Mentes En Blanco

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Cinco hombres despiertan dentro de una enorme y hermética bodega situada en medio del desierto. Aturdidos por la inhalación de una sustancia química que daña la memoria, ninguno recuerda quién es ni cómo llegó hasta ahí. Poco a poco descubren que se encuentran involucrados en un secuestro. Sin embargo, ninguno sabe a qué bando pertenece, si es rehén o secuestrador. Comprenden, eso sí, que sólo podrán liberarse de la situación actuando unidos.

«Mentes en Blanco» («Unknown», USA, 2006) más que un relato sobre la memoria perdida, es una historia sobre la degradación de la identidad colectiva. En «Mentes en blanco» el tema de fondo no es el hombre sin recuerdos, sino el grupo humano sin referentes comunes. Cada personaje sabe que se halla unido a los demás, pero ignora por qué. Ignora, en consecuencia, el valor de sus lazos afectivos. No sabe si pertenece a algún nosotros —si es que existe ese nosotros—, y tampoco sabe de cuáles otros se diferencia. Cada personaje puede incluso llegar a recordar su propia biografía, y mantener en el olvido las circunstancias que lo ligan al grupo.

«¿Qué representan Los Nueve —pregunta la entrevistadora, en alusión a una bancada paralela a la oficial del partido que conformarían varios parlamentarios DC. Y Jaime Mulet, líder del sector, contesta que «lo esencial es que coincidimos en el discurso de la corrección del modelo. Ése es el factor de cohesión principal. Los Nueve me apoyaron en la campaña interna cuando competí con Soledad Alvear». Al oírlo hablar, uno no puede sino concluir que Los Nueve se representan a sí mismos como una identidad distinta y separada del Partido. Ni los 21 diputados democratacristianos constituyen un referente común, ni la mesa nacional del PDC —convertida en eterna adversaria de una infinita campaña interna—. Tampoco lo es la colectividad, de la que es expresión legítima dicha mesa ejecutiva. Incluso hay quienes han sostenido que los asuntos de las bancadas parlamentarias no son competencia del Partido, pese a que los miembros de tales bancadas llegaron a ocupar sus cargos por la acción del Partido, de todo el Partido, de sus instituciones, de su organización, de sus recursos, de su historia, de su credibilidad pública, de sus hombres, mujeres y jóvenes. Los Nueve parecen ver al Partido como un archipiélago, y, a sí mismos, como una isla. Y no son los únicos. 

Patricio Walker, que se ha entregado con riguroso celo a demarcar los límites del debate político en la Concertación y en la Democracia Cristiana (advirtió que podría abandonar la coalición y concurrió, junto a la derecha, a la formación de la bancada por la vida), hace su mea culpa. «Naturalmente no estamos cuidando las relaciones humanas», afirma el diputado. Y, en la misma entrevista de dos páginas concedida a El Mercurio, agrega: «Adolfo Zaldívar es responsable de la crítica semana vivida por la DC». Suena incoherente, pues, si el parlamentario asevera que «no estamos cuidando las relaciones humanas», significa que los democratacristianos no están cuidando las relaciones humanas. El predicado abarca a todos los democracristianos, lo cual lo incluye. Decir, luego, que los culpables son los otros —también democratacristianos—, si no es redundante, no tiene lógica ni sentido, además de no ser fiel a los hechos. Una correcta aplicación del principio de pertenencia al Partido habría aconsejado, antes que hacer un balance de culpas, reconocer el estatus de derecho, la autoridad instituida, y los órganos de representación que se ha dado la colectividad, y no haber actuado como si los miles de militantes que observan a diario sus comportamientos fueran unos primates, sin conciencia y sin voluntad. Porque si no, ¿quién manda aquí? Empero Walker habla desde el Partido, lo que otros militantes ni siquiera hablan desde la política.

Después de su controvertida incursión pública, a propósito del trato dispensado por el Gobierno al extinto Pinochet, Jaime Ravinet ha vuelto a los titulares de la prensa, esta vez para quejarse del mal clima partidario. Dice el empresario: «Estas peleas internas me recuerdan el año ’73 en Chile, donde priman las lógicas excluyentes y los afanes hegemónicos entre los grupos que encabezan el Gute con Soledad Alvear, por un lado, y Adolfo Zaldívar, por el otro». Su opinión aparenta ser la de un militante preocupado por la convivencia interna. Casi podría decirse que su juicio pertenece a la matriz del pensamiento ecléctico. Aquel que afirma que la paz democratacristiana se logrará uniendo a todos con todos. Muy noble y altruista de su parte, aunque equivocado. Pero Ravinet sorprende por otro giro. Él concluye muy orondo: «Yo estoy bastante fuera de la política y esta lucha entre grupos de caníbales no me motiva». Elocuente contraste el de Ravinet: ¿qué es el Partido? El Partido no es un «nosotros»; el Partido son «los otros», y «los otros» son los caníbales. Y, claro, en aquel Partido no se incluye, porque él está fuera de la política. No se vaya a creer que Ravinet es el único que asegura opinar desde fuera de la política. 

Según La Nación, Carlos Huneeus mira el poder como analista, como si pudiera distinguirse al analista del político. Huneeus no ejerce cargos públicos, pero opina como lo haría cualquier militante democratacristiano bien informado. Y en esta calidad deben ser tomadas sus impresiones acerca de las causas del conflicto interno en la DC. ¿Cuál es su diagnóstico? Para el abogado y cientista político, la DC «tiene un déficit de liderazgo; no hay una figura clara y potente que sea seguida por todos, como pasó con Michelle Bachelet en el PS. El (ex) Presidente Frei Ruiz-Tagle tiene un peso tremendo y sin duda que Patricio Aylwin, pero él está alejado de la política diaria». Huneeus no sólo apuesta por la figura de Frei, sino que devalúa el liderazgo de Soledad Alvear. «Recuerde que Bachelet le ganó con holgura», subraya. Luego, ¿cuál es la salida que vislumbra Huneeus? Pues, una elitista, jerárquica y excluyente, que orilla la autoridad delegada en la actual mesa directiva. «La DC—plantea Huneeus— tiene que concordar entre todos sus barones un cuadro de convivencia civilizado que beneficie al Partido». Aquí, el Partido son los barones… Mas, ¿quiénes son los barones? Huneeus no se lo confiesa a una militancia que hasta ahora había visto ese título nobiliario sólo en el Partido Socialista. 

La corrección del modelo es nuestro factor de cohesión principal, precisa el vocero de Los Nueve. Pero, si es la corrección del modelo, y no los intereses generales del Partido la razón de ser del grupo, ¿para qué necesitan Los Nueve esta cohesión? ¿Con qué otros van a conciliar aquel proyecto de corrección del modelo? ¿Qué política de alianzas tienen en mente? ¿Hacia dónde están mirando? Lo aclara Adolfo Zaldívar: «Para un proyecto país así, hay gente de la derecha moderna y de la derecha republicana. Hay sectores de la Concertación que, al igual que nosotros, sienten el hastío de tener que compartir y convivir con una elite concertacionista reaccionaria que no quiere cambiar nada y sólo mantenerse en el poder a cualquier costo».

La propuesta del senador entraña romper la Concertación, y crear un nuevo referente. Pero ¿y eso cómo se hace? Nadie lo explica.  

Mañana, cuando hayan desaparecido los efectos soporíferos del químico, quizá algunos reconozcan sus verdaderos roles. Y otros, tal vez, recuperen plenamente la memoria, y deseen mantenerse unidos más allá de las circunstancias.

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