Movimientos sociales y crisis de representación

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«Es un movimiento político que busca transformar las formas de representación y decisión. Porque, en medio de una crisis estructural que corroe la existencia cotidiana, la condición previa para cambiar de modelo es cambiar las formas de elaboración y gestión del modelo».

Manuel Castells

 

1/ El malestar

Las expresiones de descontento de amplios y diversos sectores sociales, han llamado la atención de columnistas, analistas, periodistas y editores de medios de comunicación. No han concitado, sin embargo, igual preocupación de la ciencia política ni de la sociología, académicas, distantes como sus centros de estudio e investigación, del fenómeno aludido. A falta de análisis teóricos comprensivos, la reflexión política ha debido amoldarse a las hipótesis exploratorias existentes sobre las causas, magnitudes y consecuencias de las movilizaciones sociales observadas, lo que ya es un principio de interpretación; al menos, un punto de partida.

Es indudable que estamos en presencia de acontecimientos nuevos. Pues, si fueran de regular ocurrencia, no nos sorprendería la gran cantidad de protestas y de manifestantes, ni las exitosas modalidades de comunicación de sus convocatorias, ni el sentido de sus demandas. Para mayor complejidad del problema, las dudas sobre su significado político y social sólo producen otras interrogantes de difícil respuesta: ¿Qué une a sectores con estilos de vida, posiciones de clase, e intereses tan disímiles? ¿Qué motivaciones llevan a los manifestantes a movilizarse y a expresarse? ¿Qué convicciones los animan a prolongar e intensificar la presión social sobre el sistema político? ¿Qué distingue a la protesta de Magallanes por el alza de los combustibles, de las oleadas públicas contra la instalación de las represas de Hidroaysén, o de las movilizaciones a favor de la reforma educativa?

Intentos de respuesta no han faltado. El más reciente es del diario La Tercera que, bajo el título De dónde viene el malestar[i], ha ofrecido algunas claves. La crónica del matutino apunta, primero, a una rebelión contra el poder originada en la injusta distribución del crecimiento económico, y en el rechazo al gran poderío que exhiben los empresarios, sobre el fondo de una experiencia de abuso institucional del que la clase dirigente habría sido cómplice o no habría sabido corregir. En seguida, subraya el desgaste de la política, reflejada ésta en una desaprobación inédita de las instituciones y de sus representantes. Luego, reconoce la existencia de una sociedad más consciente de sus derechos y posibilidades al contar con mejores niveles de escolaridad, mejores ingresos, mayor autonomía y dominio cultural. Esta peculiaridad le imprimiría a la demanda social un carácter de masas, más que de élite utópica, cuya difusión se habría visto favorecida por la irrupción de redes sociales como twitter y facebook donde circula el descontento, pero no se produce aquella auténtica deliberación que podría convertirla en contra-disciplina alternativa del orden establecido. En un plano más contingente, el artículo señala como causa del malestar a una crisis de expectativas que se hace pública como una actitud de rechazo de corte nihilista, o como una crisis de representación en el contexto de una cultura política de centroizquierda. Finalmente, destaca el efecto que habría tenido la inflación, el alza de los precios de los productos de primera necesidad en los sectores más pobres.

Es probable que todas estas motivaciones estén en el origen de las movilizaciones. Es también probable que cada una de ellas represente una fracción de conciencia de los individuos movilizados, o una parte de los intereses comunes de los grupos concernidos en las protestas. Pero esta enmarañada combinación de factores estructurales con otros coyunturales, es señal de que estamos frente a un nuevo estado de la opinión. Uno que promete transformar las fuentes de tensión y de conflicto en motivo de protesta masiva y prolongada.

Ayer fueron el alza de los combustibles e Hidroaysén. Hoy es la reforma de la educación pública. Tal vez mañana serán otras las motivaciones de la protesta social. O quizá las movilizaciones cesarán para retornar renovadas. Sólo parece ser cuestión de oportunidad o, en el lenguaje clásico, que el estallido social encuentre condiciones objetivas de realización.

2/ Nuevas formas de conciencia social

El caso es que existen condiciones nacionales e internacionales[ii] propicias para la activación de la demanda social. Paradójicamente, estas condiciones nacionales que favorecen el actual despertar social, son precisamente aquellas que la tradición conservadora señala como garantías de estabilidad, certidumbre y normalidad, y que, por cierto, también exalta como motivo de satisfacción. Una de sus exponentes ha escrito: «De cien mil estudiantes en educación superior pasamos a un millón; aproximadamente 8 de cada 10 estudiantes universitarios son el primer miembro de su familia en llegar a la universidad y no hay mayor palanca de movilidad social que ésta… Pero esto no está realmente en la mente de los alumnos “indignados”; ellos simplemente quieren educación pública[iii]. ¿Cómo que no están en la mente de los estudiantes? Si son tales cambios los que han estimulado un movimiento más racional, más organizado y masivo, y más consciente de sus derechos y posibilidades. ¿Por qué los estudiantes habrían de resignarse a sus actuales posiciones en la jerarquía de ascenso social? ¿Por qué habrían de abandonar su aspiración a una educación pública? ¿Por qué habrían de caer rendidos al diálogo que les plantea el ministro de Educación? ¿Y por qué habrían de ver en el Gobierno a un aliado de sus reivindicaciones? ¿Y de dónde viene eso de encasillarlos como indignados no dialogantes, cuando si algo ha distinguido a la metodología de las protestas ha sido la ocupación de calles y recintos, simultáneas, y no separadas de la negociación?

Esta visión conservadora, no sólo malinterpreta las consecuencias psicosociales del aludido cambio estructural, sino, lo que es peor, pasa por alto que tras las manifestaciones de protesta hay un vasto segmento de opinión que simpatiza con sus ideas. Es una mayoría del país la que les presta su adhesión, como lo confirman persistentemente las encuestas. No debiera sorprendernos que los cursos de acción imaginados a partir de esta distorsionada percepción resulten igualmente equivocados. Creer que entendiéndose con el Partido Comunista se podría controlar y moderar la protesta estudiantil, es no comprender la naturaleza subpolítica y plural de aquélla. Pensar que dividiendo al movimiento se lo podría forzar a la negociación y a la aceptación de las fórmulas gubernamentales, es no asumir la primera condición política del diálogo cual es la de reconocer al interlocutor como un actor legítimo y equivalente.

Ha sido la misma estrategia de desarrollo seguida hasta ahora, sea por sus efectos benéficos o perniciosos, la que ha suscitado los cambios de conciencia observados. Han sido la superación de la pobreza, el crecimiento de las capas medias, y el mínimo, aunque eficaz Estado de derechos y garantías, los que han provocado profundas mudanzas en las expectativas de las personas. Estudios serios revelan que entre 1990 y 2006 la clase media casi se duplicó gracias al generalizado ensanchamiento de la educación, la disminución del número de personas por hogar, la menor tasa de dependencia económica, la mayor participación laboral femenina, el incremento de la capacidad de consumo de los hogares, la expansión del crédito, la disminución de los precios relativos de los bienes de consumo, el surgimiento de grandes empresas orientadas a los productos masivos de bajo costo, y la mayor capacidad de endeudamiento a través de tarjetas de crédito. Hoy esta clase media ha llegado a abarcar el 52 por ciento de los hogares. En su reverso, de cada 10 hogares de clase media, a lo menos 7 pertenecen al estrato bajo, caracterizado por una precaria inserción laboral, bajos ingresos, falta de contrato, y carencia de seguridad social. Ha sido esta mayor conciencia, en contraste con una mayor desigualdad social y una mayor incertidumbre sobre el futuro, la que ha hecho explotar el descontento.

Contrariando la creencia de que sólo las recesiones económicas provocan descontento, la experiencia demuestra que los ciclos de bonanza económica están fuertemente asociados a la emergencia de movimientos colectivos de gran alcance. En los años sesenta el capitalismo industrial se hallaba en su apogeo y, las generaciones protagonistas de la movilización social no habían conocido el hambre alienante de la guerra. Y sin embargo, por todas partes brotó una demanda de libertad. Hoy, el capitalismo financiero alcanza su mayor auge y, como nunca, las comunicaciones ponen en vitrina la riqueza extrema, los abusos de poder y la corrupción. En todas partes empieza a extenderse la  preocupación política por el deterioro ambiental, la crisis alimentaria y la escasez del agua potable. Y aunque los principales actores de esta nueva ola de protestas no conocieron los horrores de la dictadura, y se han incorporado al consumo masivo de bienes y servicios (desde luego, a la educación y a la salud privadas), la suya entraña  una demanda de justicia en todas las dimensiones reconocibles de este valor: legalidad, legitimidad, equilibrio, equidad, paridad, honestidad, moralidad, probidad, ecuanimidad, imparcialidad, rectitud, integridad.

3/ Memoria latente

El primer chispazo de los convulsos años sesenta ocurrió el año 1964 en Berkeley[iv], cuando los jóvenes se movilizaron contra la guerra que libraba Estados Unidos en Vietnam. Su principal teórico fue el sociólogo alemán Herbert Marcuse, de quien se ha dicho que su ascendiente sobre los estudiantes se debía a que se mostraba como un académico desprovisto de la solemnidad, de la pedantería y el autoritarismo de los profesores alemanes, armado de ironías contundentes y carcajadas purificadoras.

Años después, estallarán los movimientos de Checoslovaquia, Polonia, México, Francia y Alemania.

La Primavera de Praga fue el intento por instaurar un socialismo libertario. Consistió en un movimiento de denuncia de la policía secreta, del miedo, del dogmatismo y de las coacciones que asfixiaban el derecho de los ciudadanos a pensar y a disentir. Inspiradas  por la Primavera de Praga, brotaron en diversas ciudades de Polonia masivas manifestaciones estudiantiles contra la censura, la falta de libertad y de democracia que culminaron el 8 de marzo de 1968. A raíz de ellas, el régimen deportó a entre 15 mil y 20 mil judíos acusados de servir al sionismo y a la intervención extranjera. Dichas manifestaciones fueron precursoras del movimiento Solidaridad, una organización disidente que, en los años ochenta se convirtió en el primer sindicato independiente de los países del Este y, luego, en el principal artífice de la transición democrática de Polonia. En una retrospectiva, el escritor mexicano Carlos Fuentes ha concluido que los movimientos del 68 fueron premonitorios del eclipse del comunismo y del posterior derrumbe la Unión Soviética[v].

Las movilizaciones estudiantiles de México en 1968[vi], pusieron fin al predominio del periodo posrevolucionario autoritario inaugurado en la década del 20,  pero abrieron otro régimen tanto o más represivo y corrupto, pero esta vez, de corte neoliberal.

En Occidente los movimientos más significativos fueron los de París y Berlín. El movimiento de París nació el 22 de marzo de 1968, cuando un grupo de universitarios ocupó las dependencias de la Universidad en Nanterre y fue desalojado por la policía, suscitando la solidaridad de La Sorbona (Universidad de París). Ésta fue clausurada y los dirigentes convocaron a un paro nacional para exigir la liberación de los estudiantes detenidos, la reapertura de las facultades, y el retiro de la policía. El 6 de mayo, unas 600 mil personas salieron a las calles, en lo que el gobierno describió como una verdadera revuelta social. Luego, se desataron batallas campales entre manifestantes y policías, al punto que la famosa «noche de las barricadas» dejó más de mil heridos, 500 detenidos, 200 automóviles quemados, y barrios destruidos por doquier. Sobre un millón de franceses protestaron en las calles de París y 17 millones trabajadores paralizaron sus faenas. Francois Miterrand habló en aquel momento de «la desaparición del Estado», mientras que el Presidente Charles De Gaulle llamó a elecciones, que el gobierno ganó al recibir el respaldo de una mayoría de electores que apostaron por la estabilidad.

El movimiento estudiantil de Berlín se encendió en junio de 1967, cuando un estudiante que protestaba en las calles contra la visita del Shah de Irán fue alcanzado por un proyectil disparado por un policía. Este hecho desencadenó una serie manifestaciones en contra del gobierno, de forma tal que, en 1968, una «revuelta continua» se apoderó de los barrios universitarios. Indignados por la presencia de antiguos nazis en altos cargos gubernamentales y por reformas políticas antidemocráticas, los manifestantes acabaron ocupando las universidades.

Como en los sesenta, también las actuales movilizaciones denuncian el orden político, a sus instituciones y representantes[vii]. Critican la esclerosis de las instituciones, la rutinización de los liderazgos, el encapsulamiento de los partidos, el abuso de poder y la corrupción. Como en los sesenta, la mayoría de sus activos son jóvenes, principalmente estudiantes. Entonces, se les llamaba «los rabiosos»; hoy «los indignados»[viii].

También en sus orígenes las protestas de los sesenta fueron espontáneas, faltas de organización y de proyecto. Dado que sus protagonistas no pertenecían a la clase política establecida, debieron responder a especificidades propias, atribuibles a distintas estructuras de oportunidad, según el momento y el lugar en que surgieron.

En los años sesenta la reacción conservadora acusó a sus promotores de subvertir la «democracia liberal» con unos ideales de «democracia participativa» que sólo conducían a la ingobernabilidad. Imputaron su autoría intelectual a la nueva clase, o clase instruida, encargada de la producción y distribución del conocimiento simbólico. Hoy, la reacción conservadora los responsabiliza de transgredir la «democracia de las instituciones», con un ideal de «democracia deliberativa» que buscaría diseminar la representación política en una multiplicidad de organizaciones y formaciones sociales. Y cree ver en las redes sociales la fuente y el vehículo de sus convocatorias[ix].

Los movimientos de los años sesenta fueron un fenómeno transnacional que dio nacimiento a nuevos intereses, partidos y grupos. De ellos derivaron los movimientos de derechos humanos, ecologistas, feministas, pacifistas, antimilitaristas, indigenistas y de solidaridad social. La izquierda vio en aquellos movimientos la encarnación de un nuevo sujeto histórico, de una nueva vanguardia llamada a transformar la sociedad capitalista. Paradójicamente, el costo inmediato de su irrupción recayó sobre esa misma izquierda[x].

4/ El horizonte de la protesta social

¿Qué distingue a los movimientos de nuestros días? Hoy las movilizaciones sociales son menos esporádicas y más recurrentes, como lo demuestran las protestas contra la instalación de Barrancones e Hidroaysén (2010 y 2011), y las grandes marchas de los estudiantes secundarios (2006 y 2011). También han conquistado mayor amplitud y diversidad. Sus líderes emplean los canales institucionales, y tienden puentes de interlocución con la política convencional. Por lo mismo, tales movimientos obedecen a un estándar más suave, tolerante, selectivo, legal, preventivo, consensual, flexible y profesional de la acción colectiva.

En todo caso, constituyen una expresión subpolítica de la representación de intereses, lo cual sugiere que se construyen desde abajo con la pretensión de influir en una escena política que, de otro modo, les permanecería vedada. «Subpolítica ―afirma el sociólogo alemán Ulrich Beck―  significa influir en la sociedad desde abajo. Visto desde arriba, esto resulta en la pérdida de poder de implementación, el hundimiento y minimización de la política. Gracias a la subpolitización, existen oportunidades crecientes de tener voz y voto en la estructuración de la sociedad para los grupos hasta ahora no comprometidos en el proceso sustantivo de tecnificación e industrialización: ciudadanos, la esfera pública, movimientos sociales, grupos de expertos, trabajadores sobre el terreno…»[xi] Por lo mismo, no necesariamente poseen un horizonte común de emancipación, y están expuestos a la prevaricación de sus motivaciones originales.

Y aunque los actuales movimientos no se propongan proyectos políticos generales, vienen a satisfacer la demanda de identidad que los partidos políticos abandonaron al replegarse desde lo social a lo puramente institucional, lo cual abre un campo de lucha entre los presupuestos ideológicos de la democracia deliberativa en cierne, y los postulados de la democracia de las instituciones. Pues, si a la pérdida de la clase social y de la religión, le ha seguido la aparición de la etnia y de la nación, como sustratos espirituales de la conciencia colectiva contemporánea, puede decirse que a los partidos políticos les suceden estos nuevos movimientos sociales, de los cuales habrán de surgir formaciones políticas aún más legítimas y representativas.


[i] De dónde viene el malestar, La Tercera, Reportajes, sábado 18 de junio de 2011, página 4, http://diario.latercera.com/2011/06/18/01/contenido/reportajes/25-73167-9-de-donde-viene-el-malestar.shtml
[ii] En el Mediterráneo, países como Túnez, Egipto, Siria, España y Grecia, han visto estallar masivas protestas de ciudadanos que se movilizan en demanda de mayor justicia y democracia. Una ola de manifestaciones que se extiende por el mundo.
[iii] Cristina Bitar, Los indignados no dialogantes, La Segunda, 20 de junio de 2011, pág. 9
[iv] En Berkeley, California, Estados Unidos, las manifestaciones de descontento surgieron a raíz del repudio que suscitaba la guerra de Vietnam y a la falta de garantías a la libertad de expresión.
«El 1 de octubre de 1964, un activista pro derechos civiles llamado Jack Weinberg (…) fue detenido en el campus de Berkeley. Había desobedecido la prohibición de hacer propaganda política en el campus al sentarse a una mesa llena de folletos sobre los derechos civiles. Lo metieron en un coche de la policía, rodeado de manifestantes. Sin un plan concreto, los estudiantes comprometidos con el movimiento pro derechos civiles se sentaron en el suelo. Llegaron más y más estudiantes, e inmovilizaron el coche durante treinta y dos horas.»
“Como ya hemos señalado, este tipo de sucesos se encuadra en el contexto de unas universidades estadounidenses repletas de universitarios/as que veían con cierta impotencia cómo su país reclutaba jóvenes para una guerra que veían por primera vez portelevisión cómo iba acumulado muertos día a día sin que nada pareciera poder detenerla. Universitarios/as que mientras leían a Marcuse veían en la universidad el semillero de los nuevos magnates económicos y políticos destinados a preservar el status quo.
El epicentro de la movilización estudiantil norteamericana pudo estar en Berkeley, pero es un hecho que rápidamente otros campus del país se hicieron eco y reprodujeron lo que en California estaba pasando. Más aún, lo que allí se gestó trascendió las fronteras del país y alcanzó a otros países europeos y asiáticos que veían cómo sus estudiantes salían a la calle con visos de tomar las riendas de una revuelta. La juventud comenzaba a protagonizar una lucha política que iba de universidad en universidad y que se erigía independiente de las estructuras políticas y de los referentes ideológicos del momento (imperialismo americano versus comunismo soviético)”. Véase: Pedro Ibarra y Noemí Bergantiños, Movimientos estudiantiles: de mayo del 68 a la actualidad. Sobre las «Experiencias utópicas» de un movimiento peculiar. En: Xavier Albizu Landa, Joseba Fernández González y Jon Bernat Zubiri Rey, Movimientos estudiantiles: resistir, imaginar, crear en la Universidad, Editorial Gakoa, Donostia, 2008, pág. 5 y ss.
[v] Carlos Fuentes, Los 68. Paris, Praga, México, Ramdom House-Mondadori, México, D. F., 2005.  “El mayo francés ―escribe Fuentes― fue una crítica a la autosatisfacción del orden establecido y de afirmación radical, es decir, de retorno a las raíces de la promesa social, cultural y humana de una modernidad pervertida”.
[vi] “El movimiento nació en julio, con el paro de varias escuelas en respuesta a los abusos policiales. La posterior entrada de los granaderos en los planteles y, en particular, en la preparatoria de San Ildefonso –donde tiraron con un bazucazo una puerta del siglo XVIII– provocó la condena del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien izó a media asta la bandera nacional y encabezó una marcha en defensa de la autonomía universitaria y por la liberación de los estudiantes presos. El movimiento creció en agosto y las marchas ocuparon el Zócalo de la Ciudad de México, donde los manifestantes fueron dispersados por la intervención del ejército. En septiembre, luego de la “marcha del silencio” en contra de la desinformación y la criminalización por parte de la prensa y el gobierno, el ejército ocupó la Ciudad Universitaria de la UNAM y el Casco de Santo Tomás del Instituto Politécnico Nacional, y se retiró el 1 de octubre. El 2 de octubre, una masiva manifestación en la Plaza de las Tres Culturas fue atacada por el ejército y por un grupo paramilitar (el Batallón Olimpia), provocando un número todavía desconocido de muertos y heridos. Días después de la masacre de Tlatelolco, el presidente Díaz Ordaz inauguró los juegos olímpicos. Y siguió la larga noche de la guerra sucia”. Massimo Modonesi, 1968: a 40 años del movimiento estudiantil en México, Aportes del pensamiento crítico latinoamericano, México, 145 y ss.
[vii] El sociólogo francés Alain Touraine, opina que “la ausencia de respuesta de los países europeos a la crisis ha comportado una crisis política. Los electores, sobre todo los jóvenes instruidos, tienen la conciencia de que se encuentran frente a un vacío político. En varios países, y no sólo en España, ha habido movimientos parecidos de ruptura. No se trata en absoluto de revolución, sino de la conciencia de no estar ya representados. El movimiento español parece una manifestación desesperada de una izquierda abandonada y engañada. Estos movimientos reclaman con urgencia nuevas proposiciones del sistema político. Es la ausencia de propuestas para salir de la crisis la que causa la indignación”. http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Entrevista_Alain_Touraine_0_498550356.html
[viii] Los indignados reciben su nombre del opúsculo Indignez-vous!, escrito por Stéphane Hessel, ex miembro de la resistencia francesa, si bien nació en Berlín. Se trata de un libro de no más de 32 páginas (como el Manifiesto del Partido Comunista de 1848), que ya sobrepasa el millón de ejemplares, y que será traducido a veinte idiomas, lo cual da cuenta de su universalidad. Una versión en español se adjunta como anexo.
[ix] El Gobierno ha llegado al límite de contratar un servicio de monitoreo de redes sociales. Un sistema que se actualiza cada 15 minutos, permite registrar las opiniones y ver el lugar del que se emitieron. Hay quienes consideran que por ser un procedimiento intrusivo de la privacidad, atenta contra las libertades constitucionales de las personas.
[x] El sociólogo dominicano César Pérez, ha escrito: “No deja de llamar la atención que a pesar de la justeza de la rabia de sus protagonistas, en el 68 francés, en las elecciones del 30 de junio, menos de dos meses del inicio del movimiento, los partidos socialista y comunista perdieron100 diputados, 39 y 61, respectivamente, ganando el centro derecha la mayoría absoluta. Dos semanas después del inicio del mayo español, la derecha gana las elecciones municipales y autonómicas con la mayor puntuación de toda su historia, con un poder jamás tenido desde el inicio de la democracia, como allí se dice”. http://www.acento.com.do/index.php/blog/894/78/Del-mayo-del-68-al-mayo-del-2011.html
[xi] Ulrich Beck, The reinvention of politics: towards a theory of reflexive modernization. Citado por Jesús Casquete, El poder de la calle, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2006, pág. 64
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