Restableciendo Confianza Social

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¿Qué es la confianza? Más precisamente, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de la confianza social? Nos sorprendería constatar cuan cerca de otros conceptos está la confianza. Incluso, cuan sustancial es a otros términos que empleamos a diario. Palabras que expresan nuestro ideario, los valores que defendemos, los principios por los que luchamos. Y también los sueños que compartimos.

La confianza es la expectativa de que el otro seguirá siendo como ha sido hasta ahora. Es la seguridad que nos damos acerca del comportamiento de los demás: dadas tales condiciones, puedo esperar que el otro actúe de cierta manera. En reciprocidad, me obligo a fijar en los otros la expectativa cierta e inconfundible de que seguiré siendo como he sido hasta ahora. Ello entraña hacer juicios de valor acerca de cuan confiables son los demás, y de que tan confiables nos hacemos nosotros mismos para los demás. Vista así la confianza social, ella se erige como el sustrato espiritual de la vida colectiva. En el cemento de las instituciones y de su funcionamiento. Ciertamente, en lo medular de un intangible tan común como es la acción política.  

En su revés, la confianza se deteriora y envilece cuando se traicionan dichas expectativas. Dejamos de creer en las personas, cuando perdemos la confianza en ellas. Recelamos de las instituciones, cuando dejan de ser confiables. Los partidos políticos nos abandonan, cuando ya no somos confiables para el logro de sus objetivos. Se concede y se retira la confianza. Se pierde y se recupera, según plazos y circunstancias. Sin ella no es concebible la vida en sociedad. Y no es posible la cohesión, sin la confianza social. Luego, tampoco es posible la civilidad, la comunidad, ni la solidaridad. Ni la legitimidad democrática. Pues la gobernabilidad y la estabilidad políticas descansan en la confianza social. ¿Qué sino confianza social es la popularidad que miden las encuestas? 

Es fácil imaginar el problema que origina la pérdida de confianza política. Los ciudadanos se distancian. Se vuelven sobre sus individualidades. Se inhiben de participar en los asuntos colectivos. Es cuando comienzan a oscurecerse los contrastes entre los demócratas y los demagogos, los responsables y los populistas, los libertarios y los tiranos. Entonces es cuando la opinión pública envía a los políticos, a los parlamentarios y a los jueces, a los últimos lugares de la confiabilidad social. Un estudio de la Cepal sobre cohesión social, especialmente su capítulo 4, dedicado a los factores subjetivos que inciden en ésta, revela el deterioro de las confianzas corporativas e institucionales en América Latina y, en el caso de Chile, la escasa participación de la población en organizaciones políticas. En las zonas rurales es prácticamente inexistente. 

Es fácil imaginar el daño al capital social, político, democrático y republicano, que provoca la actual pugna entre el Senado y la Cámara de Diputados; entre los parlamentarios y los jefes de partidos; entre los congresistas y dirigentes políticos, por una parte, y los ministros, por la otra. El daño a las coaliciones que producen los conflictos no resueltos entre colectividades aliadas. La vacuidad política que anuncian los movimientos y candidaturas presidenciales desgajadas de sus matrices. Son manifestación del mismo fenómeno: el extravío de las expectativas en una época de cambios.

Un gesto de sensatez recomienda el restablecimiento de las confianzas.

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