LA RECUPERACION DEL CENTRO POLITICO

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad.

Si una idea distingue a la actual conducción de la Democracia Cristiana, desde su instalación en 2010 hasta la fecha, es su reiterado propósito de fortalecer el centro político. Recuperar el centro, se dice, consigna constituida en rectora de la actuación del partido frente al gobierno, a la oposición, a los aliados y a los movimientos sociales. La mesa del senador Ignacio Walker piensa que el centro político ha perdido gravitación en la escena nacional. Piensa, asimismo, que esta pérdida de influencia ha perjudicado a la Democracia Cristiana, fiel reverberación de dicho centro político, y que ha beneficiado principalmente a la izquierda pero también a la derecha. A falta de un centro poderoso, el país estaría experimentando una polarización que lo inclinaría necesariamente hacia la izquierda. Ante esto, el presidente de la colectividad ha advertido: «cualquier nueva mayoría que prescinda del centro está condenada al fracaso.»

¿Mayoría sin centro?

Lo cierto es que para fracasar —o para triunfar—, primero, esa nueva mayoría debe existir, debe estar constituida. Y una mayoría no se forma sin el centro. De igual modo que una mayoría no se configura sin la izquierda, pero tampoco sin la derecha, dependiendo, claro, del carácter que adopte dicha mayoría. ¿Pero realmente dónde está este centro? ¿Qué es este centro? ¿Cómo se manifiesta este centro? ¿Es la Democracia Cristiana quien encarna este centro?

El centro político existe. Negarlo sería lo mismo que discutir la existencia de izquierdas y derechas. El centro existe como identidad declarada, como adscripción a una representación que entraña historias, valores, creencias y proyectos. Cuando un ciudadano señala que se identifica con el centro, y no con la derecha y tampoco con la izquierda, lo que está resumiendo en esta respuesta es una actitud frente a la política. Técnicamente, el centro es un peldaño en una escala de actitudes. Pero una actitud que no se queda en eso, pues el centro también existe como voluntad política, como comportamiento activo a favor de aquello que mejor refleja tal actitud política, sea éste un liderazgo, un partido, un movimiento o una coalición. De ello se sigue que todo liderazgo, todo partido, todo movimiento, toda coalición, cualquiera sea su sello, tiene a su haber adhesiones de ciudadanos que se identifican con posturas de centro. Por consiguiente, si bien pueden existir identidades de centro, que desde luego varían a través del tiempo, no existen en la realidad representaciones y formaciones políticas químicamente puras de centro. Dicho de otro modo, si en los partidos de izquierda y de derecha es posible hallar posiciones de centro, con mayor razón es posible hallar orientaciones de izquierda y de derecha en los partidos que dicen representar al centro. Es esta diversidad política y social la que permite afirmar que la Democracia Cristiana no es el centro, sino la expresión de un arco de sensibilidades más amplio y plural.

Que veinte años no es nada

Hace veinte años, Patricio Aylwin, un ícono de la Democracia Cristiana, era considerado por la opinión pública como un político de centroizquierda, situado incluso más a la izquierda que el Presidente Eduardo Frei Montalva, el impulsor de la Revolución en Libertad. Y esta percepción era compartida mayoritariamente por las personas que adherían a los partidos Socialista y Comunista. ¿Era Aylwin representativo de toda la Democracia Cristiana?

Hace veinte años, el centro no tenía una actitud muy distinta de la que tiene hoy frente a cuestiones religiosas. Se declaraba católico no observante. Rara vez, o nunca, asistía a misa, y mostraba menos confianza en los obispos que la propia gente de izquierda. En temas valóricos, el centro era el más renuente a una ley de divorcio, pero creía que el aborto debía ser permitido en casos especiales.

Por entonces, en la jerarquía de prioridades del centro, primero estaba el crecimiento, después la igualdad, más atrás el orden público y, al final, la democracia y las libertades. Coincidiendo con la derecha, el centro confiaba más en el libre mercado que en la intervención del Estado en la economía. Y a diferencia de la izquierda, prefería el crecimiento antes que la justicia social. En esto no había distinción alguna entre las expectativas del centro y las de quienes se declaraban simpatizantes de la Democracia Cristiana. Por lo mismo, aquellos que se identificaban con la Democracia Cristiana tomaban distancia de los simpatizantes socialistas y comunistas, para quienes la igualdad y la justicia eran valores superiores al crecimiento económico. Asimismo, al contrario de  socialistas y comunistas, los adherentes democratacristianos eran más proclives al orden público que a la democracia y las libertades.

Hace veinte años, el centro no tenía muy claro qué hacer con las grandes empresas; se debatía entre quienes decían que estas corporaciones debían estar en manos del Estado y quienes creían que debían ser privadas. En lo político, el centro creía que los principales objetivos de la recién recuperada democracia política consistían en lograr la igualdad de oportunidades y la eliminación de la pobreza. Para el centro, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población y el respeto de los derechos humanos, eran en aquel tiempo menos importantes que para la izquierda.

La función del centro

Pero hace veinte años, ese centro político era muy influyente. Llegó a representar el doble de quienes se identificaban con la derecha y el doble de aquellos que simpatizaban con la izquierda. Hoy la presencia de estas tres identidades es equivalente. Y no es que las expresiones de izquierda y de derecha se hayan fortalecido a costa del centro, como a menudo se oye decir, pues, con ligeras variaciones, éstas se han mantenido en las mismas proporciones de hace veinte años. Lo realmente observable es que las adhesiones de centro sólo han ido a parar a las filas de ciudadanos que no se identifican con nada. ¡Ciudadanos que, en su inmensa mayoría, pertenecen a sectores populares desesperanzados! El resultado de este proceso ha sido que, en la misma medida en que se ha verificado una fuerte presencia estadística del centro, se ha registrado una menor desafección política y, viceversa, cuando el centro ha perdido gravitación ha crecido el descontento con la actividad política.

La función del centro en la vida del país es visibilizar una síntesis superadora de las oposiciones políticas. Es representar siempre un camino de progreso frente a las antítesis y, obviamente, frente a sus propias y ya caducas opciones pasadas. Por eso, el mayor fracaso de los partidos que aspiran a encarnar el centro, es su incapacidad para interpretar las nuevas demandas colectivas, abandonando de paso la formación de la política a la anti-política. También en este comportamiento se juega el compromiso con la gobernabilidad.

Identificación Política

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