Los Sueños De Piñera

 

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Sueños para Chile reza un titular del blog de Sebastián Piñera. Bajo el epígrafe puede leerse un listado de temas como la modernización del Estado, en especial de la Contraloría, el Transantiago, el perfeccionamiento del sistema electoral y, cómo no, una antigua fantasía suya: el Mapocho navegable.
 
Si se las mira con atención podrá apreciarse que dos de estas ideas son soluciones para Santiago, que, por cierto, no es Chile. Que al menos tres, son mejoras para el Estado, y no necesariamente para las personas. Y que una última, la reforma electoral, ya es vieja promesa y, por eso, vana esperanza.
 
Es probable que iniciativas más novedosas que éstas vean la luz pública en las próximas semanas, aunque el discurso de Piñera en Enade no fue un anticipo muy alentador de lo que arrojará Tantauco, su equipo creativo.
 
¿Puede sin embargo este tipo de ofertas llegar a convertirse en el sueño de Chile? ¿Pueden estas propuestas satisfacer los anhelos de progreso y realización de los chilenos? ¿Pueden responder a las esperanzas de esta tierra y de este tiempo? ¿Pueden movilizar la voluntad del país?
 
Pongámonos en la situación. Piñera aspira a realizar su sueño durante el gobierno que comienza en 2010 y concluye en 2014. ¿Cuál es la peculiaridad de ese período? De entrada, no es un periodo de transición entre un sistema capitalista y otro socialista, como el de Allende. No es un periodo de transición entre un régimen autoritario y uno democrático, como el de Aylwin. Tampoco es un periodo de culminación de proyectos heredados.   
 
El próximo gobierno será en lo sustantivo la expresión de un cambio de conciencia. Se inicia cuando Chile cumple doscientos años como nación soberana. Este hecho habrá de provocar una nueva manera de percibirnos y de entender nuestras esperanzas comunes.
 
El próximo gobierno habrá de encauzar algo más que las aspiraciones no satisfechas por las administraciones precedentes. Habrá de trascender incluso las expectativas nacidas al calor de las luchas políticas y sociales de los últimos cuarenta años. El próximo gobierno habrá de plasmar en su estilo, en su mensaje y en su promesa, los sueños de varias generaciones de chilenos que, con otro talante, volverán a actualizarse en el imaginario colectivo.
 
Surgirán preguntas de mayor sentido que las que sugiere una gestión de cuatro años. Se esperarán respuestas de mayor profundidad política e intelectual que las que regularmente arrancan de un conjunto de metas sectoriales.
 
Será como hacer un alto en el camino. Será un momento de inflexión, por ser un momento de reflexión. Más allá de la propaganda y de las comunicaciones, brotará una demanda de identidad y designio: ¿Cuál es la fisonomía histórica de Chile? ¿Cuáles los valores y tradiciones que han perdurado a través del tiempo? ¿Cuáles las obras, acontecimientos y personalidades que fijarán su impronta en las décadas siguientes? ¿Cuál la vocación libertaria, igualitaria y solidaria de los chilenos? ¿Cuál, aquella que habrá de signar los desafíos del mañana?
 
Muy crucialmente, nos veremos impelidos a buscar la difícil conciliación entre la bondad, la belleza y la eficacia del relato. A conquistar el esquivo arreglo entre la ética, la estética y la técnica de la propuesta política. Donde el liderazgo, la visión, la misión y las voluntades, deberían confluir para provocar un gran movimiento de unidad nacional. 
 
Esta mirada más universal de nuestro pasado, presente y futuro, no diluirá los matices que separan a las izquierdas y a las derechas. Y no emergerá un centro político híbrido que acumule, al modo de un sumidero donde van a parar todos los conflictos insolubles, las contradicciones que nos han impedido llegar más lejos.
 
Antes bien, una actitud más comprensiva de nuestro destino como nación, impondrá una pedagogía política que revele con lucidez las nuevas oposiciones. Una capaz de desentrañar qué significan hoy en Chile la igualdad y la justicia. Qué significan hoy la libertad y la democracia. Qué significan el Estado y el mercado. Qué significan la protección y la garantía de derechos.
 
Una actitud más elevada acerca de nuestro futuro, exigirá zanjar el dilema de las dos almas de la Concertación, para mostrar con nitidez la brecha moral que la separa del neoliberalismo. Y en la Alianza, cuando la crisis desnuda el duro rostro del capitalismo, esta nueva disposición del espíritu pondrá a prueba su capacidad para convencernos de que encarna una alternativa popular.

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