Gobierno de minoría

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Cualquiera sean las razones que justifican el sistema binominal, la segunda vuelta presidencial y el exacerbado presidencialismo, todas confluyen en una sola: asegurar el gobierno de las mayorías y, por ende, la estabilidad y la gobernabilidad democráticas. Sin embargo, al paso que vamos, empezamos a ser espectadores de la gran paradoja de nuestro régimen político. Pese al binominalismo, la actual administración es minoría en la Cámara de Diputados y en el Senado. Pese a la segunda vuelta presidencial, la coalición oficial alcanza la mayoría para gobernar, pero no consigue gobernar. Y pese a las excesivas facultades presidenciales, la autoridad del Presidente de la República no logra sortear la prueba de una opinión pública que le es adversa.

La caída de la popularidad del Presidente Piñera es algo inédito en los últimos veintidós años. No existe parangón con los momentos más críticos vividos por los gobiernos de la Concertación. Aunque al final de su mandato, en medio de la recesión económica y el desempleo, la popularidad de Frei descendió al 28 por ciento, nunca el rechazo a su gestión se empinó por sobre el 56 por ciento que hoy exhibe el Jefe de Estado. Y si durante la crisis del Transantiago y las disidencias de Chile Primero y el actual PRI, la aprobación a Michelle Bachelet se precipitó al 35 por ciento, esta baja aceptación no se vio reforzada por una desaprobación tan elevada.

La ministra Von Baer atribuye el comportamiento de la opinión a que este gobierno ha debido tomar decisiones difíciles y, por lo tanto, impopulares. Los mismos sondeos se han encargado de demostrar que la persistente baja en la adhesión al Presidente y al Gobierno está asociada a los conflictos de Magallanes, de la ex intendenta Van Rysselberghe, del caso Kodama, del proyecto Hidroaysén y, últimamente, de la reforma universitaria; problemas todos que tienen su origen en decisiones del Ejecutivo. Luego, si las decisiones se han tornado difíciles, ha sido porque el Gobierno las ha hecho difíciles. Y si no dependieran del Gobierno, no se entendería que la ministra hubiera abrigado la esperanza de vencer la adversidad de las encuestas a través de una agenda social proactiva o, en subsidio, a partir de una cuenta pública que instalara los nuevos temas del debate. Pero nada de ello ocurrió. En cambio, y dando crédito a las expresiones de sus propios parlamentarios, ha quedado de manifiesto la falta de liderazgo, de conducción y de iniciativa política del oficialismo. La que no se ha hecho patente por méritos de las bancadas parlamentarias opositoras, ni por la acción difusa de sus partidos, sino por una oposición social transversal y emergente, a ratos levantisca, y todavía distante de constituirse en genuino actor de la alternativa.

El senador Longueira ha apuntado a la carencia de relato, lo que también entraña la ausencia de diagnóstico. Esta pérdida de visión compartida de la realidad explica por qué el Gobierno y sus fuerzas políticas de apoyo, insisten en reproducir el juego de gobierno y oposición, de coaliciones y partidos, de propaganda y reclutamiento, que caracterizó a la transición chilena, cuando tal modelo estratégico ha sido agotado y superado por las vertiginosas transformaciones sociales acaecidas. Estas han podido provocar profundos cambios de conciencia, al punto de alterar las creencias, valores, convicciones y motivaciones políticas, y dejar en la obsolescencia el funcionamiento de las instituciones, los partidos políticos y las organizaciones sociales clásicas. Gracias a este nuevo prisma, problemas sociales, como la energía, la probidad, el medio ambiente, el paisaje, la distribución del ingreso y las oportunidades educativas, hoy toman una fisonomía y un relieve que escapan de los moldes ideológicos convencionales.

Desde luego, no se puede seguir actuando como gobierno de mayoría cuando se es minoría. Y no se puede seguir aferrado a dogmas inamovibles, ni a estilos beligerantes, cuando se necesita apertura y entendimiento para dar gobierno.

 

Vamos a perder el gobierno

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