El Neotribalismo

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    ¿Usted cree que un Presidente de Chile debe poner su nombre al servicio de una tribu en particular para participar de una primaria?
 

 Ricardo Lagos Escobar

 
Fue a principios de los años noventa cuando el francés Michel Maffesoli escribió El tiempo de las tribus: el declive del individualismo en las sociedades postmodernas. Entonces Maffesoli intuía que las sociedades avanzadas se hallaban en pleno tránsito, desde la adhesión a valores colectivos universales —como la democracia representativa, la ciudadanía, la organización popular— hacia un tipo de cohesión de sello mercantilista fundada en intereses, motivaciones y afectos de pequeño grupo. Lo acertado de esta intuición se revelaría en el comportamiento de las actuales tribus urbanas juveniles, pero habría de comprobarse en toda su magnitud y alcance, al permear el proceso tribal toda la estructura social.
 
Cuando Maffesoli describía la transición de larga longitud de onda de las naciones avanzadas, Chile vivía su propia transición. La sociedad chilena se precipitaba a pasos agigantados hacia el mercado, la globalización, la secularización, y las libertades individuales. No obstante, aún prevalecían en la memoria colectiva —y seguramente aún persisten pálidamente entre los votantes del vetusto padrón electoral— las grandes esperanzas populares: la demanda de protección, que sólo podía ser satisfecha por el Estado; la solidaridad, que podía reconocerse en la organización y movilización social; la participación ciudadana, que se expresaba en los partidos políticos y asociaciones de personas y comunidades; la autoridad republicana, que cristalizaba en La Moneda, el Congreso, el Parque O’Higgins, con ocasión de la parada militar.
 
Cuando a principios de los ’90 Maffesoli desnudaba el tribalismo de la prensa y de los periodistas, en Chile hacían escuela gente como Raquel Correa y Emilio Filippi. Los medios de comunicación, menos concentrados que ahora, informaban y formaban la opinión. Entonces no se avizoraba con claridad el advenimiento de las redes de influencia, de la mediocracia/mediocridad, ni de la trivialización de la información. No se adivinaba la vacuidad de este comunicador social que hoy «descubre periódicamente y con un conformismo sorprendente, “el” pensador del siglo, “la” generación representativa, “el” autor inevitable, “el” artista genial». Nadie habría podido anticipar con certeza «cómo esta prensa, sin excepción, reconoce los talentos poéticos de tal esposa de ministro, o la originalidad filosófica de la hija de tal presidente (a menos que se trate de lo contrario, que para el caso es lo mismo) por la única razón que ellas son la hija y la mujer de un presidente o de un ministro».
 
¿Y quién se habría imaginado el desenlace de nuestra transición? «Qué podríamos decir del mundo político y sindical, en los que las corrientes y subcorrientes, las tendencias y otros clubes de pensamiento traducen de facto la fragmentación de estas organizaciones homogéneas sobre las que se había fundado la modernidad. Ahí también, por la fuerza de las cosas, el tribalismo triunfa. Sin distinguir entre izquierda y derecha, lo que prevalece es una política de clanes luchando unos contra otros; y en la que todos los medios son válidos para abatir, someter o marginalizar al contrincante. En esta lucha sin piedad las diferencias doctrinales son mínimas, y hasta inexistentes. Sólo cuentan los problemas personales y la sumisión al líder. Es esto lo que suscita un sentimiento de pertenencia que abre la vía hacia los puestos ambicionados. Que el jefe sea carismático o, al contrario, baladí, importa poco. Para retomar una expresión trivial: “soy de fulano”, punto y aparte. Esto quiere decir que le pertenecemos y que seguiremos al pie de la letra sus consignas».
 
¿Cuál es la paradoja? Pues, que este tribalismo político viste de voluntad general lo que a todas luces constituye un fatal abandono a su impulso gregario. Eleva a la jerarquía de ideales civilizatorios, humanistas y democráticos, lo que no es más que su brutal renuncia al Bien Común, que —debe siempre recordarse— sólo puede conseguirse en una esperanza colectiva. Lo demás es puro realismo cínico; puro relativismo enmascarado. ¿No sería mejor para todos que sus mentores sinceraran el discurso? ¿No sería más eficiente que despojaran su pragmatismo de las osadas invocaciones a principios y valores? «En lugar de recitar, de manera hipócrita, los beneficios del universalismo, quizá deberían reconocer que son los miembros de una tribu, y que se comportan como tales».   
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