LA VIOLENCIA EN LA PALABRA

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Si ya es excesiva la violencia policial contra quienes protestaron el 4 de agosto. Si el gran número de jóvenes detenidos es un pálido reflejo de las fuertes imágenes que recorren el mundo revelando el inmisericorde ensañamiento de la represión; una furia que no ha reparado siquiera en la condición de menores de edad de muchos de los manifestantes. Si todo esto ya es demasiado para un país que con grandes concesiones y renuncias logró restablecer la paz social. Si todo esto ya de por sí es inconcebible, el lenguaje virulento que empieza a apoderarse de la cotidianeidad política para anular la legitimidad del adversario, reviste caracteres de descomposición.

Nada de lo expresado este fin de semana por los principales dirigentes de la derecha puede ser visto como un síntoma de normalidad de nuestra democracia. Las palabras tienen un valor en sí mismas. Pero cobran un valor superior en boca de quienes han elegido como oficio deliberar, parlamentar, relatar y liderar. Y se tornan todavía más determinantes en quienes ocupan altas posiciones de poder y autoridad como las jefaturas de partidos. Sobre todo, cuando la autoridad partidaria pertenece a la misma colectividad del Presidente de la República.

No es sólo el prestigio de la política la que se pone en juego cada vez que se rebaja el discurso de los representantes populares. Ni es sólo la convivencia pacífica y tolerante del otro la que se degrada. En términos prácticos, es la eficacia de los procedimientos políticos empleados para zanjar las diferencias y superar los conflictos, la que pierde vigor, y con ella, la capacidad de la sociedad para mantenerse cohesionada.

En el consejo general de Renovación Nacional, su presidente, el senador Carlos Larraín, ha formulado una sentencia sumamente grave. «No nos va a doblar la mano una manga de inútiles subversivos, que están instalados muchos de ellos, desgraciadamente, en un Parlamento, que no supimos ganar», ha dicho. No ha nombrado a los subversivos, aunque sabemos que está hablando, no de algunos, sino de muchos de sus congéneres del bicentenario Congreso Nacional. De hombres y mujeres que juraron o prometieron respetar la Constitución Política del Estado. De gente que aceptó regirse por las normas del derecho, de la institucionalidad jurídica, y de las pautas de tolerancia y de pluralismo.

El senador no se ha quedado ahí. Para no dejar lugar a dudas de que sus palabras apuntaban a quienes acusa de subvertir el orden establecido, ha introducido el conocido lenguaje de la guerra usado durante la dictadura. Ha agregado que estos «enemigos están al frente y nos dan una guerra, tarde, mañana y noche».

¿Qué conducta espera el senador que siga la audiencia que escuchó y quizá aplaudió sus expresiones? ¿Acaso prepararse para una guerra antisubversiva? ¿Suprimir toda posibilidad de diálogo desde el Gobierno, en el Parlamento, y en todos los campos de actividad social, con los así llamados subversivos? ¿Y a qué conduciría esta guerra?

Si el Presidente mostró inquietud por los efectos que podría tener el cónclave de RN sobre la gobernabilidad futura, ahora puede estar seguro que el sello beligerante del senador Larraín deja sin piso el llamado al diálogo hecho por el timonel de la Democracia Cristiana, y confirma el camino de la confrontación elegido por el Gobierno para enfrentar el malestar social.

No nos va a doblar la mano una manga de inútiles y subversivos

Oficialismo condena dichos de Frei

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