LA ENCRUCIJADA DE LA POST POLÍTICA DEMÓCRATA CRISTIANA

 

__________________________________________________________________________________Aylwin Frei________

A la hora de reconocerse en un referente común lo que más une a los democratacristianos es la memoria. Puede ser la conmemoración de la fundación de la Democracia Cristiana o de la Falange Nacional, o del día que asesinaron a Frei. Pero es el peso de la memoria. Es el peso del pasado que toma protagonismo cada 28 de julio, cada 12 de octubre, cada 22 de enero, o, en el funeral de algún distinguido militante. Es una evocación común a todos, que une en el recuerdo, a veces en un recuerdo petrificado que se repite como gesto reiterativo, lema, ceremonia o ritual. Depende de las biografías. Porque, mientras más viejos son los que rememoran, más vívidas son sus remembranzas, y, al revés, mientras más jóvenes son los que invocan, más noveladas son sus historias

Es innegable que en esta latencia de la memoria democratacristiana subyace un espíritu compartido, una fibra que conecta a las distintas generaciones a través del tiempo. Pero también es un hecho que en dicha memoria no hay una visión común sobre el pasado ni una misión común para el mañana.

Distintas visiones hacen distintas misiones

Las perspectivas del pasado son distintas. Así, por ejemplo, hay una memoria de la transición democrática, la de sus albaceas, que obedece a una mirada satisfecha, a ratos dogmática, y que elude hacerse cargo de la crítica que en su momento los detractores le hicieron al proceso. Digamos que en la Democracia Cristiana no siempre ganaron los que tuvieron buenas razones o emprendieron acciones razonables y, en consecuencia, las aprensiones de los perdedores siguen reclamando legitimidad, como que hasta ahora encarnan visiones, proyectos y estilos.

Todavía es mal visto en el partido que un ex ministro de economía se asocie con un ex ejecutivo del instituto de la UDI, para diseñar una política más legítima y funcional. Por qué no lo hace con sus camaradas, se preguntan. Pero extrañamente no llama la misma atención que, con ocasión del suicidio del ex director de la CNI recluido en el penal Cordillera, militantes DC responsabilicen al Presidente Piñera, que nunca quiso concederle el indulto, del trágico desenlace, revelando con ello las excrecencias «negacionistas» que aún subsisten en la cultura política de la colectividad, y frente a las cuales han dejado de operar las reconvenciones tradicionales.

También los desafíos del futuro se ven desde ópticas distintas. En la Democracia Cristiana hay quienes, como si estuvieran cogidos por el éxtasis de sus propias victorias, celebran el triunfo de Merkel y alaban su programa, sin reparar cuán lejos de los problemas de Chile ―como tal vez de los de Europa― están los planes de la canciller alemana. Creen que la líder de la CDU le robó los temas a la socialdemocracia, cuando tal vez fue ésta la que antes le robó los temas a la Thatcher. El mismo Centro Democracia y Comunidad, un sucedáneo exclusivo de los desaparecidos institutos de formación financiados por la Fundación Konrad Adenauer, obedece a esta línea de orientación que, sin embargo, poco tiene que ver con las genuinas expectativas de educación política de jóvenes, trabajadores, pobladores y pueblos originarios tributarios de la falange.

Conciliar para reinar

La Democracia Cristiana es hoy una fuerza política sincrética y a la vez ecléctica. En ella, al amparo de una laxa tolerancia ideológica, cultural y religiosa, pueden coexistir las más contrapuestas creencias políticas, y todavía, de ser necesario, hacer brotar nuevas posturas intermedias, porque no hay un patrón político que deslinde los límites de lo aceptable. Tampoco hay un instrumento que sancione las desviaciones del canon Vekeman, aquel conocido en los años sesenta por la tríada doctrina, ideología y política. Lo que no es irrelevante, pues de la nitidez y claridad de tales referentes dependen tanto la identidad del partido como la identificación de los militantes y electores con el partido. La mayor sanción pública emprendida contra un militante acusado de haberse desviado de las orientaciones del partido, provocó un cisma de tal profundidad que su llaga lacerante sigue pulsando hasta nuestros días. Ya nadie cree en la eficacia de tales mecanismos de control social, pero tampoco nadie piensa que un dilatado pluralismo interno, semejante al de un Estado laico, neutro, abierto e inclusivo, pueda ser aplicado a una organización política cuya función no es garantizar las opiniones de moros y cristianos, sino de ofrecerle al país una alternativa coherente.

Todo esto constituye la post-política. La antesala del inmovilismo. La política que anula el debate, aunque después se empeñe en pacificar las iras de la palabra que ha  silenciado. La política que reemplaza lo ideológico por lo tecnológico y lo político por lo tecnocrático. La política que niega los intereses en conflicto e impone un consenso relativista difícil de aceptar. Ahí está la desafiante defensa del destituido Harald Beyer impulsada por ex ministros de Educación, en contraste con la acusación constitucional emprendida por los diputados y senadores del partido. Ahí también está la acción política que no duda un segundo en postular, siguiendo la estrategia de su candidato presidencial, algo tan inverosímil como la radicalización del centro. Porque se puede entender que la derecha se torne ultra, y la izquierda extrema, pero ¿qué es la polarización del centro? El resultado de tal impostura no puede ser más elocuente: un 6,4% de respaldo y el tercer lugar después de un independiente en las primarias, el peor desempeño democratacristiano de toda su historia.

Nostalgia de relato y de discurso

Desde su nacimiento, en 1957, el partido fue un semillero de profesionales, técnicos e intelectuales activos y comprometidos. Jorge Ahumada, mentor de la Revolución en Libertad, y Eugenio Ortega, artífice del Proyecto Alternativo, ahorran referencias adicionales sobre el potencial teórico e ideológico que un día exhibió la tienda. Hoy, su aporte se reduce a lo que pueden hacer en el comando de la Nueva Mayoría dos ex ministros que, como gustan decir, no han sido puestos ahí por el partido y que, por lo tanto, no le deben cuentas a nadie. No es de extrañar que con semejante autonomía hayan sido sus posturas liberales las que acabaran imponiéndose en los veinte años que duró la transición democrática.

Podría razonarse que los diputados que han criticado el desempeño de los técnicos son un factor de equilibrio interno. No lo son, pues, más que fortalecer la presencia del partido, sólo consiguen afianzar su posición privilegiada en una colectividad altamente parlamentarizada. Hace muchos años que la participación dejó de palpitar en sus estructuras territoriales y funcionales —y tal vez en sus máximos órganos de deliberación—, para trasladarse a los salones y pasillos del Congreso. Hubo un tiempo, sin embargo, en que la Democracia Cristiana fue un partido democrático y popular.

Las orientaciones del Quinto Congreso, celebrado ya hace seis años, en 2007, fueron las últimas propuestas comunes de la colectividad, y correspondieron a un conjunto de postulados y declaraciones que nunca hallaron relato consistente, y que la mayoría de la militancia piensa que han dormido una larga criopreservación en los escritorios. Por eso, acaso el momento crucial para reencauzar a la Democracia Cristiana en lo que ha sido su verdadera vocación de servicio, sea el Sexto Congreso Nacional que debería tener lugar el próximo año.

La encrucijada de la post-política democratacristiana

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: