Trabajadores De Mi Patria

Allende nació a una época dramáticamente convulsionada. Allende nació a la vida en los albores del capitalismo industrial. Nació en un momento gris y amargo para Chile. Cuando despertaba la conciencia obrera, y se iniciaba la larga y penosa lucha de reconocimiento del movimiento popular. La lucha por la dignificación del trabajo, que entonces es la lucha por la dignidad humana. Santa María de Iquique, donde miles de hombres, mujeres y niños son exterminados sin compasión por una poderosa maquinaria de guerra, será el testimonio indeleble del desgarrador alumbramiento. La tragedia de 1907 es el hito que simboliza todos los crímenes, todas las víctimas, y todos los lugares de la violencia política precedente y consiguiente a ella. Pero, en su revés, la organización y la identidad sindical, que anidan frágiles e inseguras en la Gran Federación Obrera de Chile, son la promesa del mañana. La esperanza que movilizará las fuerzas de la evolución social para situar el trabajo en el centro de la actividad humana. No otro es el designio que sellará crucialmente el destino de Salvador Allende como un igualador de su tierra y de su tiempo.

Porque la trayectoria de Allende no puede ser juzgada sino a la luz del valor central acordado al trabajo. Su biografía marcha paralela al surgimiento y consolidación de los partidos de clase, al fortalecimiento y expansión de los sindicatos, a la industrialización sustitutiva de importaciones, a la estrategia de desarrollo hacia adentro, y al Estado de compromiso democrático. Éste que, desde las nuevas tendencias ideológicas, es determinado a organizar la sociedad, y por cuyo mandato conquistará un dominio sin contrapeso sobre las actividades productivas, comerciales y financieras del país. Lo que Alejandro Magnet ha llamado el proceso de creciente control popular del poder en Chile por la vía electoral. Allende es protagonista activo de este proceso de democratización que, conforme madura, confirma la supremacía de su liderazgo y radicaliza el conflicto social.

Y es que el ascenso de Allende corona un ciclo de paulatina incorporación de los trabajadores a los órganos de poder. Eduardo Frei ha trastrocado el orden social agrario y liberado al mundo campesino de su secular dominación. Las principales riquezas han sido nacionalizadas. La participación de los trabajadores es fuente de inspiración de todos los programas políticos. De modo que nunca antes el ideal de la república de los trabajadores ha estado más cerca de consumarse. La reforma de la empresa es su clave de bóveda. Pero construirla entraña un acuerdo constitucional a la postre difícil de satisfacer. El golpe de Estado interrumpe el debate. No sólo eso. La insurrección liquida la deliberación política, y con ello, pone fin al último gran relato sobre la centralidad del trabajo en Chile. Así concluye un sueño colectivo y se abre un futuro incierto.

Vendrán caras extrañas. Terror y shock neoliberal desmontarán desde las sombras la obra de generaciones. A lo lejos, la imagen latente del caliche sangriento. Y otra vez la perplejidad de los vencidos, sólo suspendida por la voz resuelta e inconfundible del Presidente Allende, el compañero de tantas jornadas: Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino...

Allende 100 miradas

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