Esa Bipolar Vulnerabilidad

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En el documento Comunidad de Hombres y Mujeres Libres (archivo pdf), militantes democratacristianos han planteado la necesidad de arribar a un consenso mínimo. Este consistiría en un acuerdo básico para asegurar la gobernabilidad, la tolerancia, el pluralismo, y el empleo de medios instrumentales eficaces orientados a resolver las tensiones y controversias que se arrastran desde hace años en la colectividad. La necesidad de un pacto de mínimos ―que, por su amplia adhesión y legitimidad, se creyó consumado en la actual mesa― surge como requisito fundamental para la supervivencia de la Democracia Cristiana, el fortalecimiento de la Concertación, y la proyección de las opciones de centro―izquierda en el país.

Si el primer año de gobierno de Bachelet ha resultado difícil, ello se debe, en parte, a la perplejidad mostrada por los partidos que integran la coalición. Las vacilaciones, renuncias e indisciplinas observadas ―que la opinión pública ha percibido y sancionado―, han podido ensombrecer la imagen unitaria del conglomerado oficialista y, de paso, desacelerar el ritmo de las transformaciones comprometidas en su programa.

En lo que atañe a la Democracia Cristiana, la principal fuerza política de la Concertación, parece lógico que a ella apunten las expectativas de corrección, así como las demandas de mayor responsabilidad por la conducción general del proceso. Sobre todo, cuando ha sido ella la que ha estado en el ojo del huracán. No otra es la conclusión que salta a la vista al examinar los problemas más importantes del primer año, aquellos que le acarrearon los mayores costos de popularidad al gobierno: la protesta estudiantil, Chiledeportes, Transantiago y, si se quiere añadir otros, los asuntos de orden y seguridad. Es sabido que todas estas fuentes de insatisfacción ciudadana fueron abordadas por carteras al mando de democratacristianos. Y es sabido que, con la sola excepción de Transportes, sus autoridades absorbieron el golpe, como los fusibles ante un cortocircuito. El cambio ministerial de mayor jerarquía, y el más abrupto que se recuerde desde la remoción del socialista Germán Correa, fue, sin duda, el de Andrés Zaldívar en Interior. Cuando se miran estos episodios críticos desde los intereses de la gobernabilidad democrática, sólo cabe concluir que todos ellos sorprendieron a un partido débil, dividido, y sin horizontes de realización. En suma, con escasas facultades para asumir los desafíos del nuevo gobierno.

El Talón de Aquiles de la Democracia Cristiana es su tendencia al fraccionalismo. No hablamos de la propensión a formar corrientes fundadas en opciones éticas o políticas, como las que podrían esperarse de una colectividad declarada en estado de congreso (lo cual ya instalaría un principio de entendimiento). O de aquellas razones que los rupturistas dieron cuando se produjo la sangría del Mapu (que, al menos, ofrecían la certeza del cisma). Al contrario, las fricciones de la falange obedecen a cuestiones de poder. Son puramente procedimentales pero, además, carentes de solución pragmática, como lo demuestra paradigmáticamente la polémica abierta por la sucesión democratacristiana en la testera de la Cámara de Diputados, donde la piedra de tope del conflicto, que había sido zanjado hace ya un año, ha sido un veto. Un veto que, en una mal llevada negociación, apremió innecesariamente al PDC, puso en entredicho la estabilidad de las reglas del juego, y acaparó durante meses la atención de los medios de comunicación. Los titulares de la prensa se hicieron eco de un litigio a todas luces insulso, y las crónicas políticas aludieron a la pugna entre «guatones» y «colorines», como si la Democracia Cristiana pudiera reducirse a semejante bipolaridad.

En los años noventa Anthony Giddens propuso una tercera vía que vendría a superar la actual confrontación entre derechas e izquierdas. Hoy, tras la experiencia laborista de Tony Blair, el sociólogo inglés prevé que en el curso del siglo XXI todavía prevalecerá la oposición entre las derechas y las izquierdas. Si éste es el porvenir del mundo –como lo sugieren las altas concentraciones de poder y las inmorales desigualdades sociales– el programa de emancipación de la Democracia Cristiana no puede sino adscribirse a una opción de centro-izquierda como la representada por la Concertación. Si tal es su camino, ese programa no puede sino proponerse ir más allá de las dos variantes que se disputan su hegemonía interna. Por último, si las circunstancias lo ameritan, deberían promoverse los acuerdos prácticos entre ambas para garantizar la supervivencia de los demás, esto es, la supervivencia del conjunto de la colectividad.

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