El Rebrote Negacionista

«Declaro mi asombro ante el revuelo que causa un hecho como éste, que no consiste sino en el ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión». Este fue el modo como reaccionó el Alcalde de Providencia Cristián Labbé ante el repudio que despertó su decisión de homenajear a Miguel Krassnoff, uno de los mayores represores de la dictadura recluido hoy en el Centro de Detención Cordillera.

Labbé estaba realmente asombrado. Durante años no había visto tan amplio y profundo rechazo a una actividad que sin embargo no se apartaba de lo que venía siendo un ritual de regular ocurrencia. Recuérdese que el libro de Krassnoff había sido presentado con anterioridad en cuatro ocasiones y en el mismo lugar. Al igual que Labbé, también han de haber quedado asombrados aquellos que participaron de uno de los tantos tributos ofrecidos a Jaime Guzmán, esta vez, en el campus Oriente de la Universidad Católica. Probablemente no imaginaron la condena que el evento habría de suscitar entre los estudiantes.

¿Qué ha ocurrido realmente? Pues, que ha cambiado la mentalidad del país. La opinión informada ya no tolera que, al amparo de la libertad de opinión, se emitan expresiones ofensivas para las víctimas de crímenes contra la humanidad. Por el contrario, cada día rechaza con mayor energía falsificaciones históricas, como las hechas en el Club Providencia, donde se culpabiliza a las víctimas y, al hacerlo, se les vuelve a infligir daños tangibles —así el fuerte dolor emocional sufrido por Marcia Scantlebury— a los grupos sociales afectados. En último término, es el estatuto de los derechos humanos y la dignidad esencial de las personas, fundamentos de la institucionalidad, de la paz y de la convivencia civil nacidas de la transición democrática, lo que está en juego. De modo que esta repulsa de la opinión, que mueve a asombro, no es sino el resultado de un cambio progresivo de la conciencia moral, observable en la evolución de todos los pueblos que han sufrido el genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes contra la humanidad.

Así sucedió en Europa veinticinco años después del Holocausto. Así también en Francia al cumplirse casi un siglo del genocidio armenio. Y es que se requieren años para construir una memoria histórica sobre el horror, el terror y las humillaciones padecidas. Pero cuando al fin esta memoria parece afianzarse, sucede que empieza a brotar la semilla del negacionismo, que impone un nuevo desafío a la construcción de aquella memoria, cual es el de su propia defensa. Porque, el objetivo del negacionismo es destruir la memoria mediante la distorsión y falsificación de los hechos, incluso cuando todavía no se cierra el registro judicial de estos hechos: en Chile hay pendientes 1.268 juicios por violaciones a los derechos humanos. Para ello el negacionismo se vale de tres métodos conocidos, esto es, la negación de los crímenes contra la humanidad, la justificación de las violaciones a los derechos humanos, y la minimización de la real magnitud de los horrores cometidos durante la dictadura.

Para el negacionismo, Krassnoff no es un criminal, sino un héroe del Ejército de Chile en la lucha contra el enemigo marxista. Así lo entienden sus más firmes prosélitos. Hermógenes Pérez de Arce niega que el brigadier haya sido autor de los crímenes que lo condenan. Se burla de los testimonios de sus víctimas, y atribuye sus 120 años de castigo a los caprichos de un juez y a una bien montada verdad oficial. El suyo es un revisionismo negacionista carente de todo fundamento racional. Gonzalo Rojas, no niega los crímenes, sino que los justifica como una respuesta a la enajenación revolucionaria de los años sesenta. Pero, ¿se puede afirmar que esta enajenación embargaba a Orlando Letelier, Tucapel Jiménez, Bernardo Leighton, Eduardo Frei Montalva? El revisionismo justificacionista de Rojas no entrega argumentos. Labbé, en cambio, minimiza los hechos. En el discurso abyecto del ex coronel, los crímenes de lesa humanidad habrían ocurrido bajo las circunstancias de una guerra civil. «A nadie le puede sorprender que en una guerra civil no pasen cosas como las que pasaron», declara. Pero ningún historiador pretendería siquiera comparar la guerra civil de 1891, donde se enfrentaron dos ejércitos equivalentes, con las atrocidades que sucedieron al golpe de Estado de 1973, cuando la dictadura desplegó una poderosa maquinaria militar contra la población civil. Sería una grosera falsificación de la historia. Por afirmar que los nazis no mataron a tantos judíos, ni tenían un plan para su exterminio sistemático, Austria condenó al negacionista británico David Irving a una pena de cárcel.

En Chile no existe una ley contra el negacionismo, como las instituidas en Alemania, Francia, Bélgica, Austria, Portugal y Suiza. Tampoco el debate político e institucional se acerca al que actualmente emprende el Consejo de Europa, que prevé penas de hasta tres años para quienes incurran en el ilícito. Acaso la principal muralla que habrá de sortear una legislación semejante, sea la que le opondrían los controladores de medios de comunicación y los mismos periodistas, activos paladines del derecho a la libertad de expresión. Pero el derecho a la libertad de expresión no es un bien absoluto, sino uno subordinado a las garantías que protegen la integridad física y moral de las personas y al Bien Común. Y así lo han testimoniado los pueblos que cuidan su memoria.

El rebrote negacionista.pdf

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