Nuclear, ¿Cuándo?

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El tema energético es demasiado importante como para dejarlo en manos de los ecologistas. Sobre todo si el resultado de semejante delegación es la liquidación del diálogo político. En ello no parece haber diferencia entre la actitud asumida por los ecologistas, y la que muestran los integristas religiosos a la hora de discutir las denominadas opciones valóricas. En lugar de cotejar argumentos, desvían el foco de atención hacia cuestiones adjetivas con el único propósito de desautorizar al adversario e inhibir el debate.

Es la conclusión que salta a la vista después de observar sus reacciones. El gobierno no terminaba de anunciar la licitación internacional para estudiar la construcción de una planta de energía nuclear, cuando estallaban las denuncias sobre el eventual lobby que estarían desplegando personeros de la Concertación a favor de la industria francesa. «El gobierno de Michelle Bachelet está siendo presionado», acusan Greenpeace, Chile Sustentable y el Instituto de Ecología Política. Habría que hojear la Historia ambiental de Chile para ver lo que es un verdadero lobby; uno realmente poderoso, como el del señor Douglas Tompkins. No obstante, sus ejecutivos anuncian que crearán un frente antinuclear con parlamentarios de Renovación Nacional que, además, contará con la destacada presencia del ex candidato presidencial, Sebastián Piñera.

Un frente antinuclear… ¿«Nuclear. No, gracias»? El puro enunciado recuerda los miedos colectivos de Chernobyl. Sólo que desde la tragedia de la planta Lenin han transcurrido más de veinte años. Hoy la humanidad sabe mucho más de las modernas sociedades del riesgo, de la producción de energía eléctrica por fisión nuclear, y de las salidas que ésta ofrece ante la amenaza potencial del calentamiento global. Sin embargo, los ecologistas actúan como sobrecogidos por el asombro, cuando aquí no hay nada excepcionalmente novedoso. Nada.

No es la primera vez que el Estado licita estudios. En 1970 Nus Corp, a solicitud de la Empresa Nacional de Electricidad, Endesa, realizó un estudio de factibilidad para levantar una planta en Antofagasta. En 1974 y 1979, Endesa emprendió otros estudios. Durante la década de los ochenta, nuevos estudios recomendaron la construcción de cuatro plantas nucleares. Por último, el año 1998 tambien el gobierno del Presidente Frei encargó investigaciones sobre la materia.

Un reactor nuclear es un dispositivo donde se fisionan combustibles nucleares (tales como el uranio y el plutonio) para producir energía. Quien escuchara a los ecologistas, no podría creer que en Santiago de Chile operan desde hace décadas (1974 y 1989) dos reactores nucleares. El RECH-1, con una potencia de 5 megawatts, emplazado en la residencial comuna de La Reina. Y el RECH-2 con potencia nominal de 10 megawatts, ubicado en Pudahuel. Nadie podría imaginar que se han embarcado desechos radioactivos con destino a Estados Unidos, o que uno de los desafíos futuros más apremiantes estriba en qué hacer con los combustibles gastados.

Quien escuchara a los ecologistas, se sorprendería al enterarse que desde hace casi cuatro décadas existe la Comisión Chilena de Energía Nuclear. Que ésta tiene un directorio encabezado por un representante del Presidente de la República. Que en dicho directorio están incorporadas las tres ramas de las Fuerzas Armadas, y que el delegado del Consejo de Rectores, es el único vocero de la sociedad civil. Quien escuchara a los ecologistas, se sorprendería al saber de la existencia de una normativa como la Ley Nº 18.302 del 2 de mayo de 1984, enmendada en el gobierno del Presidente Lagos, sobre Seguridad Nuclear.

Llevamos cerca de cuarenta años realizando estudios. Se afirma que razones económicas han aconsejado no construir las plantas: las energías alternativas resultaban más competitivas. Pero ¿siguen siendo más convenientes en la actualidad? Parece ser la hora de pasar a la lucha de ideas. Hora de introducir racionalidad y objetividad en el debate abierto, e ir al fondo de un asunto que compromete el desarrollo social y económico del país, pero también su autonomía e independencia. La Democracia Cristiana debería tomar con resolución el destino energético de Chile y, sin excusa alguna —«Los que quieren abandonar la energía nuclear tendrán que explicar cómo la sustituiremos», sostiene la canciller alemana Angela Merkel—, jugársela por la energía nuclear.

¿Por qué tomar la opción nuclear? Pues, por una razón política muy explícita. Los ecologistas ofrecen la vía del cambio revolucionario, lo que en una democracia representativa como la chilena, se traduce en la decepcionante espera de la matriz energética ideal, del país ideal, de las voluntades políticas y sociales ideales, y de las oportunidades históricas ideales. Un gradualismo insoportable, y tan inconducente como el propugnado por los remodeladores. En contraste, la vía reformadora al menos asegura eficacia para conquistar mayores cuotas de justicia y libertad bajo las condiciones que impone el ya secular modelo de transacción política de crecimiento por equidad. O, para ser todavía más precisos: si para conseguir una sociedad más justa e integrada se requieren altas y sostenidas tasas de crecimiento —lo cual entraña mayor electrificación y mayor intensidad de energía eléctrica por unidad de producto bruto—, entonces el camino a seguir es el de la energía nuclear.

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