Verdad y Realismo Cínico

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«Pero en política —escribe Ascanio Cavallolo antitético no siempre es incoherente».

¿A qué se refiere con esto Cavallo? Lo que el periodista afirma es que en la actividad política, a diferencia de la lógica, puede haber coherencia entre dos posiciones contrarias. Da ejemplos de su canon moral: Andrés Allamand y Pablo Longueira pueden actuar como malos, para que su socio de pacto, Sebastían Piñera, se luzca como bueno; Allamand y Longueira pueden vestirse de oscuro y sombrío pesimismo, para que Piñera brille como el optimista señor de las luces; Allamand y Longueira pueden actuar como guerreros, para que Piñera se transfigure en Gandhi, el pacifista. Y así, si cada cual interpreta su contradictorio rol, todos acabarán instalándose en La Moneda. «No es una mala repartición de funciones», concluye el analista, admitiendo no sólo que el tema envuelve opciones éticas, sino añadiendo que actuar de este modo paradójico no es malo, sino, incluso, coherente.

Pero ¿qué es la coherencia? Antes que nada, la coherencia es una actitud lógica. Se espera que los juicios racionales se organicen al menos conforme a las tres leyes del pensamiento: el principio de identidad (si algo es A, es A); el principio de contradicción (nada puede ser al mismo tiempo A y no A); y el principio del tercero excluido (todo debe ser A o no A). Dicho de otro modo: si Allamand, Longueira y Piñera militan en la UDI y RN, luego, los tres no pueden ser sino de derechas; si la UDI y RN son de oposición, ergo, Allamand, Longueira y Piñera no pueden ser de gobierno; si Allamand, Longueira y Piñera son de derechas, y si el candidato de la oposición es Piñera, entonces, Piñera no puede ser sino el candidato de Allamand y Longueira. Por cierto que aquí hablamos sólo de la coherencia lógica necesaria para validar o falsear una hipótesis. Otra cosa es la que ocurre con las preferencias reales de Allamand y Longueira, momento en el cual entramos al plano de la coherencia política.

La coherencia política es una actitud consecuente. Quien actúa debe mostrar en su actuación correspondencia lógica con los principios que profesa. Quien actúa, sobre todo en la vida democrática, debe dar razones de sus actos. Debe demostrar que sabe organizar sus pensamientos y, además, debe demostrar que sabe justificar sus actos ante los demás. De ahí arranca su legitimidad. De ahí su autoridad y respeto. Por eso, en Teología Para La Postmodernidad, Hans Küng, afirma con elocuente lucidez que «las dimensiones de lo verdadero (“verum”) y lo bueno (“bonum”), del sentido y los valores, se implican mutuamente, y la cuestión (más teórica) de la verdad y sentido es también una cuestión (más práctica) de bondad y valores». Y para borrar la menor sombra de duda, Küng remacha: ¡Un verdadero cristiano es el buen cristiano!» 

Si en lógica formal es un disparate enmascarar el principio de contradicción, en política eso es aún más grave, pues entraña demagogia y manipulación de las conciencias. Todo lo que en su tiempo Hannah Arendt desnudó y reflexionó de las actividades del Pentágono. Actuar con doble estándar significa ocultar la mentira y el engaño bajo el velo del realismo cínico. Este realismo que justifica cualquier comportamiento político, siempre que la mano izquierda ignore lo que hace la mano derecha. El caso es que no tenemos derecho a olvidar que así han empezado todas las formas de degradación del orden político. Y así han acabado envilecidas las relaciones más nobles y altruistas entre las personas.

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