LA REVOLUCIÓN

El DeseadoFernando VII, el Deseado

Toda revolución entraña un quiebre violento. No es una excepción la ruptura que tuvo lugar en Chile entre 1810 y 1814. La ingobernabilidad e inestabilidad fueron su sello. La crisis se inicia con un gobierno leal a Fernando VII y se cierra tras un abierto desafío al Imperio. Los hermanos Carrera han dado un golpe de Estado que quiere asegurar el curso de la Independencia, amenazado principalmente por los poderosos grupos realistas internos y externos, por la Iglesia, y por los mismos patriotas, cuyas pugnas intestinas son funcionales al enemigo.

La Revolución busca poner fin a tres centurias de dominación, cuando las abundantes riquezas del país fueron succionadas, su pueblo oprimido y sumergido en la secular ignorancia, oscurantismo y dogmatismo de la metrópoli que, alguna vez, tuvo su Siglo de Oro. Toma un ritmo vertiginoso. Crea la primera escuela para mujeres, y también las primeras escuelas gratuitas y obligatorias para niños pobres. Libera a los libros de sus aranceles de importación. Funda la imprenta pública y el diario La Aurora de Chile, inaugurando con ello un movimiento de opinión leal al proceso. Da vida al Reglamento Constitucional de 1812 por el cual se instituye la soberanía jurídica de Chile, se reconoce la igualdad de todos ante la ley, y el derecho de asilo político. Garantiza la integridad física de las personas, prohíbe la tortura, y establece las salvaguardias del debido proceso. Toda la cultura política es penetrada por máximas republicanas del tipo los seres humanos han nacido iguales, y, por ley natural, poseen derechos que no les pueden ser negados.

De regreso «el Deseado», España reacciona. Exige a su díscola colonia que disuelva la Junta de Gobierno, reconozca la autoridad de la Corona, y entregue todas las armas. A cambio, le permite el comercio con Inglaterra. Pero no hay vuelta atrás, y la Revolución es derrotada por ese estigma que ha acompañado como una sombra a la chilenidad: la segregación de clase y de raza. Es el noble que desprecia al comerciante, éste al médico y abogado, ambos al artesano, y aquel al indígena, el último, el subyugado que no sabe leer ni escribir, pero que habla español, y constituye más de la mitad de la población del país. 

 

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