EL DEBATE A LO TARANTINO

Es en el cine donde Tarantino nos pone frente a cosas que no aluden a una realidad objetiva, ni son una ficción pura, sino representaciones sin referentes, construcciones que sólo se sostienen en percepciones subjetivas.

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«El 19 de julio se ha disuelto el Congreso Nacional en la República de Chile», ha escrito el columnista Alberto Mayol.

¿Realmente se ha disuelto el Congreso? ¿Por qué dice eso? El articulista trata de explicar que cuando la Cámara de Diputados rechazó el informe sobre el lucro, único puente firme a través del cual podían encontrarse lo social y lo político, la Cámara Baja ha dejado de ser un órgano de representación. Acusa que ahora el Parlamento no tiene otro sentido que mantener secuestrada a la política para satisfacer bolsillos propios y/o ajenos.

Semejante relato no es pura ficción pues, de hecho, la Cámara de Diputados votó en contra del informe. Pero tampoco es la realidad. Convengamos que, con mayor o menor representatividad y legitimidad, la institución no ha desaparecido y que, al igual que la república, sigue en pie. Tampoco lo social se subsume en el movimiento estudiantil, ni éste es su vicario, por lo tanto, mal habría de imputársele el costo de la ruptura entre lo social y lo político. Podría sostenerse incluso que, si las demandas de los estudiantes han sido convocantes, es porque no se han agotado en la denuncia del lucro y, mucho menos, en el informe elaborado por una comisión investigadora. En fin, tampoco parece lógico que una institución política por naturaleza, como es el Congreso, pueda secuestrar a la política, comprendida, claro, la practicada por los diputados que apoyaron el informe. Ello significaría que también el movimiento estudiantil —que para algunos avanzó de su etapa sub política a otra política— habría sido víctima de dicho rapto. Difícil aceptarlo. Se trata pues de una historia hiperreal y, por ello, inverosímil, como Reservoir Dogs, 1992, donde toda la trama se teje en torno a las sospechas de traición que alimenta un grupo de asaltantes encerrado en una bodega, y cuyo desenlace, al igual que la disolución del Congreso, concluye con la inmolación de sus protagonistas.

Esto, que en el mundo del cine se lamenta como la hipervisibilidad a lo Tarantino, en el ámbito de la política entraña el abandono de la deliberación lúcida y explícita que caracteriza al diálogo democrático. Es en el cine donde Tarantino nos pone frente a cosas que no aluden a una realidad objetiva, ni son una ficción pura, sino representaciones sin referentes. Construcciones que sólo se sostienen en percepciones subjetivas. Es en el cine donde el director estadounidense ha llevado al límite de lo obsceno el mostrar en exceso. Hipervisibilidad es el concepto reservado a la extensión exacerbada y degradada de la información. No debiéramos sorprendernos que en una visión crítica del trabajo de Tarantino, el español Enrique Urbizu haya dicho que la hipervisibilidad puesta al servicio de la nada argumental, es la tarantinización del cine.

En otro pasaje, el sociólogo esboza la alegoría del encantamiento, donde, lindando en la irreverencia herética, cuaja lo terrenal con lo celestial, lo mundano con lo sacro, la santidad con la maquinaria de guerra, el poder de César con el sufrimiento del pueblo. «Ella —Michelle Bachelet, según Mayol— no es la dominación ni el poder. Ella es el dolor del pueblo, el dolor de haber sido torturada, de tener un padre asesinado. Es el dolor del cristianismo. Ella es Cristo en realidad, reivindicada, porque no sólo logra ascender al cielo sino que logra ser jefa de quienes la torturaron… hasta que aparece arriba del tanque sellando la escena. Por eso, ella es inatacable desde arriba, como buen poder del cristianismo, cuando el emperador romano ataca a Cristo, pierde el emperador. El problema es si la atacan desde el pueblo; ese es el único problema que puede tener». Suena incongruente. Parece dicho con ironía. Acaso con humor. O quizá con desdén. No lo sabemos. Como fuere, la alegoría trasciende la realidad sin ser del todo una invención. Es un simulacro que se vale de las simplificaciones iconográficas proporcionadas por la cultura popular, pero que, en cuanto tal apariencia, no deja de ser una distorsión de la realidad y, en consecuencia, una renuncia a la ideología, o sea, a las narraciones que nos permiten decir quiénes somos; y a la utopía, ese ideal histórico concreto que nos revela las aspiraciones y posibilidades de una vida buena.

Acaso sea en Pulp Fiction donde Tarantino demuestra con mayor elocuencia cómo funciona aquel eclecticismo suyo, mezcla de géneros y estilos cinematográficos. Quizá sea en esta cinta de 1994, donde el guionista mejor emplea la ironía para intrincar el humor y la violencia, y abusar cuanto se lo permiten sus medios de los símbolos e iconos de la cultura pop. Precisamente, en Pulp Fiction, cuyo principal argumento es la esperanza de redención, reposa el equivalente de la alegoría del encantamiento. En una de sus escenas el criminal Jules, antes de dar muerte al joven que quiso pasarse de listo, predica al profeta Ezequiel: «La senda del justo está bloqueada por todos lados por las iniquidades del egoísta y la tiranía del malvado. Bendito aquel que por caridad y buena voluntad es pastor del débil en las sombras, pues él guarda a su hermano y encuentra a niños perdidos. Y yo destruiré con gran venganza y con furiosa ira a aquellos que intenten destruir a mis hermanos. ¡Y ustedes sabrán que soy El Señor… cuando desate mi venganza sobre ustedes!»

Pero todo esto es de película.

 

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