Las vías

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«Lea sólo el prólogo —dijo Pinochet—. Aquí se explican las mismas cosas que yo digo y a veces no me creen». En sus manos sostenía un ejemplar del libro De la vía chilena a la vía insurreccional, escrito por Genaro Arriagada y prologado por Eduardo Frei Montalva.

Publicado en 1974 por Editorial del Pacífico, el libro se difundió profusamente entre los democratacristianos, llegando a convertirse en la versión militante de lo que había ocurrido en Chile durante el gobierno de la Unidad Popular. Se donaba a los jóvenes como texto de apoyo para la formación política. Salvo su prólogo, la voluminosa publicación era un collage. Una pesada sucesión de recortes de prensa que pretendían bosquejar la ideología del asalto al poder, pero que, como el aprendiz de brujo que confunde las fórmulas, acabaron trazando la ideología legitimadora del golpe. Más elocuente resultaría hoy Vida y muerte del Chile popular, el diario de Alain Touraine aparecido ese mismo año. Tiene la virtud de lo cotidiano, la riqueza de lo realmente vivido.

El relato de Arriagada culpaba a los vencidos, y no ofrecía alternativas. No, al menos, para la política. Por eso, las primeras expresiones de lucha antidictatorial fueron actos testimoniales, clandestinos, a menudo personales o de pequeño grupo, dirigidos a la protección de la vida y a la denuncia, y, muy crucialmente, ejecutados al margen de las orgánicas partidarias. Esto, porque los partidos estaban siendo destruidos, o habían optado por el silencio o la colaboración. Por entonces la Iglesia servía de cobertura —la más segura— para la planificación y coordinación de acciones orientadas a las universidades, a los lugares de trabajo, o a las poblaciones.

Poco a poco, el rostro del terror se fue haciendo conocido. Una noche el camarada se despedía del compañero, y a la mañana siguiente se enteraba que éste había desaparecido, que se había asilado, que lo habían detenido, o que había muerto. Poco a poco, también, el miedo fue templando el talante heroico, incluso de aquellos que confiaban en el aforismo en boga: quien nada hace nada teme. Los cadáveres se descubrían a la vera del camino. Ahí, golpeados o acribillados, los dejaba tirados la policía política. Y así, un día todo este horror pudo desenmascarar las verdaderas motivaciones del 11 de septiembre de 1973 y, con el paso del tiempo, soliviantar la voluntad colectiva contra el régimen.

El golpe de Estado no fue la incidental respuesta de las fuerzas armadas a la inestabilidad del gobierno de Allende; fue la reacción oligárquica contra el Chile popular de la Revolución en Libertad y de la Vía Chilena al Socialismo. Diecisiete años de dictadura revelarán que su imperativo histórico apuntaba más allá del puro restablecimiento del orden. Demostrarán que el alzamiento militar entrañaba una revolución restauradora. Un retorno a los seculares privilegios. Aquellos que habían sido afectados por la ampliación del derecho a voto, la multiplicación de los órganos de representación, la participación directa en el gobierno, y la organización social, propios de la democratización política de aquella época. Y por la democracia económica, que alteró la propiedad y las jerarquías de clase de la hacienda señorial chilena, y que impulsó la abortada reforma de la empresa capitalista.

Y es que el golpe abarcó algo más que lo político. El golpe fue contracultural. Buscó erosionar el movimiento emancipatorio que se inicia con Eduardo Frei, y prosigue con Salvador Allende. Buscó desarmar la conciencia política, y la potencia numérica de los grupos sociales surgidos al amparo de la modernidad. El golpe fue promovido por una derecha electoralmente replegada, y cada día más fascinada por la estética fascista. Recordemos que en los comicios de 1964 Frei había captado el 56% de los votos, cuando Allende conseguía el 40%. Y en 1970, Allende y Tomic habían logrado sumar el 64% de los sufragios. Luego, será esta condición elitista la que llevará a la derecha a inventar ese sucedáneo de la voluntad mayoritaria que es el sistema binominal, y su correlato económico, el modelo descrito en El Ladrillo. La misma que hoy la lleva a justificar tanto crimen, tanta indecencia y tanta bajeza, cuando de Pinochet no quedan sino cenizas.

 

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