Frei/Bachelet

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De ahora en más, no podrá concebirse a la Concertación sino en un plan a ocho años plazo. Porque no otro es el horizonte que abre la elección presidencial de diciembre. Si el próximo Presidente es Frei, después de Frei, Bachelet. Si ayer hubo quienes consideraron delirante el traspaso de votos de Bachelet a Frei, a partir de ahora habrán de moderar sus pronósticos a la luz de lo que dicen las encuestas, el pulso de la campaña y, especialmente, lo declarado por los principales líderes de la derecha.

Los mea culpa del concejal Carlos Larraín y del senador Pablo Longueira, lejos de destilar puro pesimismo, dan cuenta de un hecho real y objetivo, cual es la enorme dificultad que muestra Piñera para concitar la mayoría absoluta. Cuando Longueira aconseja a Piñera apuntar al corazón de la DC, lo que en concreto está diciendo es que la mayor debilidad del empresario radica en su incapacidad para conquistar el centro político, hoy por hoy ampliamente ocupado por Frei.

Cuando, por otra parte, el presidente de Renovación Nacional advierte que la opción de Piñera carece de arraigo en los sectores rurales, donde precisamente Frei exhibe su mayor fortaleza, lo que en verdad está reconociendo es que Piñera no ha podido capturar el voto tradicional de la derecha. Para mal de males, esto podría sugerir que el abanderado de la derecha está perdiendo apoyo en dichos sectores.

Cuando, en fin, la candidatura de Enríquez, pese a su afanoso manejo de expectativas sobre la segunda vuelta, no consigue zafarse del 17 por ciento —el fatal déjà vu que lo deja anclado en el tercer lugar—, cabe esperar que su adhesión empiece a convertirse en un voto útil favorable a Frei y a Piñera.

¿Cuán prematuro es imaginar un escenario a cuatro años plazo? En cuatro años pueden pasar muchas cosas, entre otras, que Bachelet no esté disponible. Pero en diez años pueden pasar muchas más cosas. Así pues, van a cumplirse diez años desde que Frei dejó La Moneda, y lo cierto es que podría volver a ella antes de otoño. Tampoco sería ésta la primera vez que el continuador de la obra de un gobernante se definiera con semejante anticipación. Eduardo Frei Montalva fue elegido en 1964, y por entonces pocos en la Democracia Cristiana dudaban quién sería su sucesor.  

Si hay quienes ven en esta elección una oportunidad para posicionarse y para competir con mayor chance el 2013, ¿por qué la Concertación habría de ceder su mejor opción? ¿Por qué habría de sacrificar un patrimonio político que ha construido a lo largo del tiempo, sorteando embates tan fuertes e intransigentes como el desalojo? ¿No sería más razonable que la coalición aprendiera a cuidar sus liderazgos, y a prepararlos para el mañana?

Quizá sea hora de entender que a través de Bachelet/Frei se construye y cobra viabilidad la vía para la renovación, la rotación y la estabilidad de la política democrática; la vía, en suma, para la refundación de la Concertación.

 

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