La Mafia

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El periodista interpela a Fernando Flores:

      – ¿Verdad que en sus reuniones de campaña, antes de que ocurriera lo de Publicam, ya se había referido al ‘estilo mafioso de Girardi’?

      – Sí –dice él–. ‘Mafia’ es una palabra italiana que significa familia. Su pecado y virtud es exagerar la lealtad interna. Existe un estilo mafioso en el partido porque se crean ligas en que todo está permitido. No hay diálogo, sólo lealtad. Y en función de ésta se logran cargos.

Generosa traducción la de Flores: mafia igual a familia. Si quisiéramos, podríamos endulzar aún más la expresión. Así pues, con John Dickie, autor de Cosa Nostra, historia de la mafia siciliana, podríamos agregar que el adjetivo ‘mafioso’ antaño significaba ‘hermoso’, ‘atrevido’, ‘seguro de sí mismo’…; que un mafioso era alguien que gustaba y que se pavoneaba de ello. Pero, para mal de Flores –presa de su lenguaje–, hoy por hoy, la palabra es aplicable a cualquier organización criminal. Y esa es la gravedad de su denuncia, y ése el punto crítico de inflexión.

El mérito de Flores es otro. Lo de Flores es una alerta al sistema. Lo que hace Flores es advertir de una amenaza. Instalar un miedo. Iluminar un riesgo. Llamar la atención sobre una incertidumbre que dé a luz otra ética de la responsabilidad. Lo que hace Flores es echar por tierra, quizá a costa de su propia supervivencia política, el mito de las virtudes democráticas y republicanas de nuestras relaciones de poder. Precisamente, para poner en actividad nuevos mecanismos de control en dichas estructuras de poder.

En ello Flores es universalista. Desde luego, más que Carlos Peña. «Tarde o temprano los partidos necesitan ideas –anota el flamante rector–. Y ese ha sido el problema del PPD. Alardeó de no tener ninguna. Le creyó a Fukuyama: pensó que la democracia y el mercado lo invadirían todo, que el fin de la historia había llegado, que las ideologías serían excrecencias sostenidas por algunos fanáticos y que los individuos se orientarían sólo por dos cosas: sus derechos de ciudadanos y sus intereses de consumidores… A eso se le llamó progresismo». El error de Peña consiste en ver la paja sólo en el ojo del PPD. Al modo de la derecha, que ve corrupción en las platas del Estado, que son de todos, pero no en las platas no declaradas de los privados, que también son del Estado, y también pertenecen a todos.

De lo hecho por Flores, podríamos ir más allá de lo escrito por Peña. Podríamos ir hacia la reforma orgánica de los partidos políticos. Podríamos avanzar hacia un pacto genuinamente democrático y republicano. Podríamos avanzar hacia un compromiso realmente nacional y popular a favor de la dignificación de las instituciones y de las prácticas políticas. Conseguirlo entraña matar el mito, y elaborar las crisis para hacerlas fértiles, y para no ser arrastrados por ellas.

Durante un siglo y medio se creyó que la mafia no era sino un desafiante sentimiento de orgullo y honor, propio de la identidad de cada siciliano. Esto, hasta que aquel 23 de mayo de 1992, tras una colosal explosión en que el crimen organizado se cobró la vida del incorruptible juez Giovanni Falcone, toda Italia quedó en suspenso, en punto muerto. Había comprendido cuán brutal era lo que se ocultaba bajo el velo.

 

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One Response to La Mafia

  1. […] el relajamiento de las costumbres. No, en quienes sí fueron primeros en introducir las palabras mafia e ideología de la corrupción en el lenguaje político […]

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