Ideologización y desideologización de la demanda social

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Buscando desacreditar el prestigio, la fuerza y la voluntad de la demanda educativa, el Gobierno inventó que el movimiento se había ideologizado. La atribución no es nueva. Desde hace unas tres décadas que se encuentra en la caja de herramientas del neoliberalismo criollo, y se emplea con regularidad contra todo aquello que se desvía del «modelo de negocios» concebido para organizar el gobierno, la economía y la sociedad.

Aplicado al movimiento estudiantil, significa que éste ha perdido su sentido original. Que de haber sido una legítima expresión de insatisfacción ciudadana, ha pasado a ser el producto de la instrumentalización política practicada por el Partido Comunista y por la izquierda. Lo dijo el ministro Lavín ­—que convencido de la hegemonía de los comunistas privilegió el entendimiento con ellos para poner fin al conflicto: «Se cruzó el umbral. Se fue mucho más allá, y de un movimiento genuinamente educacional, se pasó a uno mucho más ideologizado».

Pero también sus analistas ofrecieron argumentos para reforzar esta idea de la ideologización. Gustavo Rosende, un joven exponente de la Fundación Jaime Guzmán, tratando de demostrar el sello ideológico del malestar social, observó que ninguna de las respuestas dadas por los entrevistados a una reciente encuesta había señalado al lucro y a la educación pública como los principales problemas del sector. Ignorando acaso que todas las respuestas se relacionaban con la mala calidad del servicio, originada en el lucro y en las falencias de la educación pública, dijo que éstas eran: ¡la calidad de los profesores, la indisciplina de los alumnos, la escasez de recursos, y la baja participación de los padres! Es como si hubiera dicho que nadie está insatisfecho con la democracia porque lo que la gente en verdad quiere es participación, derecho de reunión y libertad de expresión.

Otro columnista de La Segunda, Gonzalo Müller, fijó un antes y un después de la protesta ciudadana. Dijo que las convocatorias previas a la ideologización del movimiento, aquellas transversales y amplias, habían conseguido hacer salir a las calles a más de 80 mil estudiantes. En consecuencia, las que les sucedieran, o sea, las conducidas por los comunistas y por la izquierda, las que reclamaran la estatización de la educación pública, habrían de ser menos ciudadanas y, en estricta lógica, menos numerosas. ¿Qué pasó en realidad? Ocurrió que las movilizaciones del 30 de junio fueron tan masivas que superaron todos los pronósticos. Con honestidad intelectual Müller tendría que admitir una de dos explicaciones: que los comunistas controlan la protesta, y consiguen la comunistización de la demanda ciudadana; o que el movimiento trasciende a los comunistas, y da cuenta de un país que ha cambiado sus expectativas.

Como fuere, ideologizada o no, la insatisfacción es real, como reales son las aspiraciones que movilizan a la población. Ahora lo que viene es una estrategia de desideologización conocida y sufrida por el mundo popular desde los inicios de la transición: contener la demanda social, parlamentarizar el debate, y quitarles poder y protagonismo a las organizaciones sociales.

 

 

 

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