LA PROMESA DE BACHELET

La Promesa.

Puras promesas, dirán suspicaces quienes no ven en la política más que una cruda lucha de intereses mezquinos. Pero acaso lo más valioso de un programa de gobierno, en los tiempos de desencanto, relativismo y sincretismo que corren, sea la promesa que entraña. Porque es la capacidad de promesa la que abre vínculos de solidaridad con otros. Es la promesa la que descubre el proyecto, y la que revela el sentido de lo por hacer. Quien promete no es un mero inventor de frases, sino alguien que se expone entero al escrutinio público con un discurso, un relato, un obrar y una trayectoria que lo hacen responsable de la promesa declarada.

¿Pero quién promete en un programa de gobierno? No son los técnicos, ni los parlamentarios, ni los partidos políticos, cuyas funciones difieren de las que obligan a quienes toman a su cargo un programa. Tampoco son los movimientos sociales, cuyas adhesiones pueden diluirse tan pronto como cambien sus expectativas. Quien suscribe el pacto de obligación programática es la persona que aspira a la Presidencia y, quienes lo reciben, son los electores. De ella, y de su poder, o sea, de sentirse capaz de emprender el desafío, dependen las acciones acreditadas en el programa.

Esto lo sabía Michelle Bachelet cuando dio a conocer su programa. Sabía que asumía el compromiso de mantenerse fiel a la palabra empeñada, por difíciles que hubieran de ser los consensos sobre la gratuidad universal de la educación superior y la vigencia efectiva de normas que prohibieran el lucro, la reforma tributaria que gravara a las empresas y aliviara a las personas, la garantía de los derechos sexuales y reproductivos, la sustitución del sistema binominal por uno proporcional, o la construcción de un Estado de derechos políticos, económicos, sociales y culturales que cumpliera con fuerza su rol regulador y fiscalizador.

Desde luego, en ello no existe certeza; sólo confianza en el mañana. Pese al entusiasta apoyo de comunistas a democratacristianos, la posibilidad de Bachelet de concretar el programa es su potencia de actuar, y, el resultado, el mutuo reconocimiento entre ella y la ciudadanía. En último término, son las expectativas del país las que justifican su voluntad de cumplir lo prometido.

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