CHILE, UN PAÍS CAMINO A LA MADUREZ

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En apariencia las últimas declaraciones de Camila Vallejo destilan resignación. Pero esto sólo en apariencia. La líder universitaria cree que la tragedia de Juan Fernández desvió el foco de interés de la información y de la opinión pública del país, centrado hasta ahora en la protesta estudiantil. Esto le habría permitido al Gobierno imponer sus propios términos en la resolución del conflicto. El 30 de septiembre marcaría así un punto de inflexión, el momento del parteaguas para un movimiento que habrá logrado mantenerse activo durante cinco largos meses. Ese día el Ejecutivo debe enviar al Congreso el proyecto de Ley de Presupuestos para el próximo año, iniciativa que si bien lo obliga a responder con números, y sin rodeos ni eufemismos, qué tan profunda es la reforma que está dispuesto a emprender en educación, insta asimismo al movimiento social a decidir sus cursos futuros de acción.

La eventualidad de una derrota está latente entre los estudiantes. Pero también lo está en el Parlamento y en los partidos políticos. El primero, porque no podrá elevar los montos de las partidas presupuestarias que proponga el Ejecutivo y, los segundos, porque si fracasan en satisfacer las expectativas de una mayoría del país que apoya la demanda estudiantil, generarán una frustración que se convertirá en voto de castigo en la elección municipal de octubre de 2012. En tales circunstancias, la responsabilidad de la crisis se redistribuirá entre los actores institucionales, políticos y sociales, pero su agravamiento conducirá a un impasse de tal magnitud que podría hacer necesaria la consulta a la ciudadanía, mecanismo y condiciones ya anticipados por la Democracia Cristiana en su propuesta de reforma constitucional para instituir el plebiscito.

Por consiguiente, aún cuando el movimiento pusiera término al paro y estacionara las protestas públicas, pero sin abandonar la presión sobre las instancias de deliberación existentes, quedaría con un apreciable  margen de actuación para recuperar fuerzas y reimpulsar su acción reivindicativa el próximo año, pues, desde la promulgación de la citada ley —en diciembre de 2011— y hasta marzo de 2012 —cuando se produzca el regreso a clases—, puede abrirse un corto interregno político de ritmo e intensidad no muy diferente al registrado el verano pasado cuando estallaron las manifestaciones de descontento de Magallanes. Pero pueden aparecer señales iluminadoras, y la mirada de un hombre justo y sabio y, en consecuencia reconocido y respetado por el movimiento, como es Patricio Meller, es en este sentido un valioso aporte para encauzar las cosas hacia un diálogo lúcido y razonable.

Hay que hacerse la idea de un país que está cambiando sus percepciones, expectativas y proyectos de vida. La nuestra es una sociedad que, más que un cambio de mentalidad y de conciencia, está experimentando un cambio de convicciones, de creencias y de valores y, por lo tanto, una mudanza de sus contextos habituales de vida. Proceso de maduración éste, que durante los últimos meses ha debido asimilar a fuerza de golpes y duelos. Pudo haberse desviado el foco de atención de la opinión pública desde la demanda educacional al drama de Juan Fernández, sin por ello insensibilizar los sentidos del país, y antes bien, para fijar en el imaginario colectivo la sensación de vulnerabilidad común en que nos hallamos frente al riesgo. ¡Cómo ignorar que ahí, en la memoria y en el corazón de los chilenos, anidan aún lacerantes el derrumbe de la mina San José, el incendio de la cárcel de San Miguel, la muerte del niño Manuel Gutiérrez, y la desaparición de los veintiún tripulantes del avión siniestrado! Sería fatal que los viéramos como parte de una cadena de hechos fortuitos. Porque no lo son. No son obras del azar que escapen de nuestra intervención. Son episodios que pudieron ser evitados de haber estado en funcionamiento los controles políticos e institucionales.

Que algunos intelectuales quieran ver una mejoría del clima político a partir de sus propios deseos, no significa que se esté produciendo realmente este giro; las crisis hay que elaborarlas. Que la gente parezca aceptar las ideas que les ofrecen los técnicos, analistas y políticos, no quiere decir que asuma estas nociones como definitivas. Sólo demuestra que ha debido elegir en el repertorio de marcas conocidas, dentro de un mercado monopólico de la información, las creaciones culturales e ideológicas que transitoriamente dan cuenta de aquella realidad. Las personas y las comunidades reflexionan, unen cabos, y dibujan mapas que les permiten comprender el mundo para orientarse en su incierta complejidad. Por eso, lo que en apariencia puede resultar un estado de resignación, en la práctica, puede estar entrañando el formidable salto hacia un nuevo horizonte de realización.

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