Entre la Huida y el Ataque

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Ninguno de los problemas de la Democracia Cristiana se resolverá bajo el estado actual del debate interno. Pero el peligro de no resolverlos ―eludiéndolos, postergándolos o encubriéndolos―, es aun mayor al riesgo que entraña encararlos como lo que son, como crisis, como interrupciones de los contextos habituales de vida y de pensamiento.

Procesar políticamente las crisis comporta no sólo la capacidad de percibirlas, de capturarlas, de mirarlas desde una perspectiva común, sino también, de elaborarlas, de manejarlas, de imaginar salidas colectivas. Ambas, las capacidades de percibir y de elaborar las crisis, deberían ser asumidas como criterios fundamentales del cambio anhelado, máxime cuando las expectativas creadas en la gente han sido las de un «gran cambio». El caso es que han estado ausentes del debate interno, y su ausencia ha anulado la deliberación política, cubriendo con un manto de normalidad, estabilidad y complacencia, lo que a todas luces es una descomposición de los intereses colectivos. Aquí radica la fatalidad del hecho, pues, si es falto de realismo y de responsabilidad políticas ignorar las condiciones históricas que han llevado al partido a su actual trance, es de una indiferencia deshumanizadora, sobre todo para quienes vieron en la Democracia Cristiana una luz de esperanza, abandonarlo sin más al nuevo contexto que se abre ante sus ojos.

Este ha sido el modo en que se han soslayado las tres cuestiones cruciales para la supervivencia de la colectividad. En primer lugar, el debate sobre el modelo económico y, por lo tanto, la pregunta acerca de lo auténticamente humano, y de lo que daña esta humanidad esencial que la Democracia Cristiana propugna. La controversia respecto a la corrección del neoliberalismo heredado, la profundización de las intervenciones operadas en aquella herencia, o, simplemente, el cambio de la estrategia de desarrollo.

En segundo lugar, el debate sobre el régimen político, la pregunta acerca de cómo queremos vivir, y de cómo queremos gobernarnos. Esto es, la discusión sobre la reforma constitucional, la soberanía popular, y la participación de todos en la producción de las leyes.

En tercer lugar, el debate sobre la cohesión interna, la pregunta acerca de qué es lo que une a los democratacristianos, cómo construyen sus consensos, y cómo zanjan sus diferencias. ¿Cómo se legitima la autoridad en un partido pluriclasista que reproduce en su seno las discriminaciones sociales, las exclusiones, y las luchas de clase de la sociedad chilena? ¿Cómo se practica el principio democratacristiano límite de la igualdad de todos? ¿Cómo se resuelven las concentraciones de poder y de riqueza que distorsionan la voluntad colectiva? ¿Y cómo se moderan los privilegios a fin de hacer más decente y digna la participación de los más pobres en la vida del partido?

Nada de esto se discute hoy, aunque abundan sucedáneos para el diálogo, la participación y la formulación de propuestas. A veces, como en las últimas resoluciones del Consejo Nacional, al estilo del cangrejo que avanza muy rápido hacia atrás. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué actitud asumir? ¿Atacar o huir?

Curiosamente, ambas reacciones de pánico se pueden observar con notable nitidez en la Democracia Cristiana, aunque la larga experiencia de la Iglesia es ejemplar al respecto. «Lutero y Erasmo ―escribe Hans Küng representan dos formas intraeclesiales de afrontar el conflicto en la hora de la verdad: ¡La agresividad o la neutralidad, el ataque o la huida!». Küng sugiere una tercera alternativa: resistir. ¡Perseverar! Ejercer una leal oposición temporal para conseguir sin rupturas el cambio y la renovación internos.

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