¡Damasco, Lawrence, Damasco!

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La crítica cinematográfica la considera una de las escenas mejor logradas por David Lean en Lawrence de Arabia. Aquella en que se ve al oficial inglés obsesionado con la idea de arrojarse sin contemplaciones contra una división de soldados turcos que, ya vencida y sin defensas, ha emprendido la retirada. En vano su amigo beduino procura convencerlo de no perder el norte de la misión, que es la conquista de la mítica ciudad árabe. ¡Damasco, Lawrence, Damasco! —lo persuade. Pero Lawrence no escucha. Cegado por el odio y la venganza, arremete contra las diezmadas tropas enemigas hasta convertir el sitio en una espantosa carnicería.

¡Damasco, Lawrence, Damasco! La admonición significa no desviarse del objetivo principal. No malgastar fuerza y energía en legiones derrotadas y humilladas. No desperdiciar municiones en unidades desarmadas. No dar pie al encono y la revancha. No verse empujados por los instintos básicos, cuando un mínimo de sensatez aconseja mantener el rumbo de la empresa. Ese y no otro es el sentido de la exhortación hecha a Lawrence.

Misma advertencia que hoy cobra actualidad en el fragor de la campaña, cuando algunos, al igual que Lawrence, se ven arrastrados por la sed de desquite. Cuando, como él, se alejan de la lucha principal, para enfrascarse en querellas particulares que nada tienen que ver con los intereses de la política. Los que, en lugar de aportar racionalidad estratégica, caen rendidos ante la fascinación del comportamiento beligerante, de dialéctica única, anómala e irrepetible, como sólo pueden serlo las criaturas del reino de Serendipia. Un candidato derrotado en las urnas, exigiendo la caída de los titulares de unos partidos en los que no milita, y que conforman una coalición contra la que ha volcado todo su potencial destructivo. Un candidato que declara no tener injerencia en sus adherentes, pero que habla y condiciona los cursos de acción de sus adversarios, como si en verdad fuera dueño de un millón y medio de votos.

Sorprendería lo que es capaz de producir la imaginación ideológica para agudizar las contradicciones y forzar el cambio de rumbo. Desde la pésima aplicación de la teoría política comparada, que equiparando el precario sistema de partidos chileno con el europeo, sugiere la capitulación de sus directivas; hasta las nostálgicas especulaciones anarquistas que auguran una derrota segura porque creen haber presenciado la revelación del fenómeno político más importante de los últimos años, o sea, la ruptura con el sistema totalizante y con la arrogancia tecnocrática protagonizada por… ¡la comunidad de los descontentos! Y claro, ocupados como han estado sus gestores en demonizar a los partidos, han acabado descuidando a esos otros que avanzan por la derecha hacia su objetivo.

Thomas Edward Lawrence conquistó Damasco, pero pudo haberlo hecho sin necesidad de desviarse de su ruta y, menos aún, agrediendo a sus enemigos contra toda convención de derechos.

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