Escalona

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El momento de mayor popularidad del senador Camilo Escalona, presidente del Partido Socialista, coincide con el inicio del gobierno de Michelle Bachelet. Por el contrario, su evaluación más negativa, corre a la par de las rupturas sufridas por su colectividad en la primera mitad de este año. Es lo que resulta de comparar la evaluación de los personajes políticos de la encuesta CEP.

La pérdida de popularidad de Escalona no es única en su género. La misma CEP revela que el desgaste que afectó a la senadora Soledad Alvear fue aún más pronunciado. Cuando en 2004 se perfilaba como la mejor carta presidencial de la Democracia Cristiana, Soledad Alvear concentraba el 87% de las evaluaciones positivas, y sólo un 6% de rechazo. Pero, después de la elección municipal de 2008, aún al mando de la falange, su popularidad cayó al 41%, y las evaluaciones negativas se elevaron al 22%. Había sufrido los costos del fraccionamiento partidario.

Hoy, es Escalona el blanco de unos ataques que buscan convertirlo en el chivo expiatorio del comportamiento tránsfuga. A juzgar por la imagen que proyectan los medios de comunicación, Escalona pareciera ser el traje que se pone la crisis política a la hora de rendir cuentas.

A Escalona le ocurre lo que a Alfonso Guerra, el reorganizador del centenario Partido Socialista Obrero Español. Le han fabricado una imagen que toman como auténtica los que no le conocen, pero que afecta la percepción que tienen de él algunos de los que sí le conocen, y terminan viéndolo más por lo que leen que por sus propias actuaciones.

A Guerra se le imputan frases —erradas o acertadas— que nunca ha dicho. Como aquella tan conocida de El que se mueva no sale en la foto, advertencia que habría hecho para asegurar la disciplina interna. La frase completa no puede ser más pertinente: El que se mueva no sale en la foto, y al que se aflige, lo aflojan. Otras veces ha sido su ironía, propia del espíritu andaluz proclive a la respuesta rápida y a crear frases lapidarias, la que le ha granjeado antipatías. Se recuerda que, cuando en un falso gesto de dignidad herida, unos diputados amenazaron con no repostularse si Felipe González no lo hacía, Guerra les dijo: No digáis cosas raras; no os presentáis porque sin Felipe no seríais elegidos.

Guerra había comprobado que las imágenes creadas tenían  más fuerza que las actitudes de las personas. Pensaba que esas imágenes aleteaban sobre el diálogo dificultando la comunicación y marcando las reglas de la relación. En cierta ocasión El País dedicó la mitad de un editorial a atacarlo, acusándolo de acumular poder, monopolizar la toma de decisiones, instrumentalizar a los leales, y marginar a los desobedientes. Dentro de su propio partido sus detractores acuñaron la expresión alfonsoguerrismo, para aplicarla a quienes pretendían tener siempre la razón, o no reconocían ningún argumento a sus adversarios.

A pesar de toda esta creación deslegitimadora, que pudo desbordar en una ordalía de mentiras e infamias, Alfonso Guerra cree que tomar decisiones no es tan difícil. El ex Vicepresidente del Gobierno tiene muy asumido que salvar la conciencia de los efectos morales de las decisiones es un pago ineludible. En política —afirma— la fe en lo que se defiende proporciona determinación, seguridad y éxito, porque los que te escuchan creen en lo que les dices sólo si perciben que tú crees lo que dices.

Esa fue la fortaleza de Guerra; la misma que exhibe Escalona. No exenta, claro, del sabor amargo que a ratos deja la responsabilidad política.

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