La culpa

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En tono firme, las jefaturas políticas declaran que no habrá defensas corporativas. Esto quiere decir que cada cual tendrá que hacerse cargo de sus actos. Y, claro, no esperar apoyo de la colectividad. ¿Por qué los dirigentes se sienten impelidos a deslindar la responsabilidad colectiva de la responsabilidad individual? ¿Dónde termina una? ¿Dónde comienza la otra? ¿En qué momento el militante queda entregado a su suerte? ¿Cuándo la organización se desprende de él? 

Los conductores están obligados a discernir la culpa y a señalar dónde está radicada. Deben hacerlo si no quieren que la culpa se diluya en el anonimato corporativo y acabe por contaminar a toda la colectividad. Deben hacerlo sobre todo para impedir que la culpa vuelva a aparecer. Deben separar aguas, distinguiendo las responsabilidades políticas que son imputables a la organización, de las responsabilidades políticas atribuibles al individuo. 

¿Pero cuán responsable puede ser el individuo en las decisiones colectivas? Las nuevas tendencias del cine alemán son elocuentes a la hora de revelar el papel de la conciencia personal en la responsabilidad política. “El hundimiento” (“Der untergang”), del director Olivier Hirschbiegel, muestra a Traudl Junge, la secretaria de Hitler, abatida por su pasado de colaboración con el régimen nazi. 

¿Podía Junge haber actuado de otro modo? Hitler, al igual que Pinochet, había transformado la república en dictadura. Había creado una policía secreta para perseguir e inhibir cualquier oposición ideológica. Había disuelto los sindicatos y había proscrito los partidos políticos. El Tercer Reich, como el régimen de Pinochet, había reestructurado el aparato productivo para favorecer la concentración económica. Y, como los neoliberales chilenos, los nacionalsocialistas germanos también habían obtenido éxitos. Mediante la intervención del Estado y el apoyo de los grupos económicos habían logrado la recuperación económica, la reducción de las tasas de desocupación y el control de la inflación. Vano sería introducir la sofisticada diferenciación académica entre un régimen totalitario, como el de Hitler, y otro autoritario, como el de Pinochet, cuando medidos en su moralidad política, ambos resultan igualmente corruptos. Ambos pertenecen a los capítulos más oscuros de la historia del siglo XX. 

Poco antes de morir, en febrero de 2002, Junge habría de reconocer su culpa política como algo personal. Ni su juventud, ni su débil compromiso partidario, ni la desinformación reinante, constituyeron atenuantes que la liberaran de aquella pesada carga moral. Lo admirable es que en la misma época otra joven haya sido capaz de tomar un curso de acción diametralmente opuesto. Precisamente “Sophie Scholl: los últimos días” (“Sophie Scholl: die letzten tage”), el film de Marc Rothemund, procura rescatar la pureza de su testimonio heroico. Sophie, junto a su hermano Hans, lideraba en Munich la Rosa Blanca, una organización clandestina conformada por cinco estudiantes y un profesor, cuya misión era denunciar el militarismo y propugnar los principios cristianos de la tolerancia y la justicia.   Los jóvenes de la Rosa Blanca repartían cartas anónimas en casas y oficinas. También las depositaban en los buzones de correo, o las entregaban por mano, formando así, en los momentos más aterradores –los vividos entre 1942 y 1943–, verdaderos circuitos de información. Sophie tenía sólo 21 años cuando fue ejecutada por distribuir panfletos en contra del nazismo. En Chile, 30 años después, desafiando la represión de la emergente dictadura militar, incluso transgrediendo la disciplina impuesta por sus partidos, otros jóvenes habrían de replicar los métodos de la Rosa Blanca. Y, como ella, su principal motivación habría de ser la cuestión de la responsabilidad personal bajo una tiranía. 

Todo cuanto ha podido vencer el peso de aquella noche debe ser visto como fruto de un testimonio de libertad, de justicia, de paz o de solidaridad. Todo cuanto de sensatez y sentimiento, de confianza y dignidad, se renueva año tras año en las urnas, representa las esperanzas de Chile. Es el patrimonio moral de la Concertación.

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