La Política Como Estrategia Pura

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Hay quienes, asumiendo una relación entre la moral y la política, disciernen la presencia de dos éticas contrapuestas en la actual controversia democratacristiana. Se trataría de los dos principios normativos para la acción descritos por el sociólogo alemán Max Weber. Por una parte, la ética de la responsabilidad, según la cual el sujeto actúa calculando las consecuencias que sus actos tendrían para los demás. Y por otra, la ética de la convicción, donde el sujeto actúa siguiendo sus creencias sin prestar atención a las consecuencias de sus actos. Su máxima se expresaría de un modo semejante a: «Obra bien y deja las consecuencias en las manos de Dios».
 
Llevado a la práctica, por responsabilidad política, la Democracia Cristiana, sus órganos directivos y sus representantes en el Congreso, habrían acordado aprobar los recursos adicionales para el Transantiago. El partido habría calculado los costos sociales de no hacerlo. En su reverso, el senador Adolfo Zaldívar, movido por la firme convicción de que el Transantiago es el mayor crimen social de la historia de Chile, habría obedecido a su conciencia, rechazando el proyecto del Ejecutivo. Como corolario de lo anterior, el partido habría actuado de manera pragmática, mientras que el parlamentario lo habría hecho de un modo voluntarista o purista.
 
Se podría discutir ampliamente esta tesis, pero bastaría con señalar que por lo general no seguimos estos preceptos al pie de la letra. Más bien actuamos con una responsabilidad convenida. Procuramos seguir los dictados de nuestra conciencia, eliminando o reduciendo al mínimo los efectos nocivos que nuestros actos podrían eventualmente tener para los demás. Porque, si nos manejáramos en cada lugar y a cada instante por el puro cálculo de conveniencia, más temprano que tarde el oportunismo que esto entraña quedaría al desnudo. Y al revés, si nos moviéramos por puras convicciones, seríamos santos. Y no lo somos. El Sermón de la Montaña —acaso el mejor ejemplo de una ética absoluta— demuestra cuán imperfectas pueden ser nuestras conductas. ¿Dónde está aquel cuya conciencia ha obedecido siempre a los cuatro mandamientos del Sermón de la Montaña? ¿Dónde el que lo ha dejado todo? ¿Dónde el que ha puesto la otra mejilla? ¿Dónde el que no responde al mal con la fuerza? ¿Dónde el que siempre dice la verdad?
 
Lo que diferencia la acción de la Democracia Cristiana del comportamiento del senador Zaldívar, no es pues la responsabilidad de uno y la convicción del otro, sino un contrapunto distinto, pero de factura igualmente weberiana. 
 
Max Weber, además de la dicotomía responsabilidad/convicción, también distinguió la acción política orientada a fines y la acción política con arreglo a valores. En la acción política ajustada a fines todo comportamiento se justifica según su adecuación al fin deseado. Donde el fin es lo que el consenso social dice que es. La verdad, por ejemplo. También la vida. ¿Qué hacer sin embargo cuando los fines son contradictorios? ¿Qué hacer cuando decir la verdad comporta el sufrimiento de otro? ¿Qué hacer cuando salvar la vida supone matar a otro? ¿A quién elegir cuando sólo se puede salvar a uno de dos hijos? La acción con arreglo a fines no da respuesta, porque tampoco resuelve cómo se origina el consenso social. De este modo, también la corrupción podría ser un fin socialmente aceptado y, por lo tanto, un principio ordenador de la acción colectiva. Como lo pueden ser las peculiares nociones de «crimen social», «poderes fácticos» o «establishment», acuñadas por el senador Zaldívar.
 
En la acción con arreglo a valores todo debe guardar coherencia con el bien perseguido, lo cual entraña la jerarquización de los bienes deseados. Así pues, el valor de la vida corona la escala de valores, aunque dar la vida por otros, sugiere una dignidad aún más excelsa. El problema es que en Weber, como en Zaldívar y en el «G9», los valores permanecen relegados en la esfera privada —o sea, en el plano de la fe, donde el pluralismo soporta cualquier cosa—, mientras que la acción pública se reduce a una pura racionalidad instrumental: los otros son medios para algo. La cohesión del «G9», y su acción de pequeño grupo, se construyen a costa de la Democracia Cristiana y de sus valores comunes. La lealtad y la disciplina no existen sino subordinadas a una conciencia individual que reivindica para sí misma su revelación y excelencia. Esto transforma su acción política en un modelo esencialmente estratégico.
 
Pero una acción puramente estratégica, una acción instrumental, una acción desprovista de valores comunes, de valores actuales y arraigados en el espacio público, es una acción vaciada de humanidad. Si Ortega y Gasset viviera, diría de ella lo que a principios del xx lo hizo proferir dicterios contra el «señorito satisfecho»:
 
«…ha venido a la vida para hacer lo que le dé la gana… es el que cree poder comportarse fuera de casa como en su casa, el que cree que nada es fatal, irremediable e irrevocable… un hombre nacido en un mundo demasiado bien organizado del cual sólo percibe las ventajas y no los peligros. El contorno lo mima porque es civilización —esto es, una casa— y el hijo de familia no siente nada que le haga salir de su temple caprichoso, que incite a escuchar instancias externas superiores a él, y mucho menos que le obligue a tomar contacto con el fondo inexorable de su propio destino».
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