Una Casa En Construcción

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Pocas cosas son más públicas y colectivas que el debate sobre el plan de reconstrucción nacional y, especialmente, las medidas del plan que apuntan a la vivienda. Son miles las familias que sufren la precariedad de sus albergues, mientras el tiempo, que pasa lento, acentúa sus incertidumbres y el próximo invierno amenaza con los rigores del frío, la humedad y las enfermedades. No es que las acciones de emergencia, que ya tienen asegurados sus recursos, dependan del plan; el peligro es que tales auxilios no lleguen oportunamente a sus destinatarios.

Pero el plan ha crispado la discusión política. Palabras sacan palabras y ponen al desnudo la pérdida de confianza de la ciudadanía en los grupos de referencia y en las instituciones. Los sondeos de opinión revelan que la mayoría de la población descree del altruismo de las empresas y de la solidaridad de los empresarios. Cuestión que inclina el fiel de la balanza.

Es así como la oposición parlamentaria advierte que no dará luz verde a gravámenes transitorios y exenciones permanentes para las grandes empresas. En respuesta, el gobierno la acusa de extorsionarlo y de proponer salidas prehistóricas. Desde luego, no hay acuerdo sobre las prioridades, urgencias y plazos de la reconstrucción. Sin embargo, todos deberían estar movidos por el mismo valor final de la reconstrucción.

¿Cuál es este valor superior? Por donde se mire, éste no es otro que la construcción de un hogar seguro para sus moradores.

¿Por qué la casa reviste un valor tan crucial? Por una razón antropológica que la política no ignora: las personas se abren al mundo desde el dominio privado que les ofrece la casa. Es desde la casa que se relacionan con los demás y construyen su propia realidad. Es en la casa donde encuentran el espacio para emprender su vida individual y salvaguardar su intimidad. Es la casa el único sitio donde se produce el recogimiento permanente de las personas. Y es desde la casa que las personas dan sentido a su existencia.

La gente no busca llevar una vida errante. No aspira a peregrinar solitaria, sin patria y sin hogar, como vagabunda o nómada. La gente, incluso cuando se ve a sí misma como una conciencia errante, y así lo confirma la experiencia del exilio, abriga el profundo deseo de retornar a la patria y a la casa, donde piensa que sus sueños se realizarán en plenitud y felicidad. Las personas desean echar raíces, asentarse, habitar y morar. Y buscan hacerlo desde la casa. Desde ella aspiran a satisfacer sus necesidades de seguridad, de pertenencia a una comunidad, de vinculación a un grupo y de radicación estable en un lugar.

Pero, además, la casa cobra un valor supremo por una razón de subsistencia que la política conoce muy bien: tener un hogar es condición para usar y utilizar, para producir y consumir, para, en último término, satisfacer las necesidades materiales. Si la palabra economía se explica por su origen griego (oikos: casa; y gnomos: leyes), lo es precisamente porque designa una actividad humana que subordina todo a la edificación y mantención de una casa. Así pues, el trabajo, la planificación, el consumo, el cálculo de cuánto poseen los demás y de sus aportes; todo se ordena para administrar la casa.

Por eso, si la ética significa construir morada, luego, un humanismo profundamente impregnado de valores éticos no puede ser sino aquel que conduzca a una cultura de la hospitalidad, del hospedar, de la acogida hacia los chilenos que hoy carecen de un hogar seguro.

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