De la vía no capitalista de desarrollo

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A menudo los conservadores culpan a los reformadores de la crisis política e institucional de 1973. Parecen decir que sin la acción de éstos todo habría marchado por cauces normales. Pero, ¿quién puede saber cómo habría sido la historia? Y si de conjeturar se trata, ¿se podría comprender la mayor reforma democrática del siglo pasado -la que encarnó el gobierno de Eduardo Frei Montalva- sin el aporte de esos sectores? ¿En qué se funda la pretensión de que los «oficialistas» del partido habrían estado en lo correcto, mientras que los «rebeldes» y «terceristas», a quienes se atribuyen los males, habrían equivocado el rumbo? Suponiendo que rebeldes y terceristas estaban equivocados, ¿por qué nunca surgió en Chile un gobierno de la Democracia Cristiana y la derecha? ¿No revela ello el talante reformador y popular del partido?  

¿Ficción o realidad? La historia sólo es lo que es: hechos. Y no es posible entenderla sino por la presencia de aquellos reformadores. Del mismo modo que no es posible entender la Concertación de Partidos por la Democracia, sino por aquel pasado pensado y construido por reformadores. No puedo ver en Rafael Agustín Gumucio, Alberto Jerez, Julio Silva Solar y Jacques Chonchol, sino a democratacristianos. Pero no puedo ver como tales a Pablo Barahona, Alvaro Bardón o Juan de Dios Carmona. Y corrigiendo la imagen distorsionada que se tiene de aquellos hombres, ha de saberse que no fueron pocas las ocasiones en que Bosco Parra y Jacques Chonchol, líderes terceristas, conciliaron posiciones con el Presidente Frei, precisamente para asegurar la reforma democrática.

Son ellos los gestores de la vía no capitalista de desarrollo, el intento de radicalización de la revolución en libertad, y el antecedente inmediato del proyecto socialista comunitario que el partido impulsaría en los años setenta. La vía no capitalista de desarrollo proponía el fomento de la actividad industrial sujeto a regulaciones de mercado, delimitaba las tres áreas de la economía –mucho antes que lo hiciera la reforma constitucional Hamilton-Fuentealba-, promovía la participación de los trabajadores en las empresas, fijaba condiciones de operación de la inversión extranjera, y recomendaba la alianza del gobierno, el partido y los sindicatos para granjearle una base de apoyo social al proceso de transformaciones[1]. Así quedó plasmada en el Informe de la Comisión Político-Técnica[2], dirigida por Chonchol. 

Los reformadores, liderados por Rafael Agustín Gumucio, alcanzaron la dirección del partido en junio de 1967. La recibieron de Patricio Aylwin, y tras unos comicios municipales que habían puesto de relieve la irreversible tendencia a la baja de la colectividad, en contraste con los sucesivos y abrumadores triunfos electorales de 1963, 1964 y 1965. El paso de los reformadores por la mesa nacional fue sin embargo muy breve. Renunciaron al cabo de seis meses. Impelidos a mostrar sumisión al gobierno, debieron medirse en la junta nacional de enero de 1968, donde perdieron por 202 contra 278 votos. La intervención del carismático Presidente Frei a las dos y media de la mañana, habría provocado este desenlace. Siempre recordarían la fatal advertencia: «terminaremos en franca y ostensible beligerancia».



[1] Michael Fleet, The Rise and Fall of Chilean Christian Democracy, Princeton University Press, 1985.[2] Revista Política y Espíritu, Santiago, agosto de 1967.

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