poseen identidad y los que han perdido la suya.

Y es precisamente esta retórica del miedo lo que distingue el discurso de Gutenberg Martínez, acaso el principal artífice de la fallida estrategia del camino propio que condujo a la Democracia Cristiana a su actual trance crítico. En La Tercera hemos podido leer lo que pretende ser un balance de la derrota; si es dable llamar balance a algo que ignora, omite, se desentiende de los hechos, de que aquí se fijó un antes y un después, y de que las cosas no pueden seguir siendo vistas como si no hubiera ocurrido la elección del domingo. Su relato no es un alto, una reflexión actualizada de los datos de la realidad, sino la continuación sin pausa de la misma retórica que ha venido incubando por años la presente crisis.

El pilar fundamental de todo su razonamiento consiste en afirmar que fue la Junta Nacional de la Democracia Cristiana la que eligió su fatal destino. Por lo tanto, todo el partido, que sabía a qué se exponía, es imputable de las responsabilidades y, desde luego, de las penas derivadas de ellas.

Así también disertaba Cleón, rico representante de los comerciantes atenienses, y rival de Diódoto en las deliberaciones de la asamblea política. Ante una revuelta de los mitilenios que, finalmente, fue sofocada, propuso matar a los hombres de la ciudad, capturar a las mujeres y niños y venderlos como esclavos, no sin antes advertir que aquellos parlamentarios que se opusieran a su idea lo hacían instados por el soborno. Diódoto lo enfrenta apelando a la prudencia y la justicia. Desacredita su tesis intimidatoria, cuya finalidad es clausurar el debate, y convence exitosamente al foro de castigar sólo a los instigadores de la rebelión de Mitilene.

¿Es responsable el partido por haber votado a favor del camino propio consistente en competir en primera vuelta con una lista parlamentaria aparte? ¿Sabía la colectividad que estaba votando por el deplorable desenlace del 19 de noviembre?

Hay que atenerse al sentido literal de las palabras, y para ello no se requieren citas textuales que, por lo demás, se pueden encontrar en todos los registros disponibles de prensa.

Al partido se le llevó a votar así con retóricas binarias del tipo comunistas/anticomunistas, fracaso de la Nueva Mayoría y del gobierno/éxito del camino propio, identidad democratacristiana/izquierdización, guillieristas/antiguillieristas, funcionarios públicos/camaradas…

Se le dijo que la llegada de la DC era mejor en primera vuelta que en primarias. Se le dijo que por ese camino pasaría a la segunda vuelta, lo cual significaba superar a Guillier y a Sánchez, esto es, conseguir alrededor de un millón y medio de votos y, por este «mayor perfilamiento», aumentar su representación parlamentaria, lo que se traduciría en elegir, no 14, ni 17 —como dice Martínez—, sino más de 25 diputados. Ahí están para corroborarlo los análisis electorales de los expertos que dieron base a este pronóstico.

Pero, como se trata de una retórica ininterrumpida, que no reconoce el desplome del 19N, el lenguaje sigue siendo también equívoco, como ya lo venía siendo. Si antes el domicilio de la DC era la centroizquierda, y ésta en concreto acabó en la alianza formada con la IC y el MAS, ahora el lugar de la colectividad es un centro reformista que rehúsa la polarización, otra ficción de los desengañados. Si antes las instituciones del partido servían para cubrir sus vacíos de conducción, incluyendo el propio dejado por Martínez en 1999, hoy aquellas normas e instancias de decisión son sometidas a un examen que las desautoriza y, de este modo, obstruye las vías de solución a sus tensiones y conflictos. No otro que legitimar la libertad de acción es el sentido de despojar de fuero al órgano que resolvió la línea política de la colectividad en segunda vuelta.

La raíz del fracaso no está en el partido, como sostiene Martínez, sino en una anti-estrategia que se niega a emprender la retirada, y cuya retórica del miedo debe ser enfrentada con un discurso ecuánime, prudente y racional, como es la contribución hecha por Diódoto a la política: «Es necesario que el buen ciudadano aparezca como mejor consejero que los demás; no atemorizando a los oponentes, sino en condiciones de igualdad».

 

La retórica de Gutenberg Martínez

El pronóstico de 25 diputados

El pronóstico de 33 diputados


NUESTRA INFERIORIDAD POLITICA

20 noviembre, 2017

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta.

Acaso nada resulte más revelador de los recientes comicios, que la imagen fría, fragmentada y desenfadada de un país que se adentra en el desarrollo. Toda una cotidianidad empapada de tecnologías, comunicaciones, rutinas domésticas, responsabilidad cívica y banalidades, nos muestra un orden político de contrastes y desajustes, a menudo incomprensible y desconcertante, pero cuya fisonomía no dista mucho de la que enfrenta el ciudadano común de las sociedades avanzadas. Aquí y allá afloran virtudes universales, como las instituciones garantistas y la promoción de los derechos fundamentales, en contraste con vicios globalizados, como la corrupción y el racismo xenófobo. Aquí y allá los conflictos y sus justificaciones comienzan a parecerse.

Por su grado de desarrollo, la nuestra es una nación irreconocible a la luz de la descripción que hiciera de ella en 1911 Francisco Antonio Encina en su clásico libro “Nuestra inferioridad económica”. Con este título el autor aludía a un estado de anemia, de raquitismo, de debilitamiento económico antiguo y persistente que sin embargo hoy es difícil de corroborar. Pero si el historiador pudiera asomarse al presente y observar nuestra inferioridad política, quizá confirmaría su firme convicción de que ni economistas, ni abogados ni intelectuales han conseguido desentrañar la verdadera naturaleza de nuestros problemas.

Porque la forma en que el país vive su tránsito al desarrollo, exhibe un rasgo peculiar, cual es la escasez de una clase política con visión comprensiva del pasado y del porvenir, y con un sentido práctico y altruista de la acción política. La ausencia de una masa crítica que tome en sus manos y se haga cargo del gran cambio que día a día transforma los modos de vida y la mentalidad de los chilenos. Y no es que hayamos carecido de ella, pues esta elite ejemplar ha florecido en las artes, en las ciencias, en el deporte y en la esfera de la fe. Los partidos políticos fueron por muchos años —hasta que los desplazó el mercado emancipado de los “think tanks”— ricos semilleros de hombres y mujeres formados en convicciones morales, intelectuales y metodológicas, tributarias de la tolerancia, la unidad y la gobernabilidad.

El concierto democratacristiano socialista

Gracias a este fecundo surtidor de liderazgos, que se esparcían en todas las direcciones y jerarquías de poder e influencia, el camino al desarrollo pudo ser escoltado por amplios compromisos políticos y sociales. La fuerza motriz de esta voluntad activa y mayoritaria procedió de colectividades y movimientos de centroizquierda, en cuya vanguardia flameaban las banderas de los partidos Demócrata Cristiano y Socialista, solares de abnegadas e históricas figuras como Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende, y más tarde, de los presidentes de centroizquierda de la democracia.

Por su papel rector y aglutinador, en ambas colectividades radican las causas que explican la actual inferioridad de la política progresista y democrática, y es también en ambas donde se acusa el mayor castigo electoral propinado por la ciudadanía.

Hay razones de larga data, y otras más recientes, que explican el paulatino deterioro del compromiso democratacristiano socialista. Las rupturas de la DC en 2007 y del PS en 2009, fueron golpes que impactaron gravemente y, en ocasiones, de manera irreversible, la institucionalidad y la legitimidad de las orgánicas partidarias. Dichas condiciones de vulnerabilidad, estimularon el viejo anhelo de reconstituir una tercera vía, que pasaba por desgajar a la DC de la Concertación y configurar en consecuencia una alianza hegemónica con Renovación Nacional. Fue un sueño fallido, pero únicamente por el desengaño de la población con el gobierno de Piñera y la amplia popularidad de Bachelet, que pospusieron el proyecto sin por ello cerrarse las fisuras abiertas entre los antiguos partidos. Sobrevino entonces un permanente asedio de miembros de la falange contra el proceso de reformas de la presidenta socialista, pese a que la colectividad participó en las primarias, pactó una lista parlamentaria común, y honró con su palabra, y con sus representantes en el gabinete, cumplir el programa de gobierno prometido al país. Como contrapartida, desde el socialismo no hubo ningún actor dotado de ascendiente y poder que frenara el fuego cruzado de provocaciones y hostilidades disparadas al margen de los canales instituidos y de las vocerías autorizadas.

El desprecio por las primarias

Con el otoño cayeron las últimas hojas del divorcio DC-PS. El suelo político se sembró de un lenguaje oblicuo, preñado de expresiones torcidas, eufemismos y rodeos, que anunciaban el advenimiento de la posverdad, donde nada parecía ser lo que aparentaba. Domicilio en la centroizquierda, coalición 2.0, cruzada moral, lucha de todos contra todos, triunfo de la derecha en primera vuelta, “dream teen”, y, claro, el chivo expiatorio de los comunistas, fueron consignas que, sin mediar autopsia, revelaban que su densidad era menor que la hojarasca excoriada por la erosión de la coyuntura. Vacuas evasivas esgrimidas para ocultar los errores de una vía política sin destino. El tiempo habría de demostrar que la fecha de término del pacto DC-PS, se había sellado al inicio de la nueva administración, y no en el momento en que los socialistas proclamaron a su candidato. Viviremos para confirmar que los pretextos empleados para desechar las primarias, a saber, el de un expresidente abandonado y humillado, y el de un partido aislado y arrinconado, no resistirán el examen historiográfico.

La renuncia a las primarias fue el presente griego que fragmentó la unidad del oficialismo y lesionó la fuerza espiritual de sus partidos, líderes y seguidores. Fue un acto de renuncia a la herencia y a la vocación de futuro de la coalición más poderosa y arraigada del Chile contemporáneo. Y el drama es que jamás se vislumbró un gesto de cordura, de responsabilidad y de altruismo en sus conductores. Pesó más la arrogancia y el balance de culpas.

La estrategia perdida

¿Valió la pena? Sumidos en la embriaguez de su voluntarismo, algunos vistieron sus falsos triunfalismos con el ilógico argumento de que se puede ganar perdiendo.

Desde el principio de la transición hasta nuestros días, cada año 50 mil ciudadanos dejaron de confiar en la Democracia Cristiana. Sólo entre 2004 y 2008 le quitaron su apoyo 400 mil chilenos que nunca más regresaron a ella. La última vez 580 mil electores votaron por candidatos democratacristianos. Hoy la han respaldado poco más de 380 mil, el 5 por ciento de quienes concurrieron a las urnas.

¿Dónde está la ganancia? Está alojada en ejercicios dialécticos sin referentes en la realidad. Habita en elucubraciones demagógicas que hicieron del sistema d’Hondt un acto de magia por el cual no sólo se simuló verosímil, sino una promesa cierta, pasar a la segunda vuelta. La profecía quedó hecha trizas al golpear contra el quinto lugar alcanzado, por debajo de la derecha ultranacionalista, lo que a todas luces comporta una ironía para una opción que se propuso recuperar el centro.

El del domingo es el peor desempeño del Partido Demócrata Cristiano en toda su historia, y es, asimismo, un exhorto para quienes desdeñando el valor de la estrategia lo han conducido a este derrotero. Es un precio demasiado alto para la dignidad de un partido que fue artífice de las grandes transformaciones de Chile. La flecha roja pudo sentar en las bancas del Congreso a una treintena de diputados de haber usado las ventajas que como partido mayoritario, en una coalición mayoritaria, le granjeaba el régimen proporcional. Pero, en su deliberada soledad, ha quedado reducida a 5 representantes en el Senado y a 14 en la Cámara de Diputados. Este domingo capturó 616 mil sufragios para diputados, correspondientes al 10 por ciento de los votos válidamente emitidos, pero hace cuatro años sus candidaturas a la Cámara Baja sumaron 967 mil votos, casi el 16 por ciento del total de las preferencias, lo que se ha traducido en una merma de 350 mil adhesiones. Luego, nunca más nadie podrá decir que su alianza con la izquierda es la que la perjudica.

El mensaje de la ciudadanía debe ser escuchado. El país seguirá prosperando más allá de la marcha de sus gobiernos, pero el sentido del progreso, que es uno de justicia, de solidaridad, de derechos y de respeto por las personas, es la impronta que distingue el quehacer de la centroizquierda, y ésta necesita del aggiornamento y la conciliación de las prácticas e ideales de la Democracia Cristiana y del Partido Socialista para superar nuestra inferioridad política. Porque, en las sabias palabras de Encina, “el solo restablecimiento del equilibrio entre nuestro desarrollo intelectual y nuestra capacidad económica, repercutiría favorablemente sobre nuestra evolución moral, hoy perturbada por hondos trastornos”.

 

DC

El Mostrador

 


HACIA EL NIDO DE LOS HALCONES

1 octubre, 2017

La estrategia trasciende el conflicto mapuche y las teorías conspirativas del asedio comunista y de la caída del subsecretario. Se propone poner de manifiesto una presunta indulgencia del Gobierno con las acciones de violencia desplegadas en La Araucanía.

 

Lo que no te mata te hace más fuerte. La ya clásica frase se aplicó con suerte al ministro del Interior, Mario Fernández, contra quien Chile Vamos había anunciado una acusación constitucional o, en subsidio, una interpelación parlamentaria, mientras el poderoso gremio de los camioneros exigía su renuncia. Pero, nada de ello ocurrió. El riesgo que corrían Renovación Nacional y la UDI, y su candidato Sebastián Piñera, era alto, pues no contaban con los votos en la Cámara de Diputados ni en el Senado ―instancia que debía actuar como jurado― para provocar la destitución del personero y hacerle efectiva la prohibición de ejercer cargos públicos durante los próximos cinco años.

Y es que los tiempos actuales no son los de aquella coyuntura de 2008 en que, con los votos de la Concertación, fue posible la consumación de un libelo acusatorio contra la entonces ministra Yasna Provoste, cuando el diputado Pablo Lorenzini se abstuvo en la votación y Gabriel Ascencio, Pedro Araya y Esteban Valenzuela no ingresaron a la sala. Cuando los parlamentarios Alejandra Sepúlveda, Jaime Mulet, Eduardo Díaz y Carlos Olivares, leales al senador Adolfo Zaldívar, votaron alineados con las bancadas de la oposición sellando así el destino de la titular de Educación.

Esta vez no habría vacilaciones ni disidencias democristianas. Tampoco habría que lamentar tránsfugas en las filas de la izquierda. Por eso, Mario Fernández y la vía política e institucional seguida hasta ahora no podían sino salir fortalecidos de la prueba que les aplicaría la oposición. Su principal, y acaso único papel, habría consistido en alinear al oficialismo tras el relato de la cuestión previa, esto es, que el Ejecutivo no había actuado con negligencia, no había vulnerado el Estado de derecho y no se había entrometido en la esfera del Poder Judicial.

Pero si la acusación no tenía visos de prosperar, ¿por qué la oposición disparó al corazón del Gobierno en plena campaña electoral?

La oposición conservadora ha llegado a la convicción de que Piñera sólo puede crecer hacia la derecha, cualquiera sea la participación electoral que se registre el próximo 19 de noviembre. Porque un vuelo hacia el nido de los halcones lo exhibiría como el escudo de la seguridad pública y económica. El gesto disiparía las incertidumbres de quienes ven en su retorno el fantasma de la eventual incapacidad del expresidente para garantizar paz social, estabilidad y, sobre todo, gobernabilidad, durante la etapa de auge y equilibrio económicos que se avecina. Cuestión nada irrelevante, pues esta oposición mantiene palpitante el recuerdo de las movilizaciones del 2011, de los cambios políticos-culturales que les sucedieron y de una de las mayores derrotas parlamentarias que cosechó. Sabe que esta vez no contará con las otrora fieles bisagras que operaron a su favor en el Congreso.

La estrategia, desde luego, trasciende el conflicto mapuche y las teorías conspirativas del asedio comunista y de la caída del subsecretario. Se propone poner de manifiesto una presunta indulgencia del Gobierno con las acciones de violencia desplegadas en La Araucanía, región que, como Mississippi en llamas, exhibe estructuras sociales altamente jerarquizadas y segregadas y, por ello, muy permeables al discurso conservador. Paradójicamente, el exmandatario ha criticado a la actual administración lo que él hizo en la suya en su momento de mayor popularidad tras el rescate de los 33 mineros: solicitar la recalificación de las conductas objeto de las querellas, o sea, no recurrir a la ley antiterrorista y, más aún, reformar la norma hasta volverla ineficaz.

Pero, pese a esta aparente contradicción, lo que busca la fórmula es instalar un parteaguas que distinga y separe nítidamente la vía de la integración política e institucional impulsada por Interior y ejecutada por el equipo de Aleuy, de la vía de la militarización de las zonas en conflicto, llevada al límite bajo la dictadura.

Este diseño de continuación de la política por otros medios, constituye un triunfo de la derecha ultranacionalista representada por José Antonio Kast, sobre la opción más moderada que aspiraba encarnar Sebastián Piñera, quien, pese a sus evidentes esfuerzos publicitarios ―como haber aparecido junto a Barack Obama y al serpenteante Mario Vargas Llosa― no ha conseguido desprenderse de la lacerante memoria histórica del autoritarismo y de sus cómplices pasivos.

En el primer foro de los candidatos presidenciales el exgobernante dijo que no era ningún pecado haber colaborado con el régimen que suspendió el Estado de derecho, la continuidad democrática y constitucional, y el ejercicio de las garantías fundamentales. Tal vez este haya sido el precio que debió pagar para aumentar sus chances cada vez más menguadas de ganar en segunda vuelta.

 

Ni acusación constitucional ni interpelación parlamentaria

Laúltima cruzada de Aleuy

 


PANDEMIA

26 septiembre, 2017

 

La pandemia es por definición un mal o daño que se expande de forma intensa e indiscriminada. Es también el nombre elegido por la productora que prestó apoyo al expresidente Piñera en la segunda vuelta de 2010 y en la instalación de su gobierno, en marzo de ese mismo año. A Pandemia se le imputa el haber extendido, junto a otras empresas proveedoras, boletas ideológicamente falsas para justificar los aportes de SQM al exmandatario.

Lo más extraordinario del caso es que pone de relieve, y en el momento justo, las nefastas secuelas que está teniendo para la democracia la corruptora y opresiva contaminación de la actividad política por el dinero y los negocios.

Se ha querido moderar la gravedad de los hechos con excusas del todo frívolas para un país que, pese a no haber cruzado el umbral del desarrollo, piensa, se informa y se comunica. Se ha sostenido que esto no le interesa a la gente que vota por Piñera, que le pasa por encima de los hombros. Un argumento difícil de digerir, pues hay una franja del electorado de centroderecha a la que sí le importa la venalidad y la que no está dispuesta a tolerar las malas prácticas. Tal vez constituya un uno, un dos o un tres por ciento de los votantes. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que las elecciones se pierden por uno, dos o tres por ciento de diferencia.

Se ha afirmado que el asunto ya prescribió y que, por consiguiente, no tendrá efectos judiciales para los responsables. Es cierto que los plazos expiraron y que no habrá sanciones penales. Sabemos de otros casos semejantes, como Manos Limpias en Italia, del cual se salvaron por el puro paso del tiempo varios de sus implicados. Pero la prescripción no equivale a impunidad ética ni moral y, acaso el tribunal más adecuado para poner la credibilidad política en el banquillo de los acusados sea el juicio de las urnas, el veredicto libre, secreto e informado que todos los ciudadanos podrán formular el domingo 19 de noviembre.

Se ha dicho que el monto de alrededor de cinco millones de pesos de la factura falsa, es una minucia, una cifra muy baja para prestarle atención. Una explicación que por recurrente ya se ha gastado. Es como si procurara convencernos de que el botín de dieciséis mil millones del llamado «gran robo del siglo» hace más transgresores a sus autores que los cinco millones de quien burló al fisco. Lo cierto es que la cantidad no otorga atenuantes a la concupiscencia.

Se ha señalado que el expresidente no tiene ningún nexo con los hechos denunciados ni con las personas involucradas. Esto es como querer tapar el sol con un dedo, porque los más de cien millones destinados por SQM, ocultos por facturas ideológicamente falsas, fueron a parar a productoras de eventos a cargo de la campaña presidencial de Piñera y con quienes éste sigue manteniendo vínculos.

Algunos se extrañan que estos delitos se hagan públicos a escasas semanas de la elección presidencial, e incluso ponen en duda la imparcialidad del Ministerio Público.

¿Por qué sorprende la oportunidad cuando es una práctica regular de las democracias contemporáneas?

Es justamente en periodos de campaña cuando aparecen las pruebas de moralidad más duras para los candidatos, y estos las deben saber sortear. Más aún, que la publicación hubiera sido parte de una operación política, no agregaría nada nuevo al hecho fundamental de que aquí se cometió un ilícito. Lo que debiera llamar a reflexión es que haya sido El Mercurio, prensa representativa de la derecha, el medio que difundió el hecho. Significaría que sectores conservadores ven en el triunfo de Piñera un riesgo para sus intereses políticos y, sobre todo, económicos.

Pandemia, El Mostrador

Los pagos de SQM

La trama

Vínculo con SQM impacta a Piñera

 


CUENTA REGRESIVA

25 septiembre, 2017

En las ocho semanas que faltan veremos a Piñera desplegar al máximo sus recursos comunicacionales a fin de capturar la adhesión de los indecisos y de los seguidores de José Antonio Kast… ¡No para vencer en primera vuelta, sino, sobre todo, para asegurar el éxito en la segunda!

Soplaban los primeros vientos de otoño y todavía las expectativas presidenciales del electorado se mostraban líquidas e inestables. Ninguno de los aspirantes a La Moneda exhibía un ascendiente incontrarrestable sobre su sector; ni siquiera el expresidente Piñera, cuyo liderato entonces era desafiado por Felipe Kast y Manuel José Ossandón. Tampoco estaba del todo claro el camino que, finalmente, tomarían los candidatos: si una competencia en primarias o una lucha de todos contra todos en noviembre. No obstante, los que aparecían más perfilados eran Piñera y Guillier, en contraste con las imperceptibles figuraciones de José Antonio Kast y Beatriz Sánchez.

Ahora nos hallamos en la última cuenta regresiva. En los seis meses transcurridos la adhesión a Piñera y a Guillier ha crecido al punto de convertirlos en los favoritos. Sin embargo, el exmandatario no ha conseguido remontar la barrera de los dos millones y medio de adherentes (el 40 por ciento) en una concurrencia a las urnas que se calcula será superior a los seis millones de electores.

Esto significa que la elección debería definirse en segunda vuelta, habida cuenta que el candidato de la centroderecha concita menos respaldo que hace ocho años, lo que aumenta las chances de Guillier, quien ya ha empezado a despegarse de su más próxima contendora. Con su 22 por ciento de apoyo el senador se acerca presto a la marca fijada por Frei el año 2009. Recordemos que en esa ocasión, con un rival asombrosamente competitivo, como fue Marco Enríquez-Ominami, el democratacristiano bordeó el 30 por ciento de la votación, pero en el balotaje sobrepasó el 48 por ciento.

Se inaugura la temporada de campaña al mismo tiempo que llega la primavera. Es el momento de mayor intensidad de la propaganda política y, por cierto, de conexión de las ofertas programáticas con el juicio ciudadano.

En las ocho semanas que faltan veremos a Piñera desplegar al máximo sus recursos comunicacionales a fin de capturar la adhesión de los indecisos y de los seguidores de Kast… ¡No para vencer en primera vuelta, sino, sobre todo, para asegurar el éxito en la segunda! Y confirmaremos también el desplazamiento sin convocatorias políticas expresas —hoy por hoy redundantes— del electorado de centroizquierda hacia la opción que representa Guillier.

Diario Concepción