Lavín Y La Otra Derecha

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Si alguien en la derecha entiende realmente lo que está pasando en Chile, ese es Joaquín Lavín. Si alguien ha podido desafiar la miopía con que la derecha mira el país, ese no es otro que Lavín. Los halcones se irritan, pues lo que está haciendo el ex candidato de la UDI es precipitar la crisis, zanjar la tensión entre la vetusta, fatigada y aguatonada derecha —de la que son fiel expresión los virulentos detractores del gremialista—, y esta otra que confía en romper el empate, el equilibrio de baja adhesión que exhiben las coaliciones. Remover, de paso, aquella insoportable perplejidad, signo de desafección y parálisis, de los «ninguno, no sabe, no contesta» que confirman las encuestas.
 
Lavín ha tomado grandes riesgos. Y estos riesgos no tienen nada que ver con las razones que esgrimen sus críticos, hoy más intensos que sensatos. Por cierto, Lavín no está buscando militar en la Concertación, pero bien podría capturar adherentes de la Concertación, como lo hizo el 2000. Lavín tampoco falta el respeto a las facultades parlamentarias, pero lo suyo juega como advertencia para aquellos que mañana buscarán amparo en su liderazgo. Y, así como no precisa ser parlamentario para opinar, menos aún necesita leer 114 páginas de datos para percibir la maniobra política que se oculta en la acusación constitucional. Con ello no hace sino oponerle el talante honesto, trasparente y conciliador del catolicismo tradicional, a un estilo político que ha envilecido las relaciones humanas. Ahora, que le encaren formalismos tales como su mutismo en el Consejo Directivo Ampliado del partido, su supuesta desinformación acerca de la acción emprendida por la Alianza, o el nulo valor que podrían tener sus expresiones; es algo que resulta demasiado adjetivo ante el enorme giro que el ex alcalde está imprimiendo en el escenario político nacional.
 
Palabras desdeñosas, como que Lavín se cree monedita de oro o que actúa con doble estándar, sólo muestran cuán cáusticos se han tornado los desalojadores, y cuán corrosivos podrían llegar a ser con sus adversarios. También desnudan los temores, incertidumbres e inseguridades que se ciernen sobre quienes apostaron todas sus cartas a la falsa opción de atacar sin transar. En cualquier caso, carecen de eficacia práctica en la lucha por el centro político del país, que Lavín está seguro haber avizorado. Lavín sabe que este centro se ha vuelto cada vez más sociológico y cultural y, por lo mismo, menos pendiente de la precaria, estrecha y elitista rutina de los salones. Sabe que el mapa electoral podría mudar crucialmente tras la reforma política.
 
Joaquín Lavín no ignora los hechos de corrupción habidos en el país. Por eso, es capaz de reconocer que también en municipios controlados por la UDI se cometen actos reñidos con la probidad. Tampoco es indulgente con el gobierno. Sólo instala dos afirmaciones, por lo demás verdaderas. Primero, que la ministra Yasna Provoste no representa la corrupción en Chile, con lo cual le presta amparo frente a los embates que buscan convertirla en chivo expiatorio de todas las culpas. Y segundo, que la acusación constitucional es injusta, con lo cual le quita todo fundamento y legitimidad al libelo. Al plantear ambas afirmaciones, Lavín testimonia su disposición al diálogo y el acuerdo, y le aplica freno a fondo a una estrategia obstruccionista que se aproxima peligrosamente a la elección municipal.
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