El crepúsculo de la política «socialité»

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Hace dos meses la Concertación solicitó al Presidente Piñera una reunión para tratar la postergada agenda social. Pero el Jefe de Estado decidió no concederla y, en subsidio, respondió con una carta. Semanas después invitó a los presidentes de los partidos a un improvisado almuerzo que, a falta de propósitos claros, perdió toda relevancia. El martes, la Concertación pidió una nueva reunión. Y esta vez el Primer Mandatario accedió a la petición, fijando la cita para el día siguiente a las diez y media de la mañana, minutos antes de abordar el avión que lo llevaría a la ceremonia de cambio de mando en Perú. También minutos antes de la reunión, los presidentes de los partidos pidieron al Gobierno prorrogar el encuentro a la espera del resultado de las conversaciones que se estaban desarrollando entre los dirigentes sociales y los parlamentarios.

Lo que sobrevino fue un revuelo conocido por todos. El Gobierno, a través de su vocero, acusó a la Concertación de haberle faltado el respeto a las familias de este país. Sin embargo, no fue la suya la censura más severa. Los reproches más fuertes provinieron de la propia Concertación. El nonagenario ex Presidente Aylwin sostuvo que «en la historia de la democracia chilena cuando los Presidentes convocan e invitan, se cumple y reciben», palabras que, naturalmente, fueron celebradas por el oficialismo. Otros afirmaron que la decisión de los timoneles no había sido la más adecuada, que no se conciliaba con un buen comportamiento, que había faltado el respeto a la institución de la Presidencia, que había sido un error comunicacional, que había empañado la reunión de los dirigentes sociales con los parlamentarios, y que había causado el fracaso del diálogo entre el Gobierno y los partidos políticos. Pero las más sorprendentes fueron las divergencias que hicieron públicas, en un nuevo aniversario de la Democracia Cristiana, dos de los vicepresidentes de la mesa encabezada por el senador Ignacio Walker. El diputado Jorge Burgos dijo que habría asistido a la cita así fuera sólo para pedir que se recibiera a los estudiantes; y el alcalde Claudio Orrego indicó que no era partidario de concurrir, aunque habría avisado esta determinación 24 horas y no 24 minutos antes de la reunión.

Ensimismados en la polémica por las formas que han adoptado las relaciones entre el Gobierno y la Oposición, pocos han reparado en el verdadero vuelco que ha experimentado la conducción de la Concertación. Un giro que se propone reposicionar a la coalición y ponerla en sintonía con las legítimas demandas de los movimientos sociales, y con los partidos que habrán de enfrentar unidos la próxima elección municipal. Por cierto, se trata de un esfuerzo de refortalecimiento de la democracia y de las instituciones, muy superior al aporte que podría esperarse de esta discusión sobre la dignidad del cargo que el propio Presidente de la República ha contribuido a devaluar, como nos lo recuerda su intervención en Barrancones. De haber tenido verdadera voluntad de diálogo, al Ejecutivo nada le hubiera costado aceptar la prórroga de 48 horas que le propusieron los jefes de partidos, lo que además le habría permitido destrabar su agenda social, y recuperar así su propia capacidad de dar gobierno.

Este nuevo modo de enfrentar los actuales desafíos —que como toda búsqueda en tiempos de crisis, no está exento de desaciertos—, es todo lo contrario del vacío de poder y de la ausencia de liderazgo que algunos creen ver en la Concertación. Aquí no hay un debilitamiento de la gobernabilidad interna del conglomerado, ni una ausencia de elaboración política en lo que está haciendo. Podría incluso observarse que estos esfuerzos por recuperar la voz y la genuina voluntad del país, están revelando cada día con mayor elocuencia el agotamiento de la vieja política de «socialité». Aquella refinada y aparente preocupación por el bien común que se exhibe en los tibios salones, entre cenas y recepciones, páginas y programas de farándula, y que pretende elevar a valor de debate trascendente lo que no es sino vacuo e irrelevante, por carente de interés social. No debería extrañar que las social–elites reaccionen al malestar ciudadano defendiendo las formas más que el fondo de las cosas. Es propio del temor a perder la autoridad y el prestigio que se ha detentado.

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