300 Mil

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—Se avecina un nuevo ordenamiento —anunció Adolfo Zaldívar al asumir la presidencia del Senado. Y, en el mismo tono, describió las razones de su ruptura con la Democracia Cristiana, la Concertación y el gobierno.
—Los partidos se cerraron, se rigidizaron, se negaron a la participación de los independientes, y acallaron los hechos de corrupción —argumentó—. Luego, tras un periplo por la globalización, los progresos, estancamientos y retrocesos de nuestro desarrollo, el senador dijo estar disponible para liderar un gran movimiento nacional y popular llamado a encarnar el nuevo ideal.
 
En todo momento Zaldívar apeló a la conciencia de los jóvenes. Quiso conectar con ellos mediante continuas referencias al desencanto, el desinterés y la exclusión. Quiso convocarlos a creer en los valores, principios y virtudes de la buena política. Quiso mostrar el rostro de Maritain, el inspirador de los falangistas. Acaso sólo evocar el talante del maestro Castillo, que perdura amable y diáfano en el recuerdo de los democratacristianos. Pero no pudo mostrar más que su permanente paradoja; su intrínseca contradicción.
 
Zaldívar llega a la testera del Senado, rompiendo el acuerdo que él y Flores suscribieron de votar por Ricardo Núñez. Lo que todo el mundo pudo ver en las pantallas de televisión, fue que Zaldívar recibía, uno a uno, el respaldo de los senadores de derecha. Así también todo el mundo pudo ver cómo, uno a uno, los dieciocho senadores que se mantuvieron leales a la Concertación, fueron cumpliendo su compromiso de votar por Núñez. Así fue como la derecha despojó de su mayoría a la mayoría. Y lo hizo sin ocultar su satisfacción, aunque con el pudor de Novoa, que pidió infructuosamente votación secreta.
 
¿Qué virtud digna de alabar puede ofrecer este comportamiento tránsfuga? ¿Qué ejemplo puede dar aquel parlamentario que no abandona el cargo cuando se aparta del partido que lo presentó como candidato? ¿Qué coherencia puede haber en este estilo de hacer política? Lo que los jóvenes no pueden olvidar —cualquiera sea el camino que tomen—, es que el triunfo de la derecha en el Senado, se construyó con votos de la Concertación: los 57.784 sufragios que llevaron a Flores a la Cámara Alta, con la ayuda de Enrique Krauss; y los 20.770 que permitieron, con el apoyo de Anselmo Sule, la elección de Adolfo Zaldívar. La derecha obtuvo utilidades trabajando el capital de otros.
 
Las futuras generaciones —sobre todo los nuevos semilleros políticos— no deben ignorar que 214.004 sufragios que permitieron elegir a los diputados Mulet, Sepúlveda, Olivares, Araya y Valenzuela, pertenecen a la Concertación. Forman parte de la inmensa masa de electores que el año 2005 quisieron que Michelle Bachelet llegara a La Moneda. Los líderes del mañana deben saber que la derecha hoy es mayoría parlamentaria por la transferencia de 300 mil votos indelegables de la Concertación, usados ilegítimanente en contra de sus emisores. Eso fue lo que la derecha celebró en el Senado.
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