El problema de la culpa

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Se respira en el ambiente, en cada conversación, en cada informativo, en cada foro. Cada minuto alguien culpa a otro, o es culpabilizado por otros. El tema de la corrupción se ha puesto en el tapete, en una nueva edición de la caza de brujas. Una densa y pesada nube de sospechas y presunciones se apodera del debate público, envileciendo la deliberación política y degradándola a niveles que resultan intolerables.  

La derecha busca que la Concertación sienta el peso de la culpa. En la Concertación, quienes ceden a la presión, conceden hacer el mea culpa, pero a costa de culpabilizar a sus aliados. Encienden hogueras y lanzan a ellas los signos del pecado y la venalidad: militantes, conductas, historias y tradiciones. Incluso la estabilidad y la gobernabilidad democráticas, que algunos se han atrevido a describir como crisis política e institucional. 

Pero, realmente, ¿de qué se sienten culpables? Se sienten culpables de comportamientos cuya revelación provoca vergüenza y desaprobación. Por ejemplo, que se haya elaborado y hecho pública una lista de eventuales destinatarios de recursos de Chiledeportes, o que se hayan ocultado los gastos de campaña de los candidatos… ¡El rey está desnudo! —gritan. Perderá su investidura y dignidad.   

Pero el rey es lo que es. Sus comportamientos han acompañado desde antiguo el ejercicio del poder en Chile. Sus modos de proceder no nacieron con la Concertación, como sugiere Patricia Verdugo. Sus antecedentes se remontan a épocas aún más lejanas que la de Pinochet. Vienen con el peso de la noche, son hijos de la aristocracia, vástagos de la oligarquía. El clientelismo, que no otro es el verdadero rostro que se oculta tras sus variadas máscaras, ha sido el modo tradicional de reproducir el poder. Ha sido el modo eficiente inventado por la dominación clásica para coexistir con la democracia representativa, de méritos, y de derechos. Y eso que llaman corrupción –en el país más probo de Iberoamérica–, no es sino la exhibición de la desnuda tensión prevaleciente entre un régimen de iguales, como el que postula la doctrina democrática, y el régimen de privilegios que amparan las oligarquías.

Si ruboriza esta desnudez, es porque toca la legitimidad de nuestras desigualdades de clase, de raza, y de género. Desigualdades seculares que operan en el seno de los partidos para promover o limitar el ascenso social. Desigualdades que al salir a la luz pública, muestran tal arbitrariedad, abuso y subordinación, que no pueden sino ser vistas como actos de corrupción.

Los escépticos pueden hojear Political Brokers in Chile, de Arturo Valenzuela. También, El clientelismo político en el campo chileno, de John Durston. Y, por cierto, de Javier Auyero, ¿Favores por votos? Les bastaría sin embargo mirar a su alrededor y meditar. ¿Cómo es que los miembros de una misma familia se suceden en los altos cargos públicos? ¿Cómo es que sólo los miembros de un mismo sector acceden a las oportunidades de becas y ayudas? ¿Cómo es que los centros académicos son semillero de líderes de un determinado grupo? ¿Cómo es que la representación democrática de los órganos de poder, siempre es distorsionada por la decisión discrecional del cacique?

Si hemos de hacer mea culpa, sepamos de qué nos hacemos culpables. Puede ayudar la iluminadora reflexión filosófica de Karl Jaspers. Quienes emprendieron acciones que, demostradas objetivamente, infringieron leyes inequívocas, que asuman su culpa criminal. Aquellos que, como ciudadanos o estadistas, abandonaron sus deberes, que asuman su culpa política. Los que provocaron daño, por lo que hicieron o por lo que dejaron de hacer –sobre todo, esos que creyéndose protegidos por la obediencia debida, ejecutaron órdenes criminales–, que asuman su culpabilidad moral. Mas, los que crean que existe un principio activo de solidaridad entre los seres humanos, que hace a cada uno responsable de todo el agravio y de toda la injusticia del mundo, especialmente de los crímenes que suceden en su presencia o con su conocimiento, que asuman su culpa metafísica.

Tal vez entonces logremos establecer un diálogo maduro acerca de la diferencia entre clientelismo y corrupción, entre estilos y vicios políticos. Y acaso entonces empecemos a mejorar la calidad de la política.

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