La modelo

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Se respira cierta atmósfera de tensión. Hay desautorizaciones cruzadas. Cosas públicas convertidas en tabú. Asuntos privados hechos públicos. Se acusa a los díscolos. Los díscolos, a sus antiguos adversarios. Todas las voces se amplifican. Se mezclan en un ensordecedor grito colectivo. Parece que hablaran los partidos. Parece que lo hicieran las coaliciones. Pero no. Es sólo el efecto envolvente de la tecnología.  Eso también es Kraftwerk, la banda alemana precursora de la música electrónica. De Kraftwerk se ha dicho que consigue transmitir con elocuencia un sentimiento alienante, nostálgico y escapista. ¿Qué busca con ello? Pues sobreponerse a la decadencia, liberarse de la mortaja en que quedó envuelta Alemania tras el dominio nazi. Sus fuentes de inspiración son las costumbres del siglo XX, la vida urbana y la tecnología: autos, trenes, computadores y teléfonos. Porque, para Kraftwerk, la visión del mañana se consigue a través de la técnica. 

Precisamente “El hombre máquina” (“Die mensch-maschine”), álbum aparecido en abril de 1978, entraña una mirada tecno al capitalismo avanzado. A él pertenece uno de sus temas más populares, “La modelo” (“Das modell”), años más tarde llevada al videoclip en el estilo irreverente de Rammstein, otro grupo germano, pionero del rock industrial. En “La modelo”, no obstante su sencilla letra, se pone de manifiesto toda la universalidad del personaje. Algunos de sus pasajes quizá superen en calidad expresiva a varios de los clásicos de la modernidad: Ella se exhibe para productos de consumo / da lo mejor de sí ante cualquier cámara / una pura sesión de fotos puede cambiar su mente / su nuevo look es, simplemente, encantador. Pero no es tanto el verso como la combinación de imagen y sonido lo que le da fuerza a la crítica social inmanente al mensaje de “La modelo”. Es el filo de la ironía que, penetrando limpio y luminoso en el realismo cínico, descarna la doble moral conservadora. La que aplaude las luces y el glamour, mientras desdeña lo superfluo, ficticio y light. La misma que, despreciando al político mediático, al adicto a los focos, vive pendiente, como el narcisista frente al espejo, de las encuestas de opinión. 

Antes de que la política saltara a la pasarela, antes de la aparición del político mediático, antes de la televisión, del computador y de la telefonía móvil, probablemente la crítica de Kraftwerk nos habría llegado críptica e incomprensible. ¿Qué la hizo clara y explícita? ¿Qué fue lo que cambió? ¿Por qué nos basta la fugacidad del audiovisual para entender lo que antaño exigía un complejo dominio del lenguaje? Dice Florian Schneider, cofundador del grupo: “La palabra es una tradición heredada de la Biblia. En ella el lenguaje es considerado como el arte más elevado: en el principio era el Verbo. Pero para nosotros eso ya terminó. Existen nuevas cosas en el aire, cosas muy rápidas, eléctricas…”. Más allá del debate teológico acerca de si el Verbo es una serie de signos, o el acto de enunciación, lo importante en la cita de Schneider es que enfatiza el tránsito del texto escrito al impulso eléctrico, de la imprenta al móvil de Internet. Schneider nos recuerda nuestro lugar en el vértigo. 

Aún durante la Revolución en Libertad y, sobre todo, bajo la Vía Chilena al Socialismo, el impreso es el soporte del discurso ideológico. Y éste, el oficio de los intelectuales. Ellos manejan los códigos de validación del relato y, también, quienes invitan a Lenin, a Santo Tomás o al Che a tomar partido en la controversia. El líder es lo más parecido a un orador, a un encantador de multitudes, a un ilusionista de la palabra. Como Fidel, ícono perdurable de los años 60. En estricto rigor, no existe el político mediático. Todavía ese mundo es tierra virgen para la globalización. Pero entonces, ¿en qué momento apareció? ¿Con Pinochet de gafas oscuras y brazos cruzados? ¿Con el dedo acusador de Lagos? ¿Con el gesto de contrición de Aylwin? Tal vez empezamos a advertir su presencia cuando los partidos de masas emprendieron la retirada. Cuando las últimas movilizaciones sociales se extraviaron en los mercados de opinión. Cuando se instalaron las redes y las nuevas elites. Y la democracia representativa resolvió rehuir los contrastes. Una cosa es segura: sobre la pasarela desfilan los rostros de una audiencia que se reconoce en ellos. 

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