El Joven Huepe

Claudio Huepe

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Con seguridad, fue su formación jesuita la que llevó al joven Claudio Huepe a militar en la Democracia Cristiana. Probablemente fue la influencia del Colegio Seminario —y más tarde el ambiente de la Universidad Católica—, la que terminó perfilando su impronta política. Cuánto de su estilo obedeció a la educación recibida y cuánto a su propio carácter, es algo difícil de estimar, sobre todo tratándose de una personalidad que, como la de Huepe, siempre se mostró entera.

Íntegra, sólida y generosa se nos brinda la personalidad política de Huepe. Y sin embargo, es su calidad humana la que cobra relieve erigiéndose en el sello indeleble de su recuerdo. Se advierte en las primeras palabras de quienes lo conocieron, aquellas que tras el golpe helado brotan intuitivas y auténticas como queriendo grabar, urgentes y sin concesiones, el trazo firme de una cálida evocación: Huepe es un gran ser humano, una gran persona, un ejemplo cotidiano de nobleza y consecuencia, un hombre afable, valiente, excelente, decente, un espejo de lo que debe ser la fraternidad y la amistad. Son voces que sugieren una privación tan íntima, tan entrañable, tan irreparable, que sólo pareciera hallar alivio en la sublime semblanza del amigo. Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento, escribe Miguel Hernández a su amigo Ramón Sijé.

Nadie ignora que el genio de Huepe desborda este cariz individual. Huepe es amistad cívica pero, muy esencialmente, es solidaridad política, presencia histórica y colectiva a la vez. Representación de una historia común, la historia de la última mitad del siglo XX vivida como memoria, precepto y esperanza. Tiempo de grandes convulsiones políticas, sociales y culturales. Época también de grandes liderazgos y promesas esparcidas sobre una tierra fértil y todavía reluctante a la secularización. Huepe ha visto pasar a los jóvenes falangistas. Los ha visto en los campos, en las calles, en los sindicatos, en las universidades. Los ha visto dar testimonio de verdad y caridad. Los ha visto enseñar, con un carisma arrebatador, el nuevo orden temporal de inspiración cristiana vislumbrado por Maritain. Dicen ser los padres de un mundo que nace. Dicen ser la patria que se ha puesto de pie para desatar la fuerza incontenible de una revolución en libertad.

Huepe va al encuentro de un movimiento en ascenso, y el movimiento encuentra en él las cualidades indispensables para avanzar. Hay en el joven dirigente una mezcla de compromiso, pasión y espíritu conciliador, cuando el movimiento demanda de los suyos fidelidad, rigor y sentido práctico. El ambiente social y cultural es favorable a la concurrencia y el protagonismo. La religión goza de amplia adhesión entre las personas y contribuye a su cohesión. La religión proporciona una concepción universal del mundo y de las cosas. Lejos del descreimiento, del relativismo y del sincretismo, que avanzan al ritmo irreductible de la secularización, la religión aporta el sustrato espiritual que nutre de sentido a las comunidades. La acción política se construye en comunidad y, si resulta exitosa, es porque está orientada al mundo campesino donde la religión y las relaciones comunitarias empapan la vida social.

Huepe tiene 24 años cuando Frei lo nombra intendente de Arauco. A los 30 ya es diputado de la Democracia Cristiana, donde permanece después de la formación del MAPU, la derrota de Tomic y el retiro de la Izquierda Cristiana. Corren vientos de cambio. Cambio de estructuras. Cambio de sistema. Cambio de cultura. Búsqueda del hombre nuevo. Sobre este fondo, el temple de Huepe aflora inconfundible. El suyo es la persistencia de la voluntad, el llamado de la vocación, esa voz extraña, emergente de no sabemos qué íntimo y secreto fondo nuestro —según la viva expresión de Ortega y Gasset— que nos incita a la acción. Es el temple vital de la alegría creadora. El espíritu lúdico que, con un sentido heroico, desafía al destino. Aquel que apostando por nobles ideales, opera un quiebre con la tradición y la costumbre. No es la voluntad de poder, ni la exaltación del superhéroe, sino la acción política vivida como testimonio y compromiso. La acción que reclama esfuerzo y sacrificio. La acción siempre respetuosa de los límites de la organización, de sus estatutos, de sus jerarquías y de sus miembros.

Es el momento más luminoso de una forma de hacer política próxima a desaparecer. El golpe de Estado, un resabio de la voluntad de dominio proclamada por los fascismos, es el cruel presagio de las sombras que acechan en el horizonte. El golpe anuncia la caída de los héroes y el desprecio por los ideales, por el testimonio y por el sacrificio. Huepe, en un acto que pone a prueba la tensión crucial entre la voluntad del hombre libre y los designios del horror, firma la declaración del 13 de septiembre de 1973. Tiene entonces 33 años. Vendrán luego la prisión, el exilio y otras duras y prolongadas luchas que sólo confirmarán la persistencia de su voluntad.

 

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