Después No Llores

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Cansada ya de una conversación que había perdido todo sentido, tomó aire y afirmó concluyente: «si votas por la derecha, después no llores». La advertencia iba dirigida a quien segundos antes había asegurado que votaría por la oposición. La mujer no podía entender la idea de votar por la derecha para resarcirse de las desdichas del Transantiago. Y sobre todo, no le cabía en la cabeza que quien un día protestó contra Pinochet estuviera dispuesto a alfombrarle el camino a la derecha. Una cosa no tiene por qué llevar a la otra, pensaba. «Después no te quejes»… le recordó.
 
Razonamientos tan simples y cotidianos como éstos son los que configuran la opinión general. Nociones de este tipo son capturadas por las encuestas y convertidas en regularidades estadísticas, y, luego, en tendencias de opinión. Una de estas tendencias —por lo demás muy persistente— nos indica que la desaprobación al gobierno no significa estar satisfecho con la oposición. También nos enseña que el descontento con el Transantiago no se traduce automáticamente en votación de derecha. Una cosa no necesariamente lleva a la otra. Para que la opinión negativa se convierta en voto de castigo es preciso que intervengan reforzamientos que, sin embargo, la derecha no ha sabido construir. Credibilidad, por ejemplo, un atributo que se echa mucho de menos en el sector. Pues si esta derecha se ha mostrado eficiente para acusar, ironizar, demoler y dividir, en su reverso ha resultado bastante floja para mostrar genuina preocupación por la suerte de los miles de santiaguinos que a diario emplean el transporte público.
 
Errática, sería la expresión más adecuada. Si sabe hacia dónde ir, ignora cómo ir. Si conoce el camino, no sabe dónde termina. ¿Hará lo mismo que Sarkozy en Francia? ¡Qué fascinación sentía hace unos meses por Sarkozy! Por Sarkozy y, claro, por la revolución de la nueva derecha popular —con su popularidad hoy en picada—. ¿Lo recordará Gallagher? ¿Lo recordará el apologista profesor ahora que Sarkozy anuncia su Esperanza para los suburbios, algo que para los marginados suena a desesperación?
 
Esta es la enésima vez que el gobierno promete ayuda para los barrios pobres, afirma el centrista Francois Bayrou. Y Christine Boutin, ministra de Desarrollo Urbano y Vivienda, simplemente dice no creer en el plan. Las arcas están vacías, se excusa Nicolás Sarkozy.
 
Así y todo, nuestra derecha pinta sólo como un pálido reflejo de aquélla. El domingo nomás festinaba con torta las fallas del Transantiago. Esto es como aplaudir los errores de servicio en una partida de tenis. Por cierto, así no contribuye a la solución de nada; al revés, sólo levanta obstáculos. ¿Qué otra cosa es el recurso de inconstitucionalidad presentado contra el préstamo por 91.000 millones de pesos hecho por Banco Estado? ¿Qué busca con ello la derecha? Qué, sino someter al Ejecutivo, limitar las facultades presidenciales, y cogobernar. Obligar al gobierno a pasar por el cedazo de la nueva y circunstancial mayoría que ha conseguido en Valparaíso. Pero ¿qué podría importarle esto al ciudadano común? En contraste, ¿qué hace Sarkozy en Francia? Promueve un plan quinquenal de transporte público por un valor de 500 millones de euros, esto es, ¡354.000 millones de pesos!, y sólo para romper el aislamiento de los suburbios.
 
Visto así, es explicable el temor de la gente a que la derecha retome el poder en Chile.
 
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