El Lugar De La Democracia Cristiana

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Habrá tiempo para hacer el balance de este Quinto Congreso. Habrá tiempo y serenidad, para evaluar su organización, representatividad y transparencia. En todo caso, para juzgar el desempeño de su dirigencia política. Pero hoy lo que corresponde es fijar los términos del debate. Y los términos del debate apuntan precisamente a aquellas tensiones y conflictos que, al no haber hallado solución, arriesgan la supervivencia de la colectividad. ¿Qué problemas por ejemplo? Pues aquellas diferencias que afloran en la prensa, pero cuyas motivaciones políticas e ideológicas se arrastran desde hace unos 40 años.
 
Por entonces también se discutía la conveniencia de seguir prestándole apoyo al Presidente de la República, de mantenerse en la coalición de Gobierno, y de corregir sus inclinaciones díscolas. Sólo que hace 40 años las democracias cristianas latinoamericanas eran claras alternativas al capitalismo, como las democracias cristianas del mundo eran potentes disuasivos contra el equilibrio del terror impuesto por las grandes potencias. Ahora, es el presidente de la ODCA quien llama la atención sobre la supuesta izquierdización del partido, y es el presidente de la IDC quien recuerda a la falange la impronta centroderechista del organismo internacional. Todo ello, en un mundo signado por la globalización neoliberal y por una hegemonía imperial sin contrapeso.
 
¿Se han izquierdizado los democratacristianos? Si se miran los 50 años de trayectoria del partido, salta a la vista un dato muy importante: la época de oro de la colectividad coincide con la Revolución en Libertad, y con la movilización de cientos de miles de jóvenes estudiantes, campesinos, obreros, pobladores y profesionales atrapados por la gran obra política y cultural que encarnó el Presidente Eduardo Frei Montalva. No es sólo su movilización política, sino su ascenso e integración social. Se trata de un salto de conciencia que, con el correr de los años, pervivirá indeleble en la memoria. Esos jóvenes -entre los que se cuentan no pocos adolescentes- actualmente conforman las clases políticas dirigentes del país y, lo más significativo, son quienes han tomado a su cargo la conducción del partido de la flecha roja.
 
Son los mismos que dirigieron la lucha social bajo el Gobierno de Salvador Allende. Los mismos que combatieron a la dictadura de Augusto Pinochet. Los mismos que asumieron las exigencias de la transición democrática. Los que hoy reafirman el pacto social y político que nutre a la Concertación. Esos jóvenes que jamás gobernaron con la derecha porque lo suyo era la emancipación de los trabajadores y porque, a fin de cuentas, la derecha se volvió insurreccional. Esos jóvenes y sus herederos, ese talante nacional y popular, esa sociología histórica de la Democracia Cristiana, es la misma que se congrega este fin de semana.
 
Entonces: ¿se podría estar más a la izquierda de la Revolución en Libertad? ¿Se podría estar más a la izquierda de la vía no-capitalista de desarrollo? ¿Y de la reforma agraria? ¿Y de las nacionalizaciones? ¿Y de la redención proletaria? ¿Y del socialismo comunitario? Parece imposible. Y volviendo al presente, ¿no basta acaso ponerse al centro para verse a la izquierda de la derecha? Porque, ¿dónde está la centroderecha en Chile? ¿Dónde los Sarkozy y los Macri autóctonos? Es indudable que no existen. En cuanto a la política de alianzas de la Democracia Cristiana, huelgan dos preguntas. Primera: ¿debe la colectividad tomar el camino propio cuando sólo cuenta con el apoyo de la quinta parte del electorado en presencia de un régimen de mayorías? Segunda: si el partido resolviera concurrir a una alianza con la derecha, ¿cuál sería el programa político que impediría que sus sectores populares emigraran hacia otras opciones políticas?
 
Así y todo, el verdadero referente del posicionamiento político de la Democracia Cristiana lo proporciona la Iglesia Católica. Hace 40 años la Iglesia no sólo era pionera de la reforma social, sino artífice de cambios tan radicales como los que habría de traer el Concilio Vaticano II. Fue este sustrato humanista el que dio fundamento moral y espiritual a la transformación agraria impulsada por el partido. El caso es que, al igual que en aquella época, la Iglesia contemporánea alza su voz a favor de la justicia social. Es lo que se confirma en la localidad de Aparecida. Así también cuando los obispos se pronuncian por un sueldo ético y por un pacto social. La Democracia Cristiana comprenderá que no puede quedar a la zaga de los avances conseguidos por la conciencia moral, de la cual el mensaje de la Iglesia da fiel testimonio. Su desafío, por lo tanto, consistirá en situarse a la vanguardia de las luchas de reconocimiento y de los estados de paz, algo que entraña definiciones.
 
Los enemigos de la Democracia Cristiana no están en sus grupos y fracciones internas, sino en las condiciones que favorecen el grupalismo, el fraccionalismo y, en último término, la fragmentación del interés colectivo. Su mayor amenaza es la irresolución, la falta de voluntad para encarar las crisis, para hacer valer el voto de las mayorías, y para imponer autoridad y gobernabilidad. Por eso debe definirse. Esto, si no quiere caer en el extremo de Ramón Barros Luco, político tradicional para quien no había más que dos clases de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen solución.
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