La Ministra, El Triunfador Saieh Y El Ilusionado González

Se recordará que la Democracia Cristiana realizó un congreso en octubre del año pasado. Se recordará también que lo más noticioso del evento fue la presunta encerrona que entonces denunció la ex ministra Aylwin, a la sazón presidenta de la comisión organizadora del encuentro. La encerrona operada desde el Ministerio de Educación por «esa gente que tenía Provoste», según la desdeñosa expresión de Patricia Matte, y que, para satisfacción suya y de su sector, Mónica Jiménez, la nueva titular de la cartera, «se atrevió a sacar». Se recordará, por último, que el conflicto en cuestión fue motivado por la firme voluntad de los jóvenes de suprimir el lucro en la educación subvencionada, lo que, finalmente, fue votado con mandato vinculante por la máxima instancia de deliberación democratacristiana.

 

Han transcurrido seis meses desde el estallido de aquella controversia. Seis meses densamente poblados por acontecimientos que aún hoy perturban los ánimos del principal partido de gobierno. Todavía laten en la memoria democratacristiana la expulsión del senador Adolfo Zaldívar, el retiro de otros cinco diputados, la nueva mayoría opositora en el Senado y en la Cámara, la desafección por el economista Ffrench-Davis, la renuncia de Belisario Velasco, el fallo del Tribunal Constitucional, y la acusación constitucional contra Yasna Provoste. Todos hechos que laceran el alma falangista y a una colectividad dañada por la crisis y por el manejo de la crisis.

 

Es sobre esta hipersensibilidad que la ministra Jiménez escribe su graffiti irisado y fluorescente: «Yo no quiero hablar más de lucro; yo encuentro que eso ni siquiera hay que discutirlo… a mí hablar del lucro me molesta», confiesa como si se tratara de una de sus más sentidas convicciones, que, además, quisiera acreditar con una historia de setenta años de subvenciones y dádivas estatales a la empresa privada, cuando la verdad es que durante la mayor parte de esos setenta años todo el desarrollo nacional, fundamentalmente el de la educación, estuvo a cargo del Estado. No como hoy. Es cierto que la sucesora de Provoste no está forzada a satisfacer los acuerdos del congreso democratacristiano, pero sí lo está el partido con representación en el gobierno, en el parlamento, y en los municipios, incluso si semejante acatamiento significara darle la espalda a la ministra.

 

Sin duda la cuestión del lucro, esto es, la búsqueda del interés egoísta y la pasión individual del beneficio, fue una de las más cruciales detracciones del cónclave DC. Lo fue por constituir el lucro la esencia del modelo neoliberal concentrador y excluyente instalado en Chile. El lucro, organizador por excelencia de las jerarquías de dominación, lo mismo en las instituciones educativas como en las estructuras sociales. El lucro, a cuya legitimación el discurso neoliberal —siguiendo la lúcida intuición de Pierre Bourdieu«dispone de todas las fuerzas de un mundo de relaciones de fuerza que él contribuye a hacer tal y como es, sobre todo orientando las opciones económicas de los que dominan las relaciones económicas y sumando así su propia fuerza, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza». Esto que un hombre tan poderoso como Alvaro Saieh puede desollar sin repulsa, sin disimulos ni sedantes, y sin necesidad de recurrir a la teoría económica pura, para exhibir en carne viva la médula espinal del sistema.

 

 «Como empresario —dice el presidente de Corp Group— yo tengo que jugar con las reglas del juego que hay. Como persona, me asusta que cien individuos terminen manejando todas las empresas y 16 millones de chilenos como empleados. Eso termina normalmente en formas socialistas de gobierno y en intervenciones salariales». El controlador de Unimarc-Deca no hace más que confirmar la inmoral concentración del poder en Chile. No es que le preocupen los dieciséis millones de empleados que deben sufrir y tolerar este poder infinitamente superior al de cualquier político. No es que lo conmueva el sello intrínsecamente injusto, insolidario e inequitativo del modelo. Lo que en verdad le inquieta es que mañana todo este poder pueda ser despojado de sus detentadores por una revolución socialista. Tampoco hace nada para evitar este desenlace. Parece abandonarse a un destino tenido por inevitable: «Algunas industrias tienen un grado de concentración excesivo, pero se permitió; cómo se deshace. Hay que tener cuidado, porque hay gente que pagó por eso. No es llegar y deshacerlo».

 

Así y todo, escribirá Mariana Aylwin —abonando el ideal de la igualdad de oportunidades—, González empieza a competir con Errázuriz. Pero es más bien Saieh quien empieza a competir con Matte. ¿Cómo? Pues de un modo que tiene poco que ver con la igualdad, la calidad de la enseñanza, las destrezas, habilidades y méritos, o con los títulos que tanto elogian Navia/Engel en su tierra de oportunidades.

 

«Tengo el gusto de que cuatro hijos estén trabajando conmigo —relata Saieh—. Jorge está en los diarios, Soledad en la compañía de seguros y la Catalina está con Jorge en los diarios y ahora se va a hacer su MBA a Chicago. Y la Pacita está en la imagen corporativa, porque estudió diseño». No es que el hombre de negocios desconfíe del mérito y el esfuerzo personal. Por el contrario, precisamente porque cree en las posibilidades que el sistema le granjea a sus virtudes, es que ha comenzado a colocar a su descendencia. «Me hubiera gustado que mis hijos hicieran carrera, partiendo de cajeros y llegando a gerentes. Pero, en general, les hemos dado cargos en directorios, y la razón es que uno no puede garantizar que un hijo lo haga bien». Y así funciona todo.

 

Una cosa es segura: el ilusionado González jamás llegará a competir con los herederos de Saieh, mientras el debate sobre el lucro sea irrelevante en la formación de las políticas públicas.

 

     

Testimonios

 

Naomi Klein

Los ultraliberales

 

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