La Democracia Cristiana En Este Momento Crucial

I/ El actual debate nacional

Los meses recientes han sido duros para el Gobierno, para la Concertación y para la Democracia Cristiana. Paradójicamente han sido benéficos para la gente, para el hombre y la mujer comunes, para el crecimiento y desarrollo del país –que ha permitido lo anterior–, y también para la Presidenta de la República, que mantiene su alta adhesión, mientras baja el apoyo a los partidos políticos, fenómeno ya clásico en Chile.

Esto permite muchas interpretaciones y conclusiones, que no es del caso analizar aquí, aunque una resulta aleccionadora: la política como arte de gobernar se separa cada vez más del trabajo de los partidos y de sus militantes. La realidad demuestra que se puede hacer lo primero sin necesidad de los segundos. Quiérase o no, es una señal peligrosa para el desarrollo y la maduración de una democracia representativa. Una luz amarilla que llama la atención de los auténticos demócratas en tiempos de fuerte concupiscencia del poder.

Es evidente que ningún análisis sobre la situación actual de la Democracia Cristiana, sus perspectivas futuras o medidas correctoras, puede hacerse, sin considerar el contexto nacional de ayer y hoy, y, de cara al futuro, las motivaciones de cada sector. No es el espíritu de este planteamiento hacer un juicio de valor sobre lo hecho. Esto, sin desmerecer que todos los democratacristianos somos responsables de la Democracia Cristiana, pero que cada uno lo es en sus posibilidades de actuación. Que los partidos tienen las autoridades que se merecen. Que éstas son, finalmente, las responsables de imprimirle estilo al quehacer de la colectividad; una suerte de alma y vocación inherentes al trabajo político.

A nuestro modo de ver, el contexto en que se desenvuelve la acción de la Democracia Cristiana ha estado marcado por tres circunstancias principales: primero, por el debate sobre la corrupción; segundo, por la relación del partido con el gobierno; y tercero, por las tensiones internas de la Concertación.

1/ La pesada sombra de la corrupción

Lo hemos sostenido en innumerables ocasiones, especialmente cuando combatimos la descomposición moral provocada por la dictadura. Pero también lo hemos dicho durante los últimos diecisiete años: nuestro deber es hacer del servicio público un servicio y jamás una prevaricación. Gracias a esta advertencia, ha sido posible mantener las virtudes públicas como parte esencial de nuestra convivencia interna. Sin embargo, creemos que si bien la autoridad partidaria ha actuado de manera estricta en los casos pertinentes, no lo ha hecho con todo el rigor requerido ni en todos los casos. De ahí que por respeto a los miles de militantes honestos se precise un acto de reparación como es la expulsión de quienes han delinquido. Somos concientes de que las sanciones administrativa y judicial se fundan en normas y procedimientos propios. Demandamos igual reconocimiento para las normas y procedimientos amparados en los principios éticos del partido.

2/ La difícil relación del PDC con el Gobierno

Debemos asumir que somos partido de gobierno, sea cual fuere la militancia de los presidentes de Chile, e independientemente de los casos extremos de conflicto y de controversias legítimas que provoque cada iniciativa política. Esta relación, que creemos indispensable, ha de ser mejorada en dos sentidos. Por una parte, el Gobierno debe comprender, en todos los niveles, que su papel colegislador y dueño exclusivo de algunas iniciativas, debe considerar la opinión de los parlamentarios. Sus miembros, en todos los niveles, deben entender que hay un mínimo respeto y preocupación por la coordinación con ellos, porque, de otra forma, su presencia e influencia se verán disminuidas y, al final, será la Concertación la que se verá vulnerada.

El Gobierno regional debe asumir una actitud que promueva el trabajo en equipo con los representantes populares de la Concertación, y abordar todos aquellos temas que revelan un déficit evidente de coordinación entre ambas instancias, tanto nacionales, como regionales o provinciales.

Por otra parte, los partidos –y muy especialmente la Democracia Cristiana– deben asegurar la disciplina interna para poder exigir reciprocidad del Ejecutivo en torno a proyectos o áreas de suyo cruciales para el país. Es necesario armonizar los intereses de la coalición con los partidarios y personales, pero jamás permitir que se actúe en virtud de una derrota anunciada, o de la fatal imposibilidad de corregir errores.

Por cierto, para lograr esta mutua colaboración, es indispensable fijar las expectativas que tiene la Democracia Cristiana, y explicar claramente los temas que a ésta le interesa incorporar a la agenda de la Concertación y del Gobierno.

3/ Las tensiones de la Concertación

Buena parte de nuestro debate interno ha versado sobre la manera de consolidar o resolver las relaciones con la Concertación, y la forma de relevar el aporte democratacristiano a esta coalición y colocar los puntos principales de nuestro ideario en las realizaciones de nuestro gobierno.

Nos parece un debate adecuado y útil por el tema en sí mismo y por el resultado obtenido en todos los planos de nuestro programa.

¿Es la Concertación una relación fácil, provechosa, realmente asumida por nuestro partido como proyecto de gran alcance, o aún se ve como el mal menor o una simple alianza electoral?

La respuesta, obviamente, es compleja. Es histórica la dificultad de los gobiernos y las coaliciones para permanecer unidos.

Nos une la Concertación porque Chile une a la Concertación. Es el pueblo de Chile quien mantuvo unida a la Concertación para derrotar a Pinochet. Es el pueblo de Chile el que le ha dado a la Concertación la alternancia en el poder de cuatro gobiernos sucesivos. Con la misma fuerza con que condenamos el golpe de 1973, reconocemos que el triunfo del NO debe ser valorado, incluso, por aquellos que creían en el derrocamiento de la dictadura.

Vistas las dificultades que tuvimos con el dictador, y con muchos de sus colaboradores manejando los enclaves autoritarios en el seno de las instituciones democráticas, es legítimo dudar de los logros de la transición pactada. Pero si queremos ser responsables, no podemos seguir argumentado con nostalgia a favor del derrocamiento de Pinochet, cuando, no obstante sus fallas, la transición chilena ha resultado exitosa. Por lo tanto, la tarea de hoy es imaginar a la luz de esas insuficiencias, lo que debemos hacer en los próximos cuatro años.

Desde nuestra perspectiva, la opción por la Concertación –más todavía si lográramos integrar a ella a los independientes que han votado por nosotros– es la única opción para dar un gobierno progresista, políticamente viable, socialmente sensible y que supere las limitaciones de los gobiernos de minoría anteriores a 1973. Por consiguiente, consideramos un error que algunos camaradas sigan insistiendo en lo efímero de su existencia, en la carencia de una cohesión mínima, en las aristas de nuestras diferencias, en los anuncios de disolución que, a cada rato, se presenta como definitiva «ante una dificultad coyuntural». Más aún, consideramos temerarias las reiteradas conductas de algunos demócratas cristianos cuya señal parece ser un nuevo referente político que, obviamente, sería el camino propio o una alianza con sectores de la derecha. En esto, también debemos ser claros: la probabilidad de que se quiebre la Concertación existe. Sin embargo, nadie en la Democracia Cristiana puede jugar a esta suerte de «profecía autocumplida», tanto porque la alianza con la derecha es un suicidio, como porque el quiebre de la Concertación representa el quiebre del partido.

Creemos que se ha exagerado este sesgo y que hay que enmendar rumbos. Las dificultades con los otros partidos de la Concertación provienen de la insensatez de algunos parlamentarios que buscan irritar innecesariamente a la Democracia Cristiana a propósito de las cuestiones valóricas. Su arrogancia constituye un triste espectáculo a la luz de las investigaciones sobre desvío de fondos públicos a campañas políticas, y una gazuza torpe que sólo consigue poner barreras al fortalecimiento de la amistad cívica.

Pero seamos francos: hacer un gobierno pluripartidista nunca será fácil en el escenario chileno, proclive a la multiplicidad y diversidad. No olvidemos la historia de la segunda mitad del siglo XX: 32 partidos en el segundo gobierno de Carlos Ibáñez; 4 grupos socialistas y 3 partidos de inspiración cristiana, en la década del ‘50; 3 partidos radicales simultáneos en 1970-73; y 14 partidos pro concertacionistas en 1989.

II/ Retomando el rumbo

1/ Gobernar en Concertación

¿Cómo debemos actuar para gobernar en Concertación? La situación chilena permite hacer bien las cosas si observamos los siguientes criterios:

1.       El valor de cada partido debe estar dado no sólo por su fuerza electoral, sino también por su representatividad ideológica y doctrinal en la diversidad nacional;

2.       La suerte de un partido condiciona la suerte de los demás partidos. Quien crea que el triunfo de la coalición se da con solo traspasarse los votos, incurre en una profunda equivocación, porque el potencial de crecimiento de la Concertación está en la probabilidad de que cada partido se expanda más allá de las fronteras del conglomerado: requerimos gran fuerza centrípeta de unidad, y gran fuerza centrífuga de captación.

3.       Y sobre todo, respeto, porque somos algo más que socios. Somos una esperanza ética para los que aún no se conforman con los cambios realizados, pero que aspiran a profundizarlos porque deben y pueden ser conseguidos. Creer que se puede hacer cualquier cosa y esperar que los partidos salgan indemnes, aunque persista parte de la Concertación, o aún con los mismos partidos, o que después de ello los proyectos personales han de sobrevivir, es no conocer la historia. En la Democracia Cristiana han desaparecido o han perdido protagonismo cuando se han ido. Así ha ocurrido también en el PS y en PRSD, y seguirá sucediendo, porque si hoy están desprestigiados los partidos, nuestra tarea es fortalecerlos y no mirar como se destruyen sin hacer algo por rescatarlos. El precio a pagar sería enorme, partiendo por el debilitamiento de la democracia.

Pero si todo es tan simple como parece ¿cómo es que aún no conseguimos la tranquilidad política? Antes que todo, debemos tomar conciencia que los concertacionistas no somos un solo partido y, por ende, tampoco seremos nunca un partido único. Segundo, debemos entender que por esta circunstancia nuestra aspiración debe ser el máximo común denominador, y un fuerte compromiso con el correcto arbitrio de las diferencias. Tercero –pero lo más determinante– es que cada uno de nosotros, en cualquier nivel, debe comportarse de tal modo que lo anterior sea posible. La convicción de que la jerarquía de prioridades es una para todos: primero Chile, después la Democracia Cristiana, luego, la Concertación, y después yo.

2/ Gobernar con la Concertación

Dicho esto, ¿cuál es el aporte democratacristiano a la especificidad de la Concertación? O más concretamente, ¿cuáles son las agendas específicas de nuestro partido que permiten enriquecer la agenda de la Concertación? ¿Cuáles son aquellas áreas que no podemos dejar fuera en estos años para justificar nuestra tarea?

No es fácil priorizarlas, pero las siguientes pueden contribuir a su diseño:

1.       Debemos ser el escudo de los pobres, pero también en forma especialísima, los líderes en la defensa de los derechos humanos;

2.       Debemos recuperar la fortaleza del movimiento laboral para lograr el equilibrio de fuerzas deseable en la economía;

3.       Debemos impulsar la reforma previsional especialmente aquellos aspectos relacionados con la mujer y la discapacidad, y la precaución de que no llegue a ser un nuevo escenario de lucro;

4.       Debemos promover los proyectos PYMES en todos sus ámbitos. Hemos presentado un esquema preciso a través de un proyecto que requiere patrocinio del Ejecutivo, y su respuesta ha sido el más azaroso de los silencios;

5.       Debemos hacer un planteamiento coherente sobre la infancia en una visión holística. También es un área que debemos insistir en nuestra perspectiva humanista cristiana. Hemos hecho aportes desde la recuperación de la democracia sin ser nunca escuchados;

6.       Debemos dar un impulso sustancial a los temas agrícolas, especialmente a la economía agraria familiar, y promover un cambio de fondo en el mecanismo actual. El mundo rural es parte de nuestra historia;

7.       Debemos hacer un fuerte hincapié en las políticas de madre-niño, especialmente en materia de licencias maternales que nos parecen inadecuadas en sus lineamientos biológicos de protección al niño recién nacido. Fueron nuestros hombres y mujeres que abrieron este camino en Chile;

8.       Debemos insistir en el urgente cambio del modelo económico. Estamos convencidos que no podemos permitir con nuestro silencio el aumento creciente de la brecha económica, la disminución del rol del Estado, la creciente acumulación financiera, la transformación de la salud y la educación en un mero negocio, la soberbia megaempresarial, que aparece dictando las políticas del gobierno. El resguardo de la macroeconomía no nos exige pasividad frente a esta situación que se nos muestra como es un detonante a pocos años plazo; y

9.       Debemos incorporar a nuestro lenguaje la dimensión ecológica de nuestro crecimiento. Ninguna otra filosofía es tan cercana a ella como la visión cristiana. En eso creemos que estamos en deuda.

III/ El lugar y la misión del Partido Demócrata Cristiano

1/ ¿Para quiénes hacemos política los democratacristianos?

Este desafío, el de la construcción de un país más justo, más solidario, y más unido, nos insta a preguntarnos por nuestra identidad, a reflexionar nuestra vocación política más íntima. ¿Cuál es la esencia democratacristiana que se pone a prueba en cada una de las acciones del partido? ¿Cuál la disposición buena y verdadera frente a un programa y a una coalición progresista?

Lo dice el Evangelio: no se puede servir a dos señores. No se puede servir al capitalismo salvaje y, simultáneamente, a los trabajadores. No se pueden armonizar las diferencias, o zanjar a favor de uno u otro, si no se logra este acuerdo de valor. No decimos como lucha de clases, sino a través de las múltiples formas que puedan imaginarse y que tantas veces se ha propuesto la Democracia Cristiana. Ello, sin perder de vista nuestra opción preferencial por los trabajadores.

No se pueden denunciar los males de un capitalismo brutal y, luego, lucrar con sus medios instrumentales con el pretexto de «mejorar su rol social», porque ésta es una hipocresía inútil, como se ha demostrado en la procesión que durante diecisiete años han hecho personalidades concertacionistas en los más fríos e impersonales consorcios financieros.

No se puede ser una suerte de dios Jano, con una cara para lo público y otra para lo privado. La ética debería revelar su consistencia e iluminar, como la Cruz del Sur, el rumbo de un partido que nació para cambiar nuestras conductas y con ello cambiar la sociedad.

Debemos preguntarnos cuán real es aquella acusación que a veces se nos hace: «quisieron cambiar el mundo y pareciera que el mundo los cambió a ellos».

No se puede correr el riesgo de la desconfianza pública con asiento en la duda acerca de nuestras conductas políticas concretas. ¿Cómo votarán los democratacristianos un proyecto de análisis difícil y variadas alternativas técnicas con repercusiones para los más poderosos o los más débiles? ¿Se guiarán por el aforismo en uso «en la duda abstente» u optarán por la enseñanza de Santo Tomás «en la duda elige al más cercano a la cara de Cristo; los más débiles»? Los hechos dan pábulo para la duda que envuelve nuestro mensaje. Y, por eso, es menester una mirada desprejuiciada a nuestra gente, a nuestra tierra y a nuestro tiempo.

2/ Las rápidas transformaciones

Desde 1990, Chile ha vivido un proceso de transformación que, más allá de lo visible, ha entrañado un profundo cambio en las aspiraciones y comportamientos individuales y colectivos. Cambio que se ha expresado en los diversos ámbitos del quehacer social: en el político, el económico, el cultural, el religioso, el familiar y el militar. Chile es otro, como otro es el homochilensis. También son otras sus actitudes, sus anhelos y sus sueños, si es que aún perviven como utopías. No en vano, nuestro ingreso por habitante hoy por hoy es casi cinco veces superior al que teníamos hace dieciséis años, lo que, en términos históricos, constituye un acontecimiento de enorme trascendencia, no sólo por ser un hecho objetivamente demostrable, sino porque el país se ha hecho conciente de ello y actúa en consecuencia.

A medida que tomamos distancia en el tiempo —y se revela la real magnitud del cambio—, vemos extinguirse los resabios de la dictadura cívico militar que encabezó Pinochet. Y, entre luces y sombras, vemos perfilarse la arquitectura democrática proyectada y construida por la Concertación. Decimos entre luces y sombras, porque valores que, como la libertad y la justicia, ayer cruciales, hoy nos aparecen eclipsados por un programa económico y social de sello tecnocrático y asistencialista. Entre luces y sombras, porque la otrora organización social y la participación democrática van desapareciendo a fuerza de la expansión de los nuevos aparatos y redes técnico-burocráticas, así como de la creciente hegemonía de las corporaciones del capitalismo avanzado.

De modo paulatino pierden gravitación e influencia el Estado, el gobierno, los partidos políticos, las organizaciones de trabajadores, las instituciones moral-culturales, tales como las universidades y las iglesias. En su revés, adquieren poder las organizaciones megaempresariales y, sobretodo, financieras; las redes internacionales del dinero asentadas en Chile, las agencias y los agentes del comercio global, las instituciones educativas con vinculaciones religiosas, sectarias o, simplemente, financieras, la prensa de derechas, y los grupos más conservadores de la Iglesia Católica.

Ello nos plantea una serie de dilemas, una lucha sin solución dialéctica entre valores y antivalores. ¿Qué prima en algunas antinomias como el Estado y el mercado, la persona y la sociedad, el poder y el ciudadano? ¿Qué predomina en la conducta diaria? ¿Cuáles valores son buscados, pero no siempre asumidos? ¿Qué dignifica, pero no se busca? ¿Qué modelos son los que realmente marcan una impronta en los jóvenes? ¿Qué piensan los chilenos y chilenas de lo que harían si tuvieran la facultad de cambiar su destino? ¿Qué espera de las tareas o conductas de las organizaciones tradicionales? ¿Hacia dónde quiere ir el país?

¿Cuál es la síntesis liberadora? ¿Cuál la respuesta política a estos dilemas?

Vemos una sociedad que evoluciona con desajustes entre crecimiento económico y desarrollo humano, con diferencias abismales que oscurecen la visión del progreso, con un afán materialista jibarizante de la esperanza humana, con una visión casi demoníaca de la acumulación de riquezas, con sentimentalismo más que solidaridad, con una peligrosa intolerencia en una democracia naciente, y con ejemplos conmovedores de lucha por la justicia y los derechos humanos.

Han surgido fuertes tensiones culturales que justifican el malestar de la Democracia Cristiana. La ética del trabajo se reemplaza crecientemente por el afán de lucro. La solidaridad pierde firmeza frente al egoísmo o la anomia social. La ética del testimonio se agota –en términos generales– como forma de lucha por los cambios. El sentido democrático de la vida es más apreciado pero aumenta la intolerancia al debate. La consecuencia de vida entre hablar y el pensar o actuar da paso a una actitud acomodaticia. La autoestima se hace intolerable entre los poderosos y se diluye entre la inseguridad y las carencias de los necesitados. El saber se menoscaba frente al tener. El respeto da paso a un permanente atropello. El cumplimiento del deber se diluye frente a la sensación de ascensos por simple influencia. El legado espiritual de Santa Teresa de Ávila según el cual «no hay virtud más eminente que hacer sencillamente lo que tenemos que hacer», no está entre las oraciones más recurrentes.

Somos la suma algebraica de nuestra formación interior —intelectual, moral y comunitaria— moldeada por la influencia externa de los valores y antivalores predominantes en el mundo entero y, por ende, en Chile. Por eso, hemos de evaluar si en cada hora se ha hecho lo correcto frente a nuestro mandato doctrinal o ideológico. Esta es la manera objetiva y justa para calificarnos nosotros mismos, especialmente cuando ha surgido la tendencia a analizar la historia de la Democracia Cristiana en momentos claves como fue el trágico episodio del 11 de septiembre del ‘73 ó, a juzgar actos y dichos de hoy respecto al «hoyo negro» de la corrupción, o sobre nuestra posición en los 17 años de gobiernos de la Concertación.

3/ Juicio histórico y buen uso del porvenir

No eludimos la cuestión del año ‘73. Mucho antes veníamos analizando la situación durante la Unidad Popular y el gobierno del presidente Allende. Sabíamos que se hacía insostenible por la fuerza golpista acumulada en la derecha y en las Fuerzas Armadas, y por la inmensa ceguera la ultraizquierda extraparlamentaria y la indecisión política del Presidente y de los otros partidos de Gobierno para hacer los cambios requeridos. Entonces se generó en Chile la alienación de la población que no veía otra salida que el golpe militar, o un figurado golpe marxista que pensamos no prosperaría por la falta de capacidad real de movilización y de apoyo militar, como se comprobó ya a las 72 horas. Sostuvimos que el golpe, como solución, generaría la dictadura que pronosticábamos, y que rechazábamos con toda nuestra fuerza. Ese fue el fondo de la discusión interna, además del debate ideológico que nos impedía apoyarlo a pesar del respaldo existente en ese momento.

¿Fue la hora de conducir más que evaluar la opinión pública? Pues, sí ¿Pudo evitarse el golpe? Creemos que sí. Pero debemos establecer que, a 30 años, la mayor culpabilidad de Pinochet fue su violencia posterior. La discusión sobre la justificación, la legitimidad, la conveniencia o el resultado para Chile puede ser discutible, pero lo que no es discutible es que su fiereza no se justificó y se declaró una guerra interna artificial.

¿Cuál es nuestro juicio histórico? ¿Cuál la visión del pasado que nos reconcilia con nosotros mismos? Lo diríamos de modo claro y preciso:

1.       El pensamiento humanista cristiano rechaza todo apoyo a los gobiernos de fuerza provengan de donde provengan;

2.       El «mal menor» es un código de ética aceptable a la luz de la doctrina cristiana «in extremis», pero tampoco en ese caso lo aceptamos, porque estábamos convecidos que no sería siquiera un mal menor;

3.       Si esta justificación llevó a algunos a respaldarlo, éstos debieron haber exigido las cuatro condiciones de Santo Tomás frente a las tiranías que derrocan los gobiernos legítimos:

o         La convicción de la imposibilidad de cambio, respecto a lo cual no había consenso interno.

o         La certeza de que es menos malo que lo existente. Los que firmamos el rechazo consideramos que no sería así. Otros demócratas cristianos decían tener certeza en contrario. Se nos dirá que no es posible discernirlo ahora, pero no cabe duda que ninguno de esos camaradas creyó entonces que esa violencia se extendería por 17 años.

o         La seguridad en el triunfo. En ello no había duda.

o         El cálculo de un costo humano «razonable». Quienes lo rechazamos pensamos que sería irracionalmente inhumano. Hay que reconocer que la brevedad del golpe, que un supuesto carácter incruento del golpe basado en los antecedentes profesionales de las fuerzas armadas, fue lo que condujo al grave error de aceptarlo.

Con la perspectiva, y la serenidad que da el tiempo, creemos que el partido y sus autoridades hicieron un enorme esfuerzo para evitar el golpe de Pinochet, no así el común de los camaradas, entre quienes hubo dirigentes que lo permitieron. Creemos también que, después de producido, la Democracia Cristiana se equivocó al emitir su declaración del 14 de septiembre. El partido faltó a su deber, pero a poco andar recuperó el rumbo.

Hoy es esencial resolver los cuestionamientos internos y los desafíos para restablecer la confianza de muchos, y la mística de un partido que, por ser de ideas y no instrumental, requiere del compromiso personal y colectivo entre el pensamiento y la acción. También, un conocimiento claro de su papel en los próximos años. Sobre todo, aspira a la unidad real y básica en la doctrina que muchos creen a veces obsoleta, en la ideología que no pocos consideran inaplicable en el actual diseño social y económico, y anhela una política concreta que, claramente, debe estar fundada en la amistad cívica entre los camaradas.

Las públicas diferencias entre nosotros o los vicios internos electorales, demasiado frecuentes, son nuestro karma. El V Congreso es nuestra esperanza. Es nuestro aporte intelectual y de fraternidad. La manera en que la Democracia Cristiana dé un salto cualitativo.

4/ Las raíces y las flores

«No son las flores las que dan vida a las plantas, sino las raíces las que nutren y hacen posible el brillo de las flores».

Radomiro Tomic

¿Qué hacer en el partido para imprimir el cambio deseado? Observar un conjunto de orientaciones de sentido común.

Debemos asumir en conciencia que nadie es más grande en el partido que el partido mismo; palabras de Tomic a la hora de su recuerdo.

Debemos entender que llegamos a los cargos por nuestros méritos, pero sobre todo porque la Democracia Cristiana nos respalda y proyecta. Lo contrario, además de soberbia, es no entender nuestra propia y personal historia con verdad y sinceridad.

Debemos asumir que somos miembros de una comunidad fraterna, y no cuidarla es herir nuestra alma mater. No es una concesión que hacemos al candidato que compite con nosotros; es una obligación que, de no cumplirse, se transforma en una daga fría y afilada que lacera el alma.

Debemos comprender que todo acto contra cualquier democratacristiano es contra el partido, y nos hiere a todos.

Debemos recordar que la disciplina es un deber que nace del libre albedrío. Que los tribunales de disciplina deben atender con respeto la libertad de pensamiento, pero con mano firme cuando se confunde esta libertad con el daño a la unidad interna.

Debemos hablar. Debemos recrear las instancias de debate. Aunque los mecanismos diseñados para el V Congreso constituyen un avance, se precisa activar las antiguas comisiones político-técnicas nacionales y provinciales, como una manera de estimular el debate interno. Y, desde luego, la creatividad y la diversidad temática de los sectores o áreas internas, no puede ser asfixiada por la Comisión Económica y Social nominada por las directivas nacionales.

Debemos restablecer el Tribunal de Ética, porque muchos hechos no tienen que ver con disciplina, sino con conductas que no son políticas, sino relacionadas con la fraternidad y la cohesión internas, esenciales para nosotros.

Debemos reponer dos grandes instrumentos válidos para recuperar la meritocracia interna. En primer lugar, la Hoja de Vida Comunal y Provincial. En segundo lugar, la exigencia de acciones sociales para completar nuestro rol en la comuna o provincia. Ambos indispensables para postular a cargos de representación, con lo cual evitaríamos el lamentable papel que hoy tienen los llamados operadores en la Democracia Cristiana.

Finalmente, debemos hacer de la pre-militancia una obligación pedagógica para los postulantes, como instancias exigibles para el ingreso al partido.

Mariano Ruiz-Esquide / Emilio Soria / Ignacio Balbontín / Juan Guillermo Espinoza / Jorge Donoso / Rodolfo Fortunatti

Valparaíso, enero de 2007.

 

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