Perú: La Derrota Del Modelo

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El conocido pintor peruano Fernando de Szyszlo observaba que mientras Humala había clasificado para la segunda vuelta presidencial con el 70 por ciento del electorado en contra, Keiko lo había hecho con la renuencia del 80 por ciento. Fue precisamente tal circunstancia, el dilema entre minorías mínimas, la que convirtió los comicios de este domingo en una cuestión estratégica para los destinos del país vecino. La alta participación electoral, y la baja proporción de votos blancos y nulos, confirman el valor otorgado por la ciudadanía a la decisión final.

Se cree que todo esto ha sido una locura. Pero la razón y la emoción han incidido lo mismo en el actual desenlace. La cordura y la pasión de los votantes han sido igualmente impactadas por los mensajes políticos, sea en los núcleos urbanos interconectados e integrados, como en las regiones más deprimidas y apartadas de la globalización.

Que era un soldado de Chávez, fue lo último que se dijo de Humala. Y de Keiko, que vendería la patria en pedacitos. Pero si éstas son las imágenes, consignas y estereotipos del imaginario colectivo que llevó a los peruanos a tomar partido entre opciones muy disímiles —simplificadas y realzadas por la propaganda política—, no serán las que dominen a la hora de formar gobierno y de asegurar su estabilidad. Tardaremos tiempo en saber qué fue realmente lo que actuó sobre la voluntad del elector, pero, mientras no lo sepamos, las interpretaciones sucedáneas vendrán del lado de la oferta electoral más que del lado de la demanda popular.

Y aunque parezca de Perogrullo, aquí lo que se votó fue lo que decía el envoltorio de cada promesa. Si la oferta de Ollanta Humala representaba el rechazo al modelo económico y político que ha generado injusticia y desigualdad, a la globalización y a la irrefrenable codicia de los empresarios; si su oferta comportaba asimismo una apuesta a favor del mercado nacional y de la intervención del Estado, entonces el triunfo del ex militar no puede sino ser interpretado como una esperanza de reforma del sistema.

Si, en cambio, Keiko Fujimori encarnaba la continuidad de la estrategia neoliberal de desarrollo iniciada por su padre, cuyo máximo orgullo es la pujante modernidad de Lima, en contraste con la miseria y el abandono de extensas zonas pobladas por «indios que no hablan castellano», entonces su derrota no puede sino ser vista como un signo de insatisfacción con la vía seguida hasta ahora. Y si durante toda su campaña Keiko buscó tranquilizar al electorado, recordándole que fue su padre quien creó el modelo del cual ella se proclamó garante de estabilidad política y económica, entonces su fracaso no puede sino ser tenido como el fracaso del modelo.

Que la razón no es algo separado de las emociones, y que, en el fondo de las motivaciones políticas, siempre anida la sensatez básica del pueblo, según la sabia expresión de Juan Pablo Terra, lo ocurrido no debe ser mirado como tragedia, sino sólo como la presencia de un cambio paradigmático que recorre los intersticios de la globalización, de la cultura política y de la conciencia popular del otrora Virreinato del Perú.

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