Lucro y Libertad Humana

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Partió la reforma a la LOCE. Y la primera en reaccionar fue la derecha, que lo hizo a través de su exótico gabinete en las sombras. Su virtual ministra de Educación, Patricia Matte, ha desmenuzado el mensaje presidencial y fijado los términos del debate político, que cada día se torna más ideológico y de trinchera. Lo suyo es la defensa del lucro, que es el eje central del programa neoliberal. El eje que ordena y uniforma los matices del discurso contrarreformador. Al que se subordinan los valores de la calidad, o sea, de la movilidad social, de la igualdad de oportunidades, de la justicia y, en último término, de lo crucialmente en juego: la libertad de las personas. «El tema de la selección y el lucro no tiene nada que ver con entregar una calidad de la educación buena» — ha dicho. Al afirmarlo —tras décadas de lucro y de mala educación— ha logrado destilar los intereses esenciales de los neoliberales y, simultáneamente, realzar el talante progresista de la Concertación.

Sin quererlo, la derecha cohesiona así al conglomerado de gobierno. Lo vuelca hacia sus bases sociales de apoyo y, de paso, le brinda una oportunidad inigualable para reafirmar la autoridad y el liderazgo presidencial. «La reforma a la LOCE fue una prueba de coraje de la Presidenta», sostiene la diputada Carolina Tohá. Y lo es. «La presidenta de Chile, Michelle Bachelet —publica un matutino neoyorquino—, firmó ayer un proyecto para una nueva Ley General de Educación, en reemplazo de la actual Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), impuesta a comienzos de los años ‘90 por el dictador Augusto Pinochet». Han transcurrido diecisiete años. El paso es gigantesco.

El lucro no es compatible con una educación de calidad para todos. Mas, ¿qué es una educación de calidad? Debería ser aquella que cumpliera con su finalidad. ¿Y cuál es la finalidad de la educación? «El fin primario de la educación —ha escrito Maritaines la conquista de la libertad interior y espiritual a que aspira la persona individual, o, en otros términos, la liberación de ésta mediante el conocimiento y la sabiduría, la buena voluntad y el amor». Esto significa llegar a ser lo que somos; realizar nuestra vocación. Conseguir tal autonomía que por ella sea posible darse a sí mismo en aras de una causa o de un ser digno.

Una educación que se imparte en función del lucro, de la ganancia, del intercambio mercantil, no asume como valor superior la libertad del destinatario, sino la libertad económica del propietario y del sostenedor. Una educación que, procurando corregir el espíritu de lucro de los privados, desvía recursos públicos que pertenecen a toda la comunidad para fines de lucro, garantiza, nuevamente, sólo la libertad de los privados; no de aquellos que la comunidad quiere beneficiar mediante asignaciones presupuestarias hechas democráticamente. Lucro y libertad sólo pueden ser compatibles por la regulación democrática, que es precisamente la que pretende la reforma.

Pero yendo aún más lejos, ¿es moralmente aceptable una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica? En La fuerza del diálogo parlamentario para fortalecer los derechos humanos, Ricardo Hormazábal, ex presidente de la Democracia Cristiana, considera que tal teoría sería éticamente condenable. ¿Por qué? «El núcleo espiritual del capitalismo —argumenta— es una ética individualista conforme a la cual cada uno se encuentra ante su pía verdad, diversa de la verdad de los demás. Aquí no son los valores universales del Bien Común, sino la libertad del mercado, desarraigada de toda objetividad, la que decide lo que es bueno y lo que es malo. En el capitalismo no existe ninguna verdad trascendente, no existe ningún principio permanente. Su núcleo espiritual es un santuario vacío donde no hay palabra, imagen o símbolo que encarne lo que todos buscamos».

Entonces, ¿cómo se entiende que gente formada en la tradición católica justifique el lucro? ¿Cómo se entiende que hombres y mujeres inspirados en el humanismo cristiano, emulen el liberalismo? ¿Cómo se entiende que adhiriendo a una coalición de sello progresista, personas que creen en la justicia, defiendan el lucro en la educación? Estas y otras preguntas deberían hacernos meditar… «Los católicos liberales pueden hacer más daño que los comunistas», ironizaba Pío X.

¿Qué pasó después del Vaticano II? Hay que conversarlo, porque ahí, en esa reflexión, se encuentran las claves de la crisis valórica.

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