Matrimonio De Hecho

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El Ejecutivo ha anunciado el envío al Parlamento de un proyecto de ley que busca regular las convivencias de hecho. Es claro que no existe consenso sobre la materia. Luego, lo más probable es que el problema se zanje a través de un acuerdo de mayoría, pues estamos en presencia de tradiciones y convicciones doctrinarias muy opuestas; de valores finales no conciliados y contra los cuales se estrella y estanca el debate público. Para quienes defienden el valor de la familia fundada en el matrimonio, la regulación de las uniones de hecho significa la institucionalización de un modelo alternativo al matrimonio que debilita la familia tradicional. Para quienes, en cambio, reafirman el valor de la libertad de elección, entraña el reconocimiento del derecho de las personas a decidir sobre su vida personal y familiar.

El tema es sensible porque compromete una vivencia íntima y afectiva, como es la relación de pareja. De ahí la pertinencia de preguntar cuál es la realidad concreta que se pretende normar. ¿Está en juego la familia? ¿Lo está el matrimonio? Y, desde el punto de vista de nuestro ordenamiento democrático, ¿qué rol debe cumplir un Estado laico que se rige por los principios de neutralidad e igualdad?

Desde antiguo el matrimonio ha sido visto como el camino apropiado para formar una familia y, de este modo, asegurar la reproducción de la especie y la educación de la descendencia. Con el tiempo, sin embargo, esta relación entre matrimonio y familia ha experimentado cambios. El matrimonio civil se ha desligado de los caracteres de procreación, indisolubilidad, exclusividad jurídica y heterosexualidad heredados del derecho canónico. Ya la familia no se funda únicamente en el matrimonio, y éste tampoco goza del monopolio social y jurídico que tuvo antaño. Hoy, hasta resulta discutible que el matrimonio genere derechos, cuando impera una ley que permite el divorcio unilateral y cuando muchas de las prestaciones sociales se asignan a las personas con independencia de una relación conyugal.

Nuestra realidad es elocuente al respecto. Muestra la coexistencia de múltiples formas de familia y de vida en pareja, donde las familias tradicionales, aquellas compuestas por un matrimonio, representan menos de la mitad de las familias chilenas, mientras aumentan las familias que tienen por jefes de hogar a la madre o al padre, o a parejas de convivientes. De manera análoga, disminuyen los matrimonios. Sólo en el lapso de las últimas dos décadas la cifra anual de enlaces descendió de 104 mil a 58 mil, al punto que el número de divorcios ya supera el de casamientos.

Estos datos dan cuenta de un formidable cambio demográfico. De una transformación que por su envergadura podría estar precipitando a la sociedad hacia el matrimonio de hecho, o sea, hacia la relación de pareja, del mismo o distinto sexo, sostenida sobre el libre y continuado consentimiento de las partes y disoluble por voluntad de cualquiera de ellas. Tendencia que quizá se afirme considerando que responde a una aspiración de mayor libertad, autonomía y capacidad de las personas para dar origen y para poner fin a la vida en común. Por cierto, este hecho envuelve todo un desafío para el derecho civil y canónico.

En definitiva, son los cambios en la familia y en el matrimonio los que están generando las uniones de pareja y haciendo necesaria su regulación, y no al revés, como se teme del proyecto sobre deberes y derechos de las personas que mantienen una convivencia estable.

Matrimoni, passioni, divorzi Tutta colpa dei cicli amorosi
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