El Vacío De Poder

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Hasta hace unos meses Longueira era el político mejor posicionado de la UDI. Al menos para disputarle a Piñera su ventaja presidencial. Hasta hace unas pocas semanas, la alta aceptación de Piñera en la opinión pública lo convertía en el más probable candidato de la Alianza. Todavía la SVS no le aplicaba la multa que lo dejó en jaque. Hasta hace unos días —quizá cuando Mauricio Macri reveló el nuevo talante moral de la derecha argentina— la política de choque de Allamand no tenía competencia. Hasta hace unas horas, lo que parecían pequeñas variaciones de temperatura en el «baño maría» que disfrutaban RN y la UDI, se tornó en atmósfera fría y lacerante. Hasta hace unos minutos, lo que pudo ser silencio y complicidad, tomó un cariz enteramente distinto. La UDI por las claras le planteó a Piñera que no podía esperar apoyos corporativos como si ella «tuviera la obligación de defender sus intereses en negocios particulares».
 
«La Alianza pisó el palito», concluyó entonces Espina. Lo dijo como si creyera que la Concertación está en condiciones de orquestar la intervención electoral de que la acusa. Lo dijo como queriendo olvidar el patético final de la otrora «patrulla juvenil», la trenza formada por Piñera, Matthei y Allamand, cuyos fantasmas retornan hoy transfigurados a la escena nacional. Lo dijo como ignorando el secular temperamento autodestructivo de la derecha chilena. Casi indiferente a la lección de Gabriel González Videla, último liberal radical que encabezó una coalición sólida y estable. Porque desde 1952 que la derecha no sabe lo que es gobernar en coalición. Y desde entonces que no sabe cómo construir mayoría.
 
Con todo, los problemas de la derecha no son muy distintos de los de la Concertación. Sus fracasos no están ligados a la suerte de Sebastián Piñera, Adolfo Zaldívar o Fernando Flores. Podría prescindirse de ellos y de sus circunstancias personales, y todavía las dificultades seguirían ahí. Y no es que falten sueños, esperanzas, o expectativas de un mañana mejor. Todo el mundo aspira a algo, e imagina caminos para conseguirlo. El problema es cómo realizar esos sueños que sólo unidos a otros podemos alcanzar. El problema es de la política. La política que se ha hecho actividad de elite, de pequeño grupo, de fracción. Lo confirman las encuestas. Sólo 2 de cada 10 chilenos aprueban lo que hace la Concertación. Y sólo 2 de cada 10 aceptan lo que hace la Alianza. El resto mira y, si en algo le importa el asunto, desaprueba.
 
La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Mientras más democracia, más poder para el pueblo. Sólo que aquí no ha funcionado el ideal. Nunca en democracia hubo volúmenes más grandes de poder concentrados en tan pocos. Nunca en democracia hubo más personas al margen de las decisiones, y nunca tantos decidieron tan poco sobre la organización de los intereses colectivos y sobre sus vidas. Tanto, que por el camino que transitamos quizá lo único que estemos consiguiendo sea abrir un colosal vacío de poder social.
 
Los satisfechos se muestran satisfechos. Y quisieran que muchos se exhibieran igualmente satisfechos. Que aceptaran la política tal cual es. Que se resignaran a la destrucción de los lazos de solidaridad. Que admitieran la pérdida de cultura política, de dominio, de saber, de autonomía, de libertad. Y, finalmente, la pérdida de conciencia sobre los propios derechos. Pero la política es el gobierno del pueblo. Y devolverle el poder al pueblo, pasa por restablecer el valor moral y político de la concertación, esto es, del acuerdo superior y general de la sociedad civil en la cúspide del Estado.
 
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