Aldo Moro, el corazón del Estado

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Ocurrió la semana pasada. Las pro-gubernamentales cadenas de diarios El Mercurio y La Tercera, daban espacio en sus principales medios escritos a tres informaciones políticas. La primera la proporcionaba El Mercurio bajo el título “DC: Frei Montalva simplemente se desquició”. El matutino reproducía las opiniones vertidas por Carlos Altamirano en su último libro. El ex secretario general del Partido Socialista para el golpe de Estado, relataba al historiador Gabriel Salazar que cuando Salvador Allende ganó la elección de 1970 y decidió visitar al Presidente Frei, no encontró en éste a un amigo sino a un energúmeno. «La rabia anticomunista le explotó por todos los poros, le salió del alma (si es que era del alma), a tal punto que lo impulsó a tratar a su amigo como un vulgar comunista recalcitrante», decía Altamirano.

Al mismo tiempo que aparecía esta noticia, el vespertino La Segunda destacaba las declaraciones arrancadas de manera forzada al ex presidente del gobierno español José María Aznar. En su respuesta el líder de derechas articulaba las palabras que sirvieron como encabezado de la entrevista: “Una alianza de la DC con los comunistas sería difícilmente explicable”. Por su parte, La Tercera, el diario de mayor circulación del otro gran consorcio periodístico chileno, había rotulado: DC pone en duda asistencia a congreso del Partido Comunista”.

¿Qué mostraban en común estas frases? Estaba próximo a celebrarse el 24° Congreso del Partido Comunista de Chile, y se temía que a él concurriese el presidente de la Democracia Cristiana. Las líneas editoriales de la prensa pro oficialista aconsejaban escarbar la historia, y actuar sobre el inconsciente colectivo trayendo a la memoria todo cuanto permitiera inhibir los eventuales acercamientos entre democratacristianos y comunistas. De esta manera se configuraba una noticia, aunque sin el resultado esperado, pues el timonel del partido de oposición igual asistió al cónclave, si bien negando que existiera la voluntad de pactar acuerdos.

Moro muerto

La historia moderna es rica en episodios que han tenido como propósito el distanciamiento de ambas fuerzas políticas, pero quizá ninguno sea más impactante y estremecedor que el secuestro y posterior asesinato de Aldo Moro. Y es que la representación estética de la violencia empleada contra Moro no tiene parangón. Su cadáver fue abandonado por las Brigadas Rojas en pleno centro de Roma… ¡a medio camino entre las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista! El cuerpo acribillado de Moro simbolizaba la ruptura del compromiso. Con su muerte, el corazón del Estado había sido alcanzado. Así lo explicaban las especulaciones de la izquierda radicalizada: «Conjugar la terrible belleza del 12 de marzo de 1977 en las calles de Roma y la potencia geométrica desplegada en la Vía Fani el 16 de marzo de 1978, con el secuestro de Moro, ésa ha de ser la puerta estrecha a través de la cual puede crecer o perecer el proceso subversivo en Italia.»

Pero no es posible entender el sacrificio de Moro sino sobre el telón de fondo de la Guerra Michael TownleyFría. Esta ofrece el contexto para comprender el golpe de Estado en Chile, el atentado contra Bernardo Leighton, y el crimen perpetrado en la persona del ex Presidente Eduardo Frei. Es sobre su escenario que siglas como P2, Red Gladio y Plan Cóndor; o nombres como Stefano Delle Chiaie, Licio Gelli, Francesco Pazienza, Vincenzo Vinciguerra, Michael Townley, Enrique Arancibia Clavel, Eugenio Berríos, se constituyen en eslabones de una cadena de complicidades ya difíciles de ocultar.

La conmoción causada por el derrocamiento de Allende en la izquierda europea fue de tal magnitud, que uno de sus más notables líderes, Enrico Berlinguer, a la sazón secretario general del poderoso Partido Comunista Italiano ―colectividad que en 1976 conquistó la adhesión de más de un tercio del electorado―, llegó a formarse convicción acerca de la necesidad de forjar un compromiso histórico con la Democracia Cristiana. Pensaba en un pacto de solidaridad nacional que permitiera evitar el mismo desenlace habido en Chile.

Fue, sin embargo, Aldo Moro, el presidente de la Democracia Cristiana, quien, superando con creces la apuesta institucionalista de Berlinguer, ofreció a éste incorporar a los comunistas al gabinete de ministros. Antes le había planteado como condición, que el PCI adoptara una línea de independencia de Moscú, algo que vendría a cuajar el año 1977, cuando Berlinguer, Santiago Carrillo y Georges Marchais, reunidos en Madrid, dieron origen al llamado eurocomunismo.

En aquellos años Italia era sacudida por la violencia de “rojos” (de izquierda) y “negros” (fascistas). Si en 1975 se contabilizaron 702 actos terroristas, en 1976 éstos se elevaron a 1.198, y, en 1977, ascendieron a 2.128. Desde comienzos de la década, se hablaba del uso de la violencia como quien habla de legítimas herramientas de presión popular. Antonio Negri, profesor de la Universidad de Padua y fundador de Poder Obrero y, luego, de Autonomía Obrera, se daba el gusto de proclamar públicamente: «Mover el movimiento hacia la boca del poder significa conducir toda la estructura del movimiento hacia la lucha armada».  El tiempo habría de demostrar que fue la boca del poder la que terminó tragándose al movimiento, no sin antes instrumentalizarlo para consumar lo que en la percepción de no pocos observadores, entre ellos, la hija de Moro, fue un golpe de Estado semejante al que acabó con la vida del presidente Kennedy.

Moro fue secuestrado cuando los comunistas estaban a punto de entrar al gobierno. Fue muerto 55 días después, en los momentos que la Democracia Cristiana se abría a la negociación con los secuestradores, y se aprestaba a ofrecer una fórmula de arreglo para conseguir su liberación. 

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