¿Se Traspasa La Popularidad De La Presidenta?

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Por estos días dos observadores han llamado la atención sobre la virtual inconsistencia entre la popularidad de la Presidenta Bachelet y del Gobierno, y la adhesión que realmente concita la Concertación. ¿Por qué la Presidenta tiene un 80% de adhesión y las votaciones parlamentarias y la votación presidencial, además de que van divididas, tienen una votación tan distinta? —se pregunta Pablo Ruiz-Tagle, coordinador de Océanos Azules, evaluando las elecciones del 13 de diciembre. Su conclusión es que la popularidad de Bachelet es un artificio mediático que enmascara la falta de voluntad y de compromiso político con las transformaciones que el país reclama.

Ernesto Ottone, ex asesor del Presidente Lagos, también se hace esta pregunta, pero teniendo en perspectiva la segunda vuelta. El Gobierno que concluye en marzo  del año 2010 —escribe el columnista— saldrá con un apoyo de alrededor del 60% y Bachelet bordeará el 80% de sustentación en la opinión pública. ¿Cómo hace una coalición con tamaños resultados para estar expuesta a perder en las próximas elecciones presidenciales? Ottone piensa que un fatal desenlace electoral sería la consecuencia lógica de la conflictiva y jamás zanjada coexistencia de las buenas y malas prácticas políticas en el seno del conglomerado. 

Ottone y Ruiz-Tagle ofrecen sendas razones para explicar una aparente incongruencia entre popularidad y votación efectiva. Razones que entran a disputarse, entre tantas otras, la elaboración política de la crisis de los partidos. Razones que, sin embargo, prescinden del hecho esencial, a saber, que toda la votación acumulada por la derecha en la pasada elección parlamentaria sólo la empinó al 43 por ciento y, lo que es del todo perentorio, que la confluencia de los votos obtenidos en esos mismos comicios por quienes hoy están con Frei, superó el 53 por ciento del electorado.

Es cierto que este dato podría controvertirse con el expediente de que se trata de una pura sumatoria estadística. Pero si, como lo declaró Frei en el debate televisivo, y lo desarrolló Víctor Barrueto en La Segunda, es posible un pacto de gobernabilidad mucho más amplio que el sostenido por las cuatro colectividades de la Concertación, entonces significa que existen bases políticas, sociales y culturales que le dan viabilidad. Significa que lo sucedido, más que el trastrocamiento de las clásicas alianzas formadas al amparo de la transición democrática, es expresión de un proceso de implosión dentro de un sistema político agotado. En tal caso, aunque fraccionadas, las fuerzas de centro-izquierda seguirían concitando la adhesión mayoritaria del país, y podrían estar disponibles para la concurrencia.

Pero aún moderando el peso relativo de tales fuerzas, el solo hecho de admitir que los resultados de la próxima elección son todavía muy inciertos, revela que no es el grueso de la adhesión lo que está en juego, sino el desafío de salvar la corta distancia que separa a Frei de la mayoría absoluta, o sea, el fiel de la balanza que inclina la decisión final. Por cierto, esto es lo que hace la diferencia entre el triunfo y la derrota. Pero lo realmente asombroso será haber llegado hasta aquí.   

Bachelet y su gobierno son tributarios de esta acumulación de fuerzas. Sin su ascendiente difícilmente la Concertación se estaría planteando la posibilidad de vencer en las urnas el próximo domingo.

Hace poco más de un año, las opiniones de desaprobación a la gestión de la Presidenta superaban a las de aceptación, y estas últimas se situaban por debajo de la votación obtenida por la Concertación en la elección de concejales, que por entonces exhibía una sensible caída respecto de los anteriores comicios municipales. Se estaba produciendo una fuerte asociación entre la menguada popularidad de la Mandataria y la baja adhesión a la coalición de gobierno, lo que, ad portas de una recesión económica, alimentaba los peores vaticinios electorales para el año 2009. Bachelet sin embargo fue capaz de provocar un vuelco oportuno en los estilos de gestión gubernamental y de comunicación social. Fue capaz de hacer cosas y de hacerse comprender por el país. Y si la protección social pasó a ser el sello inconfundible de su mandato, lo fue por su política comunicacional, cuyo mérito se muestra elocuente en el vertiginoso y creciente reconocimiento público.

 

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