El mañana efímero

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Antes que el documento viera la luz pública, recibió una fuerte condena. Pese a haber sido visto y visado por la mesa nacional de la Democracia Cristiana, el texto completo no llegó a ser divulgado. Sólo trascendieron fragmentos escogidos. Por ejemplo, que jamás se debe buscar apoyo político en los militares. Que cuando las fuerzas armadas entran al conflicto político abren abismos a la guerra civil o al golpe de Estado. Que nunca se deben apoyar o realizar acciones conjuntas con organizaciones manifiestamente antidemocráticas.

Del resto del escrito no sabemos nada. Cuanto se escuche y comente será acerca de algo sin título ni ilación conocidos. Algo que difícilmente podría concitar consenso ni controversia.

¿Por qué el mensaje no se convirtió en el testimonio histórico de la Democracia Cristiana? Aquellos que han tenido acceso privilegiado a la prensa han dicho que el partido debe preocuparse del futuro y no del pasado. Y han agregado, con indisimulado desdén hacia sus autores, que el pasado es cosa de historiadores, de académicos, en último término, de comentaristas, pero no de políticos. Lo paradójico es que no aplican la misma regla a todo el pasado, ni a todo aquel que evoca el pasado. Nadie dice que hay que mirar al futuro, cuando la colectividad celebra sus cincuenta años. Nadie dice que hay que mirar al futuro, cuando el ex Presidente Aylwin manifiesta su extrañeza y malestar por lo que considera una crítica a su comportamiento político. ¿Y qué, sino evocaciones nostálgicas, son el mal gusto y la mala educación que le reprocha Ravinet a Belisario Velasco por el trato dado al ex dictador? ¿Qué, sino pura memoria del siglo pasado, es la tesis de Boeninger sobre el uso indebido de los recursos destinados a programas sociales? ¿Y no es remembranza lo que hace Ramón Briones cuando nos envía a los fundamentos valóricos de la Concertación para, luego, sugerir su ruptura?

Se echa de menos la simetría en el juicio.

Mientras se apela al pasado para exaltar trayectorias y canonizar personajes, se clausura la revisión crítica de una historia que sigue dividiendo a los democratacristianos. Es la insoportable gravedad de la ortodoxia; la que impide alzar vuelo y fijar rumbos.

Hay un pasado encostrado y agotado. Y otro —por oposición— fértil, vital y promisorio. Ambos reconocibles por sus frutos. Bien lo expresa Antonio Machado: «El vano ayer engendrará un mañana / vacío y ¡por ventura! pasajero… un mañana estomagante / escrito en la tarde pragmática y dulzona»; mañana efímero. Junto a él, la simiente de otro mañana…, «con esa eterna juventud que se hace / del pasado macizo de la raza». Mañana sempiterno, continuo, perdurable.

¿Cómo conquistar ese mañana sino a la luz del testimonio de los grandes falangistas que fueron Eduardo Frei Montalva y Bernardo Leighton? ¿Cómo asumir la obligación moral de asegurar la continuidad de la vida y la supervivencia de las generaciones futuras, sin reconocerse en ambas víctimas? ¿Cómo mirar al futuro sin penetrar la tragedia que fluye de sus cartas? Ellas revelan muchas de sus incomprensiones y dolores. Pero, muy esencialmente, ahí, en los diálogos epistolares de Frei y Leighton del 22 de mayo y 26 de junio de 1975, está la visión del pasado y los puntos de referencia para un buen uso del porvenir.

Es equivocado sostener que estas preocupaciones escapan a la función de los partidos, pues, tanto o más importante que la contingencia política, es la justicia intergeneracional, esto es, la solidaridad con las generaciones futuras. Ello entraña una ética de la responsabilidad que asegure la libertad a los ciudadanos del mañana, y los advierta del riesgo que Chile enfrentó en el pasado. Una ética que libere de su sentimiento culposo a quienes colaboraron con la dictadura, y renueve a quienes movilizaron las energías emancipadoras del país. Una ética que inspire a quienes conservan la fe en la Concertación, y a esos otros que sólo ven en la coalición las migajas de un cuerpo en descomposición. Una ética que ayude a todos a comprender por qué en España, Italia y Alemania, desaparecieron los monumentos a Franco, Mussolini y Hitler. Y para entender por qué los símbolos humanizadores se levantan en todas las latitudes del planeta.

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