La Oposición Al Gobierno De La Coalición

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Sería un profundo error que se realizara una oposición de trinchera ―declara Andrés Chadwick, senador de la UDI―. Y al escucharlo resulta del todo imposible no evocar la estrategia del desalojo de Allamand. ¿Cómo olvidar la absurda acusación constitucional y la consiguiente destitución de la ministra Yasna Provoste? ¿Cómo borrar la negativa de la derecha a votar los recursos para el Transantiago? ¿Cómo ignorar la inagotable profusión de comisiones investigadoras? En su momento todo esto fue defendido como legítimo mecanismo de control de la gestión gubernamental. Luego, ¿por qué habría de ser erróneo aplicarle la misma vara al gobierno de Piñera? ¿Por qué, si la derecha y su candidato practicaron una demoledora oposición de trinchera contra el Ejecutivo? Chadwick no lo explica, pero abre la interrogante: ¿cómo debería ser la oposición al gobierno de la Coalición?

Si algo realmente crucial ocurrió en las pasadas elecciones, eso fue el término de la transición. La derecha volvió al gobierno por la vía democrática, lo mismo que el Partido Comunista volvió al parlamento. Ambos hechos determinan el tipo de oposición que se inaugura en el país. Una oposición que se realiza, no contra, sino dentro y a favor del régimen democrático. Una oposición que no conspira contra las instituciones, sino que compite dentro del sistema. Una oposición cuyo denominador político común es la adhesión a las reglas del juego que garantizan el control de los actos del Ejecutivo y la autenticidad del ejercicio del poder. Se trata pues de una oposición institucionalizada, donde lo más institucional es la presencia de partidos políticos reconocidos legalmente. Porque sin partidos políticos —que son los encargados de organizar la crítica, el control, la contestación y la cooperación—, no puede haber oposición eficiente. Y sin oposición eficiente, tampoco puede haber gobierno eficiente.

Por eso, el rol de la oposición no depende del gobierno, sino del estatus que le reconoce el régimen político. Dicho de forma más clara, no será la música ni el tono del gobierno de la Coalición lo que defina qué tipo de oposición hacer, sino las oportunidades que la democracia le granjea a la oposición para convertirse en mayoría y para reconquistar el Gobierno. De lo contrario, lo suyo se agotará en una acción puramente contestataria, cuando su misión es imaginar alternativas y constituir fuerzas y equipos de reemplazo. En esto no puede haber lugar a equívocos: se debe hacer toda la oposición crítica, constructiva, clara y definida que se precise, pero, asimismo, se debe construir toda la oposición fuerte y cohesionada que las circunstancias permitan para limitar el poder de la Coalición y para impedir que se perpetúe.

Lo dicho, en modo alguno reviste los caracteres de una oposición obstructiva y deslegitimadora. Sólo es la respuesta lúcida y clarividente de los representantes de la minoría frente a un poder que se ha propuesto como condición objetiva de su prolongación, separar a la Democracia Cristiana de sus aliados históricos, lo cual pasa por su incorporación al Gobierno. Ante esto, nada más que partidos ordenados y disciplinados pueden asegurar la unidad política y social de la oposición y la gobernabilidad del país.

 

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