El Neocesarismo

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Ricardo Lagos sabe que su carisma es su principal recurso. También sabe que la rutinización del carisma concertacionista —la tecnoburocratización de la acción política que exhiben la administración, los partidos y sus dirigentes—, realza por contraste esta característica suya, y le granjea una oportunidad para obtener de ella el máximo rendimiento.

Fue Max Weber, el sociólogo alemán, quien observó en la exaltación del carisma de un líder la tendencia a la autocracia y, al revés, en su control político e institucional, la tendencia hacia la moderna democracia de masas. Nuestra historia es rica en ejemplos para ambas improntas: Diego Portales, Carlos Ibañez del Campo y Augusto Pinochet, ejercieron un liderazgo autocrático, mientras Manuel Montt, Jorge Alessandri  y Patricio Aylwin, encarnaron carismas políticos moderados por el control racional y legal.

¿Cuál es el talante de Lagos? Hay quienes creen ver en el ex mandatario las señas de identidad de un liderazgo más bien autónomo y jerárquico, que otro interdependiente e igualitarista. Lagos es, desde luego, un republicano dotado del reconocimiento y la legitimidad históricas que le confieren el haber sido opositor a la dictadura, haber luchado por las libertades y derechos, haber conducido la transición democrática y, finalmente, haber sido Presidente. Pero Lagos parece ser más que todo esto. Lagos parece llamado a ejercer un rol de árbitro entre las fuerzas, almas, visiones, tribus en disputa, en una hora en que sus equilibrios de poder podrían resultar fatalmente autodestructivos para la Concertación.

El italiano Antonio Gramsci reservó el nombre de cesarismo a este arbitraje que se alza —como fuerza regresiva o progresiva, según sean las circunstancias— sobre los grupos en pugna para instalar un nuevo poder. Será una fuerza regresiva, decía el filósofo marxista, si sólo contribuye a un cambio puramente evolutivo. Será progresiva si, por el contrario, la intervención del árbitro provoca  una ruptura con el estado de cosas imperante. Así, Napoleón I personificaría el cesarismo progresivo, mientras que Napoleón III, el regresivo.

En su carta, Lagos ha hecho tres exhortaciones para encarar un desafío tenido por ineludible. Ha pedido ser investido, reconocido, legitimado, «nombrado» como el líder carismático que se sabe. Ha solicitado la subordinación de los partidos y de los parlamentarios a la autoridad del jefe de la coalición, en la eventualidad de recaer esta responsabilidad en él. Y, finalmente, ha fijado los lineamientos progresistas de su programa, en lo que ha sido difundido como El futuro comienza hoy. Todas éstas son facultades que exacerban el presidencialismo al extremo de convertirlo en la moderna expresión del príncipe llevado al gobierno por la democracia, pero revestido de un poder omnímodo.

La rápida acogida de la epístola en el ex Presidente Aylwin, quien durante su administración hizo uso como nadie de las prerrogativas supra-partidarias, revela el potencial político de dicha oferta en una coalición ávida de proyecto, de unidad y de disciplina. Sólo que no soplan vientos favorables a semejante reconcentración del poder. El país aspira a más democracia, a más participación, a más organización de los intereses colectivos, a más y mejor control parlamentario, en suma, a redistribuir el poder. Y esto, habrá que aceptarlo con resignación, entraña la rutinización del carisma del héroe.

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