La Decantación Democratacristiana

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No se pretende el acuerdo con el adversario metiéndose a su casa por la puerta de la cocina, ha dicho Andrés Zaldívar, aludiendo a las designaciones de democratacristianos en el gobierno de Piñera. Esto que ha sido calificado como una intromisión, como una forma poco amistosa, y como una agresión que busca destruir al partido, ha podido crispar los ánimos y dar una voz de alerta acerca de los verdaderos propósitos del empresario.

Pero, cualquiera sean sus intenciones, lo que la gente comienza a percibir es la beligerancia de Piñera hacia la Democracia Cristiana. Ahora, si damos crédito al famoso teorema de Thomas, según el cual «cuando las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias», entonces la reacción esperada no puede ser otra que la respuesta a un acto hostil. 

Asumamos que el comportamiento político no tiene efectos puramente políticos, sino que compromete las emociones de las personas. Para un militante democratacristiano es difícil mantenerse impávido ante las renuncias y abdicaciones de sus camaradas. Le es mucho más difícil juzgar las cosas con la indulgencia de quienes ven buena voluntad en lo que a todas luces es una táctica divisionista y demoledora. Aún más difícil le resulta tolerar la irritante concurrencia con aquellos que no cesan de propinarle golpes a su organización, a sus dirigentes, a sus tradiciones, y a sus convicciones y valores. Al fin y al cabo, fue este militante el que dio los primeros testimonios de lucha contra la dictadura. Fue este militante el que, desafiando los aparatos represivos del régimen, salió a protestar por Leighton, Castillo Velasco, Huepe, y por tantas otras víctimas de la violencia política. El mismo cuya moralidad política es interpelada por los que rompieron con ese partido no sin antes beneficiarse de lo mejor de él.

Piñera está provocando la decantación de la Democracia Cristiana. Está poniendo en práctica una pedagogía política orientada a la Junta Nacional y a la eventual elección de abril, que tiene como objetivo distanciar y escindir a los elementos liberales de la colectividad del tronco nacional y popular heredado de los fundadores, cuyo sello de identidad, valga recordarlo, se plasmó en las resoluciones emanadas de su Quinto Congreso.

Piñera persistirá en forjar alianzas con dichos sectores desde los ministerios, las subsecretarías, y los servicios, pero también desde las comisiones político-técnicas que, en la tónica de los acuerdos amplios y transversales, se formarán para acometer la reforma educativa, las cuestiones médico-financieras, el estatus de los funcionarios públicos, o la reforma tributaria.

Piñera realzará las grandes coincidencias ideológicas. De entrada, su común visión de la economía nacional como una de mercado regulada, distinta de una neoliberal. Por cierto, su proverbial resistencia a las reforma constitucionales, y a la alteración de los actuales equilibrios de poder. Su rechazo —por utópico, voluntarista y populista— del postulado de una sociedad de garantías, de máxima protección social, y de un estado social de derecho, o, lo que dicho de otra manera, consiste en la fijación de garantías de pleno derecho como principio fundamental de la política social. Su renuencia a que los grupos de mayores ingresos financien parte de los costos que les correspondería cubrir a los grupos de menores ingresos. Su defensa del lucro —a cuyos detractores imputan resabios ideológicos sin destino—, y del sistema de AFPs, contra el cual la sola opción por una AFP del Estado comporta una distorsión de la eficiente gestión de las empresas privadas. Su adhesión a la subcontratación, a la externalización, a los contratos de trabajo intermitente o por llamada, al despido por necesidades de la empresa, al remplazo de trabajadores en huelga, y a los convenios colectivos de grupos de trabajadores ad hoc. Y su reluctancia a la negociación colectiva interempresa.

En estos contrastes querrá verse a las dos almas de la Democracia Cristiana, cuando lo que se revelará en propiedad será la supremacía del proceso de aggiornamento, de puesta al día, que lleva al partido a consolidarse como una fuerza política, quizá más pequeña y aplomada, pero mejor identificada con su vocación nacional y popular. 

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